Esquilo - Tragedias (Tr. Adrados) - Los Persas, Los Siete Contra Tebas, Las Suplicantes & Prometeo Encadenado.

August 13, 2017 | Author: Hierofante HelenoSofico | Category: Oedipus, Aeschylus, Greek Tragedy, Dionysus, Achilles
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Descripción: Esquilo - Tragedias (Tr. Adrados) - Los Persas, Los Siete Contra Tebas, Las Suplicantes & Prometeo Enca...

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TRAGEDIAS !

E SQUILO LOS PERSAS LOS SIETE CONTRA TEBAS LAS SUPLICANTES PROMETEO ENCADENADO

Traducción de FRANCISCO RODRIGUEZ ADRADOS

EDITORIAL HERNANDO MADRID

© Francisco Rodríguez Adrados para la traducción © Librería y Casa Editorial Hernando, S. A. Ferraz, 11 · 28008 - Madrid Reimpresión, 1984 ISBN: 84-7155-295-7 (Obra completa) ISBN: 84-7155-126-8 (Tomo I) Depósito legal: M. 35.071-1984 Impreso en Closas-Orcoyen, S. L. Polígono Igarsa. Paracuellos del Jarama (Madrid)

INTRODUCCION

I VIDA Y OBRA DE ESQUILO Esquilo nace en Eleusis, cerca de Atenas, en el año 525/4 a. C., y muere en Gela, en Si­ cilia, en el 456. Si comparamos estas fechas con la cronología de la Historia contemporá­ nea, veremos que ha vivido en su infancia los últimos años de la tiranía de los Pisistrátidas: Hiparco muere el 514, asesinado por los tiranicidas Harmodio y Aristogitón, y su hermano Hipias es expulsado del poder el 510 por los esfuerzos del pueblo y los nobles de Atenas, ayudados por los espartanos. Vive después la construcción de la democracia ateniense bajo Clístenes, y, luego, sobre todo, el periodo de las Guerras Médicas: tras el levantamiento de Jonia contra los persas y su derrota (500494), viene la expedición de castigo contra Atenas y Eretria, que habían ayudado a los jonios, y que conduce a la victoria ateniense en Maratón (490),' batalla en la que sabemos qué luchó Es­ quilo como hoplita o soldado de infantería pe­ sada; después, la segunda Guerra Médica, ce­ lebrada en Los Persas y en la que es casi se­ guro que también tomó parte Esquilo. Más tarde, encontramos el período en que Atenas, a partir del 477, se pone al frente de la Liga Marítima ahora fundada, y lucha para reconquistar los países griegos aún ocupados

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por el persa; es la gran época de Cimón, que procura conservar la amistad con Esparta y que, fiel a la democracia, presenta una versión de ella que continúa el régimen de Clístenes, ya entonces criticado por los sectores más ra­ dicales. Finalmente, cuando cae Cimón, el año 462, sube al poder, en la persona de Efialtes, esta corriente innovadora que disminuye el poder de los elementos más conservadores del régimen, sobre todo el tribunal del Areópago, y que va a embarcarse en una política exter­ na al tiempo antiespartana y antipersa. Efial­ tes perece asesinado el mismo año 462, pero no por ello disminuye el poder de su partido, y Esquilo, antes de morir, tiene noticia—vive estos últimos años en Sicilia—-de la batalla de Enófita, que da a los atenienses la suprema­ cía sobre toda la Grecia central. No ha llegado aún la jefatura de Pendes sobre el partido de­ mocrático, que le dará nuevas orientaciones. Así, en vida de Esquilo tiene lugar la crea­ ción de la democracia ateniense como un régi­ men que equilibra el poder del pueblo y el de là aristocracia; la fortificación de este régimen de unión nacional dentro de la libertad y su prueba en las Guerras Médicas; la expansión del poderío ateniense en lo exterior, y las pri­ meras grietas entre los representantes de cla­ ses e ideas diferentes. Experiencias profundas e importantes para un hombre como nuestro poeta, obsesionado por los temas del destino del hombre, de la justicia y de la política: en sus obras se encuentra el reflejo de ellos y la respuesta del propio Esquilo. Pues no pode­ mos, hoy, intentar comprender la obra de los poetas y los pensadores de Grecia—y los trá­ gicos son las dos cosas—sin colocarla sobre el

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fondo da la Historia y los problemas de la época. Esquilo es para nosotros el poeta atenien­ se de la primera mjtad del siglo V: práctica­ mente, la única voz ateniense que nos llega de esta época. Los dramas que podemos fechar se escalonan desde el año 472 (Persas) al 458 (Orestea). La obra de Sófocles es, en parte, contemporánea de la de Esquilo: pero nó para nosotros, puesto que sus dramas más antiguos no se conservan, ya que entre los fechados, el primero es la Antígona, del 442. Por ello tiene tanto Interés escuchar su mensaje, hito decisi­ vo dentro del pensamiento griego entre los grandes representantes de la época arcaica —Solón, Jenófanes y otros—y los de ideolo­ gías ya antropocéntricas, como son los sofistas.. Incluso comparado con Sófocles, presenta Es­ quilo diferencias hotables: Sófocles* interesado ante todo en el destino del hombre individual y en el tema del poderío divino, atiende menos que Esquilo a los aspectos sociales y políticos y a la búsqueda .de soluciones racionales a los problemas humanos. En cierto modo, Sófocles representa una reacción tradicional frente a los desarrollos propios de su época, mientras que Esquilo está en la línea de los de la suya, al menos de muchos de ellos. De ahí el interés de llegar a una comprensión histórica de su obra. Para ello hay que partir de esta misma obra, sobre el telón de fondo de la Historia contempóranea. Porque los datos biográficos que conservamos son mínimos: poco más de lo ya dicho. No parece que tenga significación alguna el nacimiento en Eleusis, donde se ce­ lebraban los famosos misterios: no hay hue-

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lia alguna de que hayan influido en su poesía. Es importante, en cambio, su intervención co­ mo hoplita en la batalla de Maratón, pues es precisamente el hecho del cual él mismo se gloriaba en su epitafio, y no de su poesía, lo que ya Pausanias (I 14, 5) hallaba significativo. Esquilo es, pues, antes que nada, el típico ciudadano-soldado de la época; sus sentimientos de ateniense, que considera la victoria de su patria como hecho glorioso fundado en la jus­ ticia de su causa, están bien claros en Los Per­ sas. Después, su vida parece apartarse de toda intervención pública. Sabemos solamente que estuvo dos veces en Sicilia: la primera hacia el año 470, invitado por Hierón de Siracusa, ocasión en que hizo representar Las mujeres de Etna, para celebrar la fundación de esta ciudad; la segunda, después del 458, pues la muerte le soxprendió en Gela. Todo esto nos demuestra su fama como poeta trágico, pero el segundo viaje puede quizá interpretarse tam­ bién como el resultado de su disgusto con las corrientes radicales que se imponían en Atenas al fin de sus días. Esquilo escribió al menos ochenta dramas: éste es el número de los títulos que conserva­ mos, aunque el diccionario Suda habla de no­ venta. Sólo han llegado a nosotros siete obras, aparte de algunos fragmentos de las demás. Su carrera dramática comenzó, según los datos de los lexicógrafos antiguos, en el concurso de la 70 Olimpíada (499/96), al que también se presentaron los trágicos Pratinas y Querilo; alcanzó su primer éxito, obteniendo el triun­ fo, el año 484. Pero, según decíamos antes, la primera obra fechada es Los Persas, represen­ tada el 472, siendo corego el joven Pericles. Es

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la segunda pieza de una trilogía que incluía tam­ bién Fineo, Glauco Potnieo y el drama satí­ rico Prometeo Pircaeo ("encendedor del fue­ go"). Del 467 es la trilogía tebana, formada por Layo, Edipo, Los siete contra Tebas.(pieza con­

servada) y el drama satírico La esfinge. Poste­ rior a esta trilogía, según los datos de un re­ ciente hallazgo papirológico, es aquella otra a que pertenecen Las suplicantes (conservada), Los egipcios, Las danaides y el drama satírico Amimone. Está fechada luego La Orestea, del 458, con Agamenón, Las coéforos, Las Euméni­ des (conservadas) y el drama satírico Proteo. En cuanto al Prometeo, no hay datos para fe­ charlo, pero lo que sí es seguro es que es una obra genuinamente esquílea, frente a las du­ das que a veces se han enunciado. Junto a nues­ tro Prometeo, en realidad Prometeo Encadena­ do, estaba el Prometeo Liberado y también el Prometeo Portador del Fuego, que no sabemos qué lugar ocupaba en la trilogía.

II

AMBIENTE ESPIRITUAL DE LA ATENAS DE ESQUILO La gran experiencia de la Atenas de Es­ quilo es, como decíamos arriba, la de las Gue­ rras Médicas. Esta experiencia fue vivida en un clima de unidad nacional y de confianza re­ ligiosa en que los dioses eran, junto con los ciudadanos, los defensores de la ciudad. Los Persas están llenos de este punto de vista, que también encontramos testimoniado, en fecha más tardía, por Herodoto. La invasión de Jer­ jes es un producto de la hybris, de ese orgullo que lleva a violar los límites puestos al hom­ bre por los dioses. Jerjes pretende unir a Euro­ pa y Asia bajo su poder, dominando a hom­ bres libres; impera sobre sus mismos súbditos de una manera tiránica, es decir, llena asimis­ mo de hybris; no respeta en su furia conquis­ tadora ni los templos de los dioses ni los obs­ táculos que le opone la naturaleza, que es sa­ grada, y prueba de ello es el puente que tien­ de sobre el Helesponto, el canal con que corta el monte Atos. Por todo ello, es castigado por la conjunción de un pueblo que defiende su derecho y de los dioses que appyan este dere­ cho y aplastan al impío. Del lado ateniense, hay una simple defen­ sa de lo que es justo. Frente a la hybris de los persas, los atenienses se caracterizan por su

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sophrosyne o respeto al límite y la norma y por su justicia. No invaden al prójimo, sino que se defienden de un invasor. En lo interno, la ex­ presión de la justicia es la democracia, que es acuerdo y orden. Esta posición de Esquilo no es exclusiva de él; hay huellas de ella en muchos relatos de las Guerras Médicas, en que encontramos la aparición de héroes que luchan con los grie­ gos, de presagios desfavorables para el persa, etc. Cuando se funda la Liga Marítima, el prin­ cipio es el mismo: los griegos no hacen más que reconquistar su territorio; y los atenienses les guían invitados por ellos y en un plano de igualdad. Para Esquilo y la sociedad contemporánea el triunfo de las Guerras Médicas es la mejor prueba de la excelencia no sólo de la causa de Atenas, sino también de la de su régimen po­ lítico. Se basa este régimen en un principio de libertad y de disciplina libremente aceptada. Durante la guerra, toda fisura desaparece: pue­ blo marinero y aristocracia hoplita colaboran igualmente al triunfo de Atenas, como Esqui­ lo pone de relieve; caudillos de ideología dis­ crepante, como Aristides y Temístocles, cola­ boran juntos contra los persas. Este equilibrio de la constitución atenien­ se, elogiado por Esquilo y considerado como apoyado por los dioses, es el resultado de la acción de Clístenes, consolidada luego por los hechos resultantes de la guerra. En realidad, la caída de la tiranía había tenido lugar a con­ secuencia de la unión entre pueblo y aristocra­ cia, abandonando el primero a los tiranos y re­ conociendo la segunda como firmes las ganan­ cias alcanzadas por el pueblo. Vuelve a ejercer

17 el poder la Asamblea de éste, asistida ahora por el nuevo Consejo de los Quinientos y por el Tribunal Popular o Heliea; la población toda del Atica es distribuida en tribus y "demos" so­ bre una base territorial, lo que evita la supre­ macía de la aristocracia, que ejercía una in­ fluencia suprema en las antiguas organizacio­ nes gentilicias; se establece el ostracismo, por el cual puede ser alejado de Atenas durante diez años cualquier hombre que se haga sos­ pechoso de, empujado por la hybris, aspirar al poder personal. Al tiempo, los aristócratas, aunque dependiendo en último término de la voluntad del pueblo, continúan guiándole des­ de las magistraturas principales. Así, la democracia no es en Atenas una construcción puramente intelectual, aunque los pensadores arcaicos prepararon evidentemente su camino. Es el resultado dfe un conflicto ter­ minado con un equilibrio y una conciliación, considerada como la expresión de la Justicia. El análisis de las obras de Esquilo nos hará ver hasta qué punto estaba el poeta familiari­ zado con esta concepción. Este cuadro se continúa en lo esencial du­ rante el período de las Guerras Médicas. El único cambio importante es la reforma del arcontado, hasta aquí la principal magistratura, que desde el año 487/6 se otorga por sorteo en­ tre candidatos de las dos primeras clases: con ello es arrancado de las manos de las grandes familias, apoyadas por numerosas clientelas, y pierde en valor político. La primera magistra­ tura es ahora en la práctica la estrategia, que se confiere por elección renovable y que es la que ocupan los grandes caudillos atenienses: Temístocles, Aristides, Cimón y los demás. Es­ INTRODUCCIÓN

18 TRAGEDIAS DE ESQUILO tas reformas tienen, a la larga, una consecuen­ cia: el Consejo del Areópago, heredero del an­ tiguo Consejo Real, que era un órgano con po­ deres amplios y mal definidos pero de inspi­ ración tradicionalista y conservadora, sufre la reforma de Efialtes, el año 462, que le deja re­ ducido a un tribunal de lo criminal. Sucedía que este Consejo estaba integrado por los exarcontes, que ejercían el cargo con carácter vi­ talicio: una vez que el arcontado se confirió por sorteo, el Areópago acabó por estar forma­ do, al cabo de los años, por gentes sin presti­ gio personal ni familiar, fácilmente vulnerables por tanto. Pero esto sucedió ya al final de la vida de Esquilo: durante la época de las Gue­ rras Médicas y los primeros de los años que si­ guieron, existió en Atenas una estabilidad polí­ tica que parecía consolidada. Era un régimen democrático, en que el poder estaba efectiva­ mente en manos del pueblo, pero en el cual los cargos públicos eran detentados por aristócra­ tas y estaba excluido el reparto de tierras, la gran arma popular de los tiranos. Con Efialtes surge ya claramente una división en partidos: la justicia del régimen de Clístenes parecía ahora imperfecta. Esquilo cuando presentó la Orestea, cua­ tro años después de la revuelta de Efialtes, se encontraba ya un tanto incómodo en la nueva situación. Cierto que aceptó sus resultados, al recoger en sus Euménides la tesis oficial de que el Areópago no era en sus orígenes más que un tribunal de lo criminal y que luego ha­ bía usurpado funciones ajenas. Pero insistió en la gloria y la dignidad del Areópago y de las funciones que de él dependen y pidió que se le respetara en las mismas. Criticó, además,

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la política de guerra, que era la del partido popular de su tiempo. Y puso todo el énfasis en la predicación de la concordia. En toda su actitud está presente la conciencia de que de­ fiende algo que es la misma voluntad de los dioses, la forma en que éstos organizan el or­ den de la sociedad humana. Esquilo defiende un ideal y un régimen que empezaba ya a en­ trar en crisis. Su viaje a Sicilia, donde muere, es, posiblemente, lo hemos dicho, una manifes­ tación de su disgusto.

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ESQUILO Y LA TRAGEDIA Al lado del panorama histórico, ideológico y político que tiene ante sus ojos, interesa pa­ ra intentar penetrar en el mundo de Esquilo el hecho mismo de que es un poeta trágico. Su adscripción a un género bien definido como es el de la Tragedia es un dato fundamental. Para nosotros, Esquilo es el primero de los trágicos; sus predecesores, Tespis, Querilo y Frínico nos son apenas conocidos. Tenemos el dato de que el primero de ellos introdujo, frente al canto coral original, un actor, dando así origen a la tragedia propiamente dicha; conocemos también algunos títulos de los tres, sobre todo La toma de Mileto, de Frínico, que trataba el tema contemporáneo de la derrota jónia, y fue representada el año 493/2. Es di­ fícil, en estas circunstancias, precisar en qué Consiste exactamente la originalidad de Esqui­ lo, aparte de la introducción del segundo ac­ tor, que se le atribuye generalmente. Concre­ tamente, que sea un poeta de las ideas y su técnica escénica busque lo grandioso y "román­ tico”, como dice Murray, es cierto, sin duda, pero no sabemos si es exactamente original de él; el dar dignidad a los mitos, desde luego no lo es.

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Lo mejor que puede hacerse para deter­ minar el lugar de Esquilo en la Historia de la Literatura y de las Ideas es echar una ojeada sobre el género trágico en general y sus oríge­ nes. La Tragedia es, ante todo, poesía religio­ sa, ligada originariamente al culto de Dioniso; a este carácter debió el ser representada en las fiestas dionisíacas como parte del ritual de las mismas, que dependía del Estado. La Tragedia formó parte del culto público del Estado ate­ niense, dicho de otro modo, y ello desde los días de Pisistrato. Más concretamente, formó parte de un culto de tipo popular cual era el de Dioniso, que exaltaba un tipo de religión in­ dividualista y apasionada, lejana de la inspira­ da por los Olímpicos, que cuidaba de la mesu­ ra y de la distancia respecto al dios. Del diti­ rambo, canción lírica coral en honor de Dioni­ so, sabemos por Aristóteles que nace la tra­ gedia. En una gran parte de la lírica griega ha­ bía gérmenes dramáticos (enfrentamiento de dos semicoros o del corifeo y el coro) que en este caso fueron aprovechados y desarrollados. Estos gérmenes surgían desde el momento en que el coro (o dos coros o semicoros) y el co­ rifeo se identificaban con determinados perso­ najes. Concretamente, el ditirambo debió de ce­ lebrar los mitos dionisíacos, que comportan siempre los temas constantes de la persecu­ ción sufrida por el dios y sus secuaces y el castigo de sus perseguidores. Sus ejecutantes debieron de ser primeramente el séquito de devotos del dios, quizá con atributos de ma­ cho cabrío como el dios en ocasiones. No es seguro que la Tragedia provenga concretamen­ te del ditirambo peloponesio: en la propia Ati­

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ca se han señalado posibles puntos de origen, sobre todo en el culto de Dioniso Melanaigis en Eleúteras. Lo que sí es claro, es que desde an­ tes de su conversión en tragedia, el ditirambo había ampliado su temática, como vemos por los ditirambos de Píndaro y Baquílides conser­ vados (que, sin embargo, son ya del siglo V). Esta nueva temática contiene al menos tres elementos que son adoptados por la tragedia. Me refiero, en primer lugar, al mito heroico en cuanto contiene el tema de la acción arries­ gada en que el protagonista atraviesa el dolor y a veces la muerte, en forma previa a todo juicio moral sobre su conducta. En segundo, a lo que pudiéramos llamar el drama sacro, es decir, aquel argumento en que el dios im­ pone su poder sobre el rebelde. El tercero, al duelo por el héroe muerto o vencido—-con fre­ cuencia cantado por un actor y el coro—, que continúa, sin duda, restos del antiguo culto de los héroes. Los tres elementos aparecen ínti­ mamente fundidos y asimilados. Así, aun apareciendo raras veces en la Tra­ gedia el tema dionisíaco (Esquilo le dedicó, sin embargo, varias tragedias, hoy perdidas), es lo cierto que heredó de él su carácter estricta­ mente religioso. La acción de la Tragedia es puramente humana y en ella resplandece la li­ bertad de la decisión del hombre; pero es juz­ gada e interpretada a la luz de principios divi­ nos y los mismos dioses pueden intervenir para defenderlos. En ella se imparte una lección a los fieles—la ciudad toda, en este caso—, una lección con valor religioso, por supuesto. El poeta no es un artista libre y .desligado, sino el maestro de la ciudad, que revela lo más ín­ timo de la esencia del hombre y su destino.

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La Tragedia, tal como Esquilo la hereda, es una representación y una filosofía de la ac­ ción humana en un universo en que hay una se­ gunda esfera, la divina. Dentro de esto, y de los principios fundamentales de que acepta la libertad del hombre y glorifica la acción he­ roica por el simple hecho de serlo, las variacio­ nes pueden ser múltiples. Nada más equivo­ cado hay, en efecto, que tratar de dar una defi­ nición breve e inequívoca de la Tragedia. El trágico puede presentamos situaciones múlti­ ples: la acción humana puede desarrollarse sin puntos de referencia fijos, en plena oscuridad, u orientarse en relación con una voluntad di­ vina o una moralidad previamente conocida o al menos dada como existente aunque sea des­ conocida; el héroe puede obrar el mal queriendo obrar el bien; y tantas alternativas más. Por tanto, que Esquilo interprete ideológi­ camente mitos relativos a los momentos decisi­ vos de la acción humana, no puede considerar­ se originalidad suya. Es algo connatural con to­ da tragedia y la diferencia sólo puede estar en el modo de tratar esos temas. En realidad, la Tragedia asume toda la especulación anterior de la épica y la lírica, del mismo modo que asume elementos formales de ambas: el rela­ to del mensajero es pura épica y los coros, mo­ nodias y cornos o cantos de duelo alternados, son lírica; el mismo diálogo es épica dramati­ zada. El tema de lo incierto del éxito de la ac­ ción humana, el del riesgo y la gloria, el de la moral defendida por los dioses y que, sin em­ bargo, a veces no se impone en la tierra, el del dolor humano en general, habían sido tratados ampliamente por la épica y por la lírica. El tema más trágico de todos a los ojos moder­

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nos, el de la incapacidad del hombre para ele­ gir, en un dilema, el término que asegure la felicidad y el bien, es caro a Arquíloco, por ejemplo: el mundo divino es arbitrario y al hombre sólo le quedan la acción y, si fracasa, la resignación. Pero también los filósofos jonios habían recorrido buena parte del camino que luego recorrerán los trágicos. A decir ver­ dad, fueron más lejos que el propio Esquilo al tratar de fundar un moralidad absoluta del mundo divino y, sobre ella, una absoluta lega­ lidad y regularidad del destino humano: pién­ sese, si no, en Heráclito y Jenófanes. Lo que ocurre es que, si los filósofos ra­ cionalizaban la realidad hasta el punto de os­ curecer los datos primarios del acontecer hu­ mano, los poetas no siempre intentaban eluci­ dar sus problemas y contradicciones, que más bien son un dato que se les escapa y que pro­ curan disimular o contrapesar con la imagen de la gloria del héroe. Cantar esta gloria es la finalidad del poeta épico y del poeta lírico a la manera del Píndaro de los epinicios. Descon­ tando todo esto, la parte de la literatura ar­ caica que se ocupa de los temas propiamente trágicos es relativamente pequeña (y más dado nuestro conocimiento de ella puramente frag­ mentario) al lado de las tragedias conservadas. Pero no se debe nunca trazar una línea de se­ paración demasiado tajante entre unos géne­ ros y otros, como tampoco entre los poetas y la realidad histórica que les condiciona y so­ bre la que, de otra parte, tratan de influir.

IV LOS TEMAS DE LAS PIEZAS DE ESQUILO

Conviene, antes de seguir adelante, dar una idea de los temas tratados por Esquilo en sus piezas conservadas; también indicaremos, a continuación, algo de lo que se sabe en rela­ ción con los más extensos de los fragmentos conservados de las obras perdidas. Se trata de un análisis previo al doble, formal y de conte­ nido, que nos ocupará más adelante. Los Persas. Los Persas, como ya se ha dicho, era la se­ gunda pieza de la trilogía presentada por Es­ quilo al concurso del año 472. Esquilo, que tu­ vo por corego a Pericles, obtuvo el premio. Se trata, a lo que podemos ver, de una trilogía li­ bre, en que cada pieza tiene argumento inde­ pendiente: Fineo se refería al mito de este adi­ vino ciego, liberado por los Argonautas de las Harpías, que le arrebataban todo alimento; Glauco de Potnias, a la hybris y castigo de este personaje, que hizo comer á sus yeguas carne humana y no las dejaba aparearse con objeto de que tuvieran más ardor en los Juegos fú­ nebres de Pelias, con el resultado de que llega­ ron a devorar a su propio amo; el drama satí­ rico Prometeo Pircaeo ("encendedor del fue-

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go") presentaba el descubrimiento del fuego por Prometeo, el cual provocó quemaduras a los sátiros del coro que, desconocedores de su naturaleza, intentaron abrazarlo. Los Persas tiene un tema inhabitual en la tragedia: la presentación de un episodio de Historia contemporánea. Su precedente a este respecto es La toma de Mileto, de Frínico. En realidad, la distancia y majestad que requiere el tema trágico está lograda por la grandeza del debate moral que forma el centro de la pieza, por el ambiente oriental, exótico de la misma, por la intervención de personajes reales y la misma aparición de la sombra de Darío. Es­ quilo, para celebrar el triunfo ateniense, ha lo­ calizado su tragedia en Susa, la capital persa: es en realidad la derrota persa, motivada por la hybris de Jerjes, lo que es objeto de explica­ ción, siendo la sophrosyne y justicia y el mis­ mo triunfo de los griegos la contrapartida. Al comienzo, el coro, formado por los ancianos consejeros de Jerjes, enumera la magnitud del ejército persa, en un a modo de catálo­ go al estilo homérico; pero la construcción del puente sobre el Helesponto le llena de inquie­ tud, en cuanto viola las leyes de la naturaleza. Esta inquietud aumenta con la presentación del sueño de Atosa, la reina madre, que el coro quiere, sin embargo, interpretar favorablemen­ te. Prepara la llegada del mensajero, que va a contar la derrota después de un diálogo con el coro en que éste se lamenta. El relato del mensajero, interrumpido a veces por las preguntas de la reina, forma el centro de la pieza. La derrota es descrita en tres partes: primero es vencida la escuadra en Salamina; luego es aniquilada la aristocracia

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persa, que se había concentrado en la islita de Psitalia; finalmente, el rey huye y al pasar el Estrimón helado, pierde gran parte de su ejército al romperse el hielo y precipitarse sus hombres en las aguas. Todo, los dioses inclui­ dos, ha estado contra los invasores: el coro llora la derrota, se lamenta de Zeus, que ha arruinado a los persas, de Jerjes, que los ha llevado al desastre. La reina ve claro ahora el sentido de su sueño, pero quiere, de todos mo­ dos, verter las libaciones a los muertos que el coro le había recomendado antes. Mientras lo hace, el coro hace la evocación de Darío, que se aparece. Ve en la derrota el cumplimiento de antiguas profecías y el castigo por la acción insensata de Jerjes. Sólo falta el canto del coro celebrando la antigua grandeza de los persas bajo Darío, la llegada de Jerjes, destrozado y lloroso y el como, cantado por él y el coro, en que se describe la muerte de los héroes persas y se llora el infortunio sufrido. La reina, en tanto, ha entrado en el palacio para preparar nuevas vestiduras para acoger dignamente a Jerjes, que entra en él acompañado por el coro. Los siete contra Tebas. Los siete contra Tebas es la tercera pieza, la sola conservada, de la trilogía con que Es­ quilo obtuvo la victoria el año 467, después de haber sido derrotado el año anterior por Sófo­ cles, que se presentaba por primera vez en la escena ateniense. El tema de la trilogía era el destino de la familia real tebana, la de los labdácidas, que constituía el centro de un ciclo legendario tratado por los poemas épicos perdi­ dos La Tebaida y La Edipodia. Se trata, pues, de una trilogía “ligada", con tema coherente: in-

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novación, creemos, de Esquilo, como veremos más adelante. Las dos primeras obras, Layo y Edipo, narraban la leyenda de estos reyes de Te­ bas, abuelo y padre, respectivamente, de Etéo­ cles y Polinices, los personajes de Los Siete. Es lástima que no podamos reconstruirlas exacta­ mente y compararlas con el Edipo Rey de Só­ focles. La leyenda, sin embargo, es conocida en sus líneas generales: Layo, sobre quien ya pe­ sa la maldición de Pélope por haber raptado al hijó de éste, desobedece al oráculo de Apo­ lo, que le prohibe tener hijos; de él nace Edi­ po, que, pese a su intento de darle muerte, lle­ ga a adulto y mata a su padre en un encuentro fortuito en un camino, sin conocerle. Este de­ bía de ser el tema de Layo. El de Edipo tocaba, sin duda, los puntos centrales del Edipo Rey de Sófocles: Edipo es coronado rey de Tebas al destruir el poder de la esfinge y se casa así, sin saberlo, con su madre, Yocasta, viuda de Layo; todo ello se descubre al final y Edipo, tras cegarse, se expatría. La maldición de Edi­ po contra sus dos hijos figuraba también en la tragedia. En Los Siete culmina este drama familiar. Los dos hijos de Edipo, Etéocles y Polinices, no han podido entenderse para el reparto de la herencia: Etéocles no deja el poder al cabo de un año para cedérselo a su hermano, según el tumo que habían convenido. Polinices, deste­ rrado en Argos, se ha casado con la hija del rey Adresto, que viene con su ejército en su ayuda; también le acompaña otro desterrado, Tideo. Así, Polinices, ayudado por un ejército extranjero, quiere reconquistar el trono por la fuerza y, en el momento en que comienza la tragedia, sitia Tebas. Nosotros contemplamos

31 los sucesos desde dentro de la ciudad. Tenemos ante nosotros al coro, formado por mujeres aterrorizadas que piden la ayuda divina y a las que Etéocles, caudillo sereno y que confía en sí mismo y en sus hombres, les pide que no provoquen con su conducta el pánico de los defensores. El diálogo entre el coro y Etéocles opone una posición religiosa a una más pura­ mente humana; y el nuevo canto del coro, na­ rrando las desdichas de una ciudad conquista­ da al asalto, nos da la perspectiva en que hay que colocar todo el drama. En esto llega el mensajero y cuenta que los argivos han desig­ nado ya los siete campeones que van a atacar las siete puertas de la ciudad. Hay siete pares de discursos encontrados del mensajero y Etéo­ cles, a los que sirven de contrapunto pequeños cantos del coro: el mensajero describe la arro­ gancia de un campeón argivo y sus jactancias; Etéocles le opone uno tebáno que está en la lí­ nea del valor sereno y no jactancioso. Sólo un argivo, el adivino Amfiarao, es sabio y pruden­ te: pero el sabio que se une a una mala causa, también perecerá. Y así se llega al séptimo campeón argivo, Polinices: frente a él Etéocles se designa a sí mismo como defensor de la úl­ tima puerta. Etéocles, tan seguro de sí, tan alejado de toda posición religiosa, revela toda su angus­ tia al llegar a este punto. La maldición de Edi­ po va a cumplirse y Etéocles, no haciendo caso del coro, adopta una posición de heroísmo de­ sesperado. El coro canta su horror, su miedo de que sea el hierro de las armas el verdadero partidor de la herencia. Así será. Las palabras de ánimo del nuevo mensajero, anunciando la derrota de los argivos, nada resuelven: ambos INTRODUCCIÓN

32 TRAGEDIAS DE ESQUILO hermanos han muerto en lucha fratricida. El coro canta la locura de ambos, el horror de toda la ruina que se ha abatido sobre el lina­ je de los descendientes de Cadmo, la causa real de Tebas. Llegan Antígona e Ismena, hermanas de los muertos, trayendo los cadáveres, y lloran en versos alternados su memoria. Aquí parece que acaba la tragedia de Esquilo; al menos, es opinión general que los versos 1.005 sigs. (y tal vez 861-74), que introducen el tema de la opo­ sición del nuevo rey al entierro de Polinices, que Antígona va a realizar, pese a ello, son un añadido de fines del siglo V, inspirado en la Antígona de Sófocles. Esquilo ha dramatizado en una trilogía completa la epopeya tebana. No estará de más decir, quizá, que la expedición, fracasada, de los Siete, y la posterior de los Epígonos (hijos de los mismos), que conquistó Tebas, son con­ sideradas hoy como un reflejo épico de las lu­ chas que opusieron en el siglo XIII (y quizás antes) a los aqueos del Peloponeso y los de Te­ bas. En Esquilo, el tema ha servido para dar cauce a ideas contemporáneas, como luego ex­ plicaremos. Falta por decir que la trilogía se cerraba con el drama satírico La Esfinge, tam­ bién en relación con el tema de Edipo, pero de argumento no precisable. Las Suplicantes. También Las Suplicantes pertenecen a una trilogía "ligada", que hay que situar entre el 467 y el 458. Pero, contrariamente a Los Siete, constituyen la primera pieza de-esta trilogía. Se abre la obra con la visión del coro, in­ tegrado por las cincuenta Danaides, refugiadas en Argos y que imploran la ayuda de Zeus para

33 que las ayude a escapar de la persecución de los hijos de Egipto, que quieren lograr su boda por la violencia. Hay que explicar que tanto Dánao como Egipto son descendientes de Epafo, el hijo que tuvo Zeus en Egipto de lo, sacer­ dotisa de Argos perseguida por él y convertida en vaca por Hera. Por tanto, las Danaides han vuelto de Egipto a su antigua patria Argos, perseguidas por sus primos, y es a Zeus, como antepasado suyo, a quien suplican. Huyen de la violencia de los varones que quieren some­ terlas a esclavitud y, tras un breve diálogo con su padre Dánao, deciden acogerse a la protec­ ción de un altar. Allí las encuentra Pelasgo, rey del país. Su largo diálogo con el coro, ya reci­ tado, ya cantado, expone la situación y le obli­ ga a tomar una decisión: para ello va a consul­ tar con el pueblo, pues no es un rey tiránico, y los dos términos de la alternativa, a saber, oponerse a los hijos de Egipto o dejar que las mujeres de su sangre y su raza sean violenta­ das o se suiciden contaminando la tierra, son grave riesgo para el país. Dánao marcha tam­ bién a Argos para abogar por su causa ante la Asamblea. Cuando vuelve—entre tanto hay un canto del coro—trae una buena noticia: el pue­ blo ha decidido ayudar a las suplicantes y ne­ garse a las pretensiones de los egipcios. Pero en este momento Dánao, que ha subido a lo alto del altar, comunica a sus hijas otra noti­ cia: el desembarco de los egipcios. El nuevo diálogo entre Dánao y sus hijas y el cartto co­ ral de éstas, muestran el pavor de las Danaides y la confianza de Dánao en que el rey Pelasgo mantenga sus promesas. Así es, en efecto, y Pe­ lasgo rechaza las demandas y amenazas del he­ raldo egipcio, asegurándole que no se llevará a INTRODUCCIÓN

34 TRAGEDIAS DE ESQUILO estas descendientes de Argos, que se han aco­ gido a su protección, por la violencia. El heral­ do se marcha amenazando con la guerra, y la conclusión llega con el canto coral alternado de las servidoras de las Danaides, que las piden que se sometan a las exigencias de Afrodita, y de las propias Danaides, que rechazan la vio­ lencia varonil de los egipcios. Este final adelanta el desarrollo de las otras piezas de la trilogía. En Los Egipcios, tras un debate entre éstos y la otra parte, se llega, no sabemos cómo, a la boda; pero las Danai­ des se prometen mutuamente matar cada una a su consorte en la noche de bodas. Esto es lo que hacen en la pieza siguiente, Las Danaides, con excepción de Hipermestra, que respeta la vida de Linceo. Debía de haber una disputa en­ tre Hipermestra y Dánao o las Danaides sobre la licitud de su acción; no sabemos si la con­ clusión era el castigo de las demás Danaides o, más probablemente, su atribución, mediante un concurso, a nuevos maridos, según la versión de Píndaro. En todo caso, intervenía Afrodita, que hacía el elogio del amor. El drama satírico Amimone narraba la aventura de esta Danaide, que era asaltada por un sátiro y liberada por Posidón sólo para ha­ cerla suya.

La Orestea. Con esto llegamos a la Orestea, la gran tri­ logía vencedora el año 458 y conservada com­ pleta (aunque no el drama satírico Proteo, re­ lacionado en todo caso con la estancia de Me­ nelao en Egipto a su regreso de Troya). Es una trilogía ligada que trata del destino de la casa

INTRODUCCIÓN

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real de los Atridas, reyes de Micenas; aunque su argumento es bien conocido, narraremos lo esencial. El Agamenón comienza con la noticia de la toma de Troya, recibida por el Guardián si­ tuado en el palacio de Micenas gracias a la se­ ñal del fuego que, de cumbre en cumbre, llega desde Troya. Sus reticencias se cambian en se­ rios temores cuando interviene el coro, que to­ davía no sabe la noticia: en su canto, la inter­ pretación por el adivino Calcante de la visión de las dos águilas que devoraban la liebre pre­ ñada, en Aulide al partir la expedición, y el sa­ crificio por Agamenón de su hija Ifigenia para que cediera la falta de vientos que impedía la partida, no auguran nada bueno. Pero ya llega Clitemestra anunciando, informada por el Guardián, la buena noticia: en su júbilo se imagina las escenas de la toma de Troya y las violencias en ella cometidas. El coro celebra la victoria: pero su celebración incluye la con­ denación de toda esta guerra, movida por la ambición y dolorosa para la propia ciudad. Si­ gue el relato del mensajero que llega, alegre por la vuelta, exultante por el triunfo, que no puede evitar narrar ni la conducta fuera de toda norma moral de los aqueos vencedores ni su castigo en la tempestad que dispersó su flota y hundió muchos de sus barcos. El coro canta el horror del crimen de Paris, el tema de la hybris que en^édr^ hybris. En esto llega Agamenón, sabio gobernante y hombre moderado en apariencia, según se desprende de sus palabras y de su negativa a entrar en el palacio pisando el tapiz de púrpu­ ra, propio de los dioses. Pero entra pisándolo, cediendo a los mentirosos halagos de su espo-

36 TRAGEDIAS DE ESQUILO sa. Esta dialoga con la cautiva Casandra, traída por su marido, que finge no entender. Pero, partida Clitemestra, Casandra profetiza todo lo que ha ocurrido hasta ahora en la familia de los Atridas y el crimen que está cometiéndose dentro del palacio. En esto se oye el grito de muerte de Agamenón. Y Clitemestra sale con Egisto, jactanciosa de su crimen, y ambos se enfrentan al coro, que se lo echa en cara. La segunda parte del drama se desarrolla en Las Coéforos. Son estas "vertedoras de liba­ ciones” el coro de servidoras del palacio, que van a rendir honor a la tumba del muerto por orden de Clitemestra, que quiere así liberarse de un mal sueño. Pero Electra, la hija, les per­ suade a que viertan las libaciones imprecando el castigo de los asesinos. Así lo hacen, y junto a la tumba se encuentra Electra con Orestes, teniendo lugar la escena del reconocimiento. Orestes viene, enviado por Apolo, a matar a su madre para vengar a Agamenón: y ambos hermanos piden la ayuda de Zeus en su em­ presa. El gran como cantado alternadamente por Electra, Orestes y el coro, pone de relieve las razones morales y personales de la vengan­ za: todos piden la ayuda del muerto. La acción es preparada todavía por un diálogo entre los mismos tres personajes y un canto del coro. Y con esto se llega al momento culminante. Orestes pide alojamiento en el palacio corto extranjero llegado al país y Clitemestra se lo concede, no sin haberle él contado antes la supuesta muerte de Orestes. En tanto, la no­ driza va a buscar a Egisto, para que hable con el extranjero, y es persuadida por el coro a decirle que venga solo. Egisto llega, entra en el palacio y se oye su grito de muerte. Sigue

37 una escena en que intervienen Clitemestra y Orestes: cuando éste vacila en darle muerte, su amigo Pílades habla por única vez para re­ cordarle la orden de Apolo. Orestes lleva a su madre dentro, donde la mata; y sale insistien­ do una y otra vez en justificarse ante el coro y viendo al final las formas de las Erinis que le persiguen. Estas Erinis o furias vengadoras de los muertos forman el coro de la última tragedia. Las Euménides. En su primera escena, que nos presenta el templo de Apolo en Delfos, encon­ tramos a Orestes sentado en el Ombligo sagra­ do, a Apolo a su lado y a las Erinis dormidas. Apolo ordena a Orestes, que ha sido ya puri­ ficado por él, que huya a Atenas para encon­ trar liberación de sus dolores. Parte, pues, Orestes y la Sombra de Clitemestra despierta a las Erinis, injuriándolas por su inacción. Apolo, las expulsa de su templo, como a seres impuros. Pero volvemos a encontrarlas en la segunda parte de la pieza, que cambia de esce­ nario. Ahora estamos en Atenas, y a la estatua de Atena se abraza Orestes, pidiendo protec­ ción. La diosa se informa de las pretensiones de ambas partes, que se someten a su arbitra­ je. Ella elige un tribunal —el futuro tribunal del Areópago—, que escucha, de un lado, al coro, y, de otro, a Apolo, que habla a favor de Orestes. La votación del tribunal acaba con empate; pero Atena lo rompe dando su voto a Orestes, argumentando que el derecho del padre es superior al de la madre. Queda sólo la última escena, en que Atena logra apaciguar a las Erinis que, convertidas en Euménides o divinidades benevolentes, recibirán culto en Atenas. Los ciudadanos no deberán olvidar la INTRODUCCIÓN

38 TRAGEDIAS DE ESQUILO necesidad de que el crimen sea castigado, y el Areópago conserve su prestigio. Prometeo Con el Prometeo termina la enumeración de las obras conservadas de Esquilo; su fecha no podemos determinarla. Es la primera pieza de una trilogía dedicada a este titán, que tras ayudar a Zeus en su lucha con los demás tita­ nes, le robó el fuego para favorecer a los hom­ bres, lo que le valió ser encadenado a la roca del Cáucaso. Esta es la escena que abre la tragedia: Prometeo, sujeto y clavado por Efec­ to, Violencia y Fuerza, canta una monodia que da salida a su dolor. En este extremo confín del mundo sólo personajes muy especiales pueden presentarse. Son primero el coro de las Oceánidas y luego su propio padre Océano, quienes, otorgando su compasión a Prometeo, le aconsejan que ceda ante Zeus y se someta a él. Pero en ello no consiente el titán, que moteja a Zeus de tirano y está dispuesto a no revelarle el secreto del cual depende el po­ der del propio dios: si se casa con Tetis en­ gendrará un hijo más fuerte que él, que le destronará. Fracasados las Oceánidas y Océa­ no, Prometeo se gloría de sus beneficios a los hombres y entabla después conversación con lo, perseguida por Hera hasta este extremo del mundo. Es otra víctima de Zeus; pero Pro­ meteo puede revelarle que su liberación está próxima: en Egipto dará a luz un hijo de Zeus, Epafo. Esta liberación presagia en cierto modo la del propio Prometeo. Al final de la tragedia, sin embargo, éste trata con el máximo despre­ cio a Hermes, enviado por Zeus para pedirle

39 su secreto, y prefiere ser arrojado al Tártaro, como el dios amenaza. La trilogía contenía la liberación de Pro­ meteo en el Prometeo Liberado, que es la pieza siguiente. Es Hércules el que mata al águila que le desgarra y rompe sus ataduras. Ello va unido a la reconciliación entre Zeus y el titán; el secreto, no sabemos cómo, es revelado. Zeus no se casará con Tetis y Prometeo volverá a la gracia de Zeus, consolidándose sus dones a los hombres. En cuando al Prometeo Portador del Fuego, debía de ser la tercera pieza de la trilogía, salvo que fuera el drama satírico de la misma. Trataba tal vez del establecimiento del culto de Prometeo en Atenas. INTRODUCCIÓN

Fragmentos Para dar una idea de la amplitud de la obra de Esquilo y del carácter parcial de nues­ tro conocimiento de la misma, conviene hacer aquí algunas referencias a las tragedias perdi­ das. Y ello tanto más cuanto que, por prime­ ra vez en España, ofrecemos una traducción de los fragmentos del poeta. Hay primero el grupo de tragedias que per­ tenecen al ciclo troyano: se ocupan de temas tratados en la litada o la Odisea o en el Ciclo, es decir, en Los cantos chipriotas, La Aquileida, La destrucción de Troya, etc. Ante todo, encontramos la trilogía com­ puesta por Los mirmidones, Las Nereidas y Los frigios o Rescate de Héctor, de la cual han aparecido algunos fragmentos en papiros. Trata del tema central de la litada, en tomo a la persona de Aquiles: el coro de mirmido­ nes le impulsa a la acción y él consiente por fin en enviar a Patroclo a la lucha; llora por

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TRAGEDIAS DE ESQUILO

la muerte de éste, en versos de tinte erótico; y, tras matar a Héctor, consiente finalmente en devolver su cadáver a Príamo. Esquilo ha logrado una trilogía ligada poniendo de relieve un esquema dramático en tres actos ya pre­ sente en Homero. Tenemos, luego, otra trilogía relativa a la muerte de Ayax: El juicio de las armas, Las Tradas y Las Salaminias. Se ocupa del juicio en el cual los aqueos deciden que las armas de Aquiles deben entregarse a Odiseo y no a Ayax, a continuación de lo cual viene, en la segunda pieza, el suicidio del héroe deshonra­ do (las tracias son las cautivas del mismo, que forman el coro); en la tercera se hablaba qui­ zá del regreso de Teucro, hermano de Ayax, a Salamina y la maldición de su padre. Sobre el tema central de la Odisea, escri­ bió también Esquilo una trilogía, formada por Los evocadores de alrhas, Penélope y Los reco­ gedores de huesos; parece que trataba del des­ censo de Odiseo a los infiernos, de su regreso y, luego, de la muerte de los pretendientes, cuyos hijos recogen los huesos de los muertos en la última tragedia. Hay también, sobre el tema troyano, una serie de dramas aislados: Filocíetes, sobre es­ te héroe abandonado en Lemnos por los aqueos y con un pie llagado por la serpiente, que luego es llevado para concluir gloriosamente la guerra de Troya; Memnón y El pesaje de almas, en que se presenta la victoria de Mem­ nón, el rey etíope, sobre Antíloco y su muerte a manos de Aquiles tras la emotiva escena del pesaje de las almas de ambos contendientes por Zeus, realizado ante Eos y Tetis, las dos madres divinas; Sqrpedón, sobre el destino de

INTRODUCCIÓN

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este hijo de Zeus y Europa, rey de los canos, muerto en Troya por Aquiles; Palamedes, el tema del justo calumniado por Odiseo y con­ denado a muerte; es un héroe civilizador, como Prometeo; Ifigertia, sobre el tema bien conoci­ do por los lectores del Agamenón. Otro grupo de tragedias procede del ciclo tebano, al igual que la trilogía de Los Siete. El tema dionisíaco estaba en la base de la Licurgia (Edones, Basárides, Jóvenes, Licurgo), tri­ logía relativa al castigo del rey Licurgo que, como ya cuenta la Ilíada, ' se opuso a la difu­ sión del culto de Dioniso en el país de los edones, en Tracia. En la primera pieza se des­ cribía la persecución de Licurgo, sus insultos contra el dios que, aprisionado, se escapaba mediante un terremoto milagroso; en la segun­ da, aparece la muerte de Orfeo, celoso del culto de Apolo, por las bacantes dionisíacas; en la tercera, el castigo de Licurgo, que mata lleva­ do por la locura dionisíaca a su propio hijo. Otro perseguidor tradicional de Dioniso era Penteo, rey de Tebas. También al castigo de éste dedica una trilogía Esquilo (Semele, Penteo, Cardadoras, Bacantes). Dramatiza el nacimiento milagroso de Dioniso (su madre Semele muere al contemplar a Zeus en su ma­ jestad, pero él salva al niño en su muslo) y el castigo de su perseguidor Penteo; luego, en la tercera pieza, la suerte de las hijas de Mi­ nias, que matan al hijo de una de ellas llevadas de la locura que, como castigo por su hostili­ dad, les envía el dios. Dentro del ciclo tebano, hay varios dramas en que interviene la leyenda de Héraclès. En Los Heraclidas se asiste a los triunfos (sobre Gerión, por ejemplo) y muerte del héroe; en

42 TRAGEDIAS DE ESQUILO Los mistos, el protagonista es su hijo Telefo que, herido por Aquiles, se procura con amena­ zas la ayuda de Agamenón para que el propio Aquiles le cure con la lanza que le hirió. Tam­ bién al ciclo tebano pertenece la Níobe, de la que hay un fragmento papiráceo importante, relativo a la esposa del rey tebano Anfión, cas­ tigada por Apolo por jactarse de su fecundi­ dad; Anfión muere por el rayo de Zeus. Nos referimos a continuación a otras pie­ zas relativas a diversos ciclos legendarios. Lo que mejor conocemos no es propiamente una tragedia, sino un drama satírico: Los echado­ res de redes, pieza de la que poseemos impor­ tantes fragmentos papiráceos. Dánae, arrojada con su hijo Perseo al mar en una gran arca, es salvada por unos pescadores; pero se orga­ niza una discusión entre ellos y Sileno, que también ha acudido y que quiere quedársela como esposa, con protesta de ella. Importan­ tes son los fragmentos de Los peregrinos del Istmo, drama satírico. En ellos vemos al coro de sátiros, que ha huido de la tiranía de Dioniso y se ha presentado a los Juegos Istmicos, con la pretensión de participar en ellos. El coro se ha puesto bajo la protección de Posi­ dón, dios de los juegos; luego hay un debate entre el coro y Dioniso, que viene a recupe­ rarle. Al final de nuestros fragmentos, Sísifo (?) presta un carro a los sátiros para que se presenten en los Juegos: parece que, como de costumbre, se portaban cobardemente y daban que reír, terminando la pieza con la reconcialiación de Dioniso y Posidón. También podemos saber algo del contenido de otro dra­ ma satírico, Glauco Marino, que trata de un pescador convertido en divinidad marina de

43 aspecto humano, al haber gustado de determi­ nada yerba mágica. Tenemos bastantes frag­ mentos del mismo. Los demás dramas de Esquilo son conoci­ dos por un número de fragmentos generalmen­ te muy pequeño, y no podemos hacemos de ellos otra idea que la que a veces sugiere el título. Citemos, sin embargo, algunos ejem­ plos. Había una trilogía (Argivas, Eleusinios, Epigonos) sobre el lamento de las madres de los Siete y el suicidio de Evadne (mujer de Capaneo), la devolución a las mismas de los cadáveres de sus hijos por intervención de Teseo y la expedición vengadora de los Epígo­ nos; otra trilogía sobre el tema de los argo­ nautas; una trilogía sobre el castigo de Ixión que, admitido en el Olimpo, quiere violar a Hera y se une en realidad a una nube, de la que nacen los centauros; Las Hijas del Sol, con­ taba sin duda la muerte de Faetonte, que con­ dujo imperitamente el carro del Sol y hubo de ser muerto por aquél con el rayo; Las ar­ queras, a su vez, narraba el castigo de Acteón, despedazado por los perros de Artemis; Oritia, la unión de esta ninfa con Bóreas y la historia de sus hijos; Sísifo, el castigo de este rey de Corinto, que, vuelto a la tierra después de la muerte para reclamar sus honras fúne­ bres, pretendía no volver al infierno y fue re­ cobrado por Hades. Como puede verse, el Es­ quilo perdido contenía un universo de temas de todos los ciclos épicos. Es frecuente el tema del castigo divino de una transgresión de un héroe; y también es importante regis­ trar la frecuencia de los temas dionisíacos, así como la facilidad con que Esquilo se mueve dentro del drama satírico, de un estilo bien distinto del de la tragedia. INTRODUCCIÓN

V

ASPECTOS FORMALES DE LA TRAGEDIA ESQUILEA La tragedia esquílea era una representa­ ción en la que los aspectos puramente dramá­ ticos estaban envueltos en lirismo y en espec­ táculo visual. Efectivamente, con dos actores de que el poeta disponía (salvo en la Orestea, en que hay tres; en Prometeo también, pero el tercero es apenas utilizado) era difícil desarro­ llar en la escena una acción complicada. Por ello el teatro de Esquilo más que acción lo que pretende es la presentación de situaciones que, ciertamente, son iluminadas constante­ mente mediante los diálogos que tienen lugar. Estos diálogos son normalmente entre dos personas: el protagonista y una serie de anta­ gonistas que entran en escena sucesivamente, dado que es un solo actor el que, mediante el adecuado cambio de máscaras, ha de hacer todos estos papeles. A veces, la situación de que hablamos se resuelve en la acción, pero esta acción sucede fuera de la escena y sólo la co­ nocemos por el relato del mensajero; otras, la tensión queda pendiente de desenlace hasta el final de la trilogía. La acción de estos simples diálogos sobre el espectador tiene que ser realzada por una serie de elementos extradramáticos que pro­ ceden en unos casos de los orígenes líricos y

46 TRAGEDIAS DE ESQUILO musicales del drama y también de sus prece­ dentes épicos; en otros, de una puesta en esce­ na llena de efectos deslumbradores para un público salido de la sencillez arcaica. Entién­ dase, no se trata de elementos adventicios, sino de medios expresivos que completan la esca­ sez de los propiamente dramáticos, que, por otra parte, se acrecentan en la Orestea median­ te la intervención del tercer actor. Hablemos primeramente de los elementos líricos de Esquilo. De su importancia da una primera idea el hecho de que los coros ocu­ pan aproximadamente la mitad de la extensión de las tragedias. Pero no es sólo esto. De un lado, el coro está con frecuencia íntimamente ligado a la acción, dando muchas veces nom­ bre a la tragedia; entre las conservadas, des­ taquemos el caso de Las Suplicantes y Las Euménides, en las que el coro es el verdadero protagonista. De otro, sin el comentario lírico del coro es incomprensible siempre la acción de la tragedia o se convierte en una cosa trivial. Por poner un ejemplo, todo el Agamenón tiene un sentido gracias a los grandes coros iniciales, que desarrollan ampliamente el tema de la culpa y el castigo, de la justicia perfecta de Zeus y el elemento injusto que se mezcla en la aparente justicia de los hombres, del miedo a las consecuencias de una victoria que el mensajero y Agamenón ven como solución definitiva. Véase también cuán insignificantes quedarían Los Siete sin los coros sobre el des­ tino de la ciudad sitiada y sobre los horrores de la lucha fratricida. En general, a cada pro­ greso de la acción o, más bien, del diálogo, tenemos la intervención del coro, que da la

47 pauta para juzgarlo y para prever o temer lo que después va a suceder. Este elemento lírico que es el coro iba íntimamente unido a la danza. Se nos dice que los coros de Esquilo estaban integrados por doce coreutas y. así parece demostrarlo una escena del Agamenón; sin embargo, en Las Suplicantes, si nos atenemos al número tradicional, era de cincuenta. Hay que hacer observar el gran número de posibilidades que ofrecía el uso del coro. Podía comenzar la pieza, precedido de unos anapes­ tos de maroha, o entrar después de un prólogo a cargo de un actor o de un diálogo de acto­ res o (en el Prometeo) de una monodia de un actor; podía, y es lo común, organizarse en estrofas y antistrofas, pero a veces es iniciado y concluido por partes astróficas (próodo y épodo); otras veces dentro de cada estrofa y cada antistrofa intervienen uno tras otro los dos semicoros; o puede suceder que las partes líricas estén separadas entre sí, formando una especie de cierre o comentario de cada momen­ to del diálogo. Existen luego todas las varian­ tes del como: diálogo lírico del coro y el actor, o diálogo en que el actor habla en trímetros y el coro líricamente o vastos conjuntos en que intervienen el coro y dos actores (en Las Coéforos) y en que hay además estribillos anapés­ ticos del propio coro. Los anapestos pueden también interrumpir un canto coral antes de pasarse a otro. Por otra parte, el corifeo, re­ presentante del coro, puede continuar el como lírico con el personaje mediante un diálogo en trímetros y también puede haberlo entre los miembros del propio coro. INTRODUCCIÓN

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Junto a los elementos líricos están los ele­ mentos épicos. La poca complicación de la trama que se desarrolla en las piezas implica la necesidad de acudir con frecuencia al rela­ to del mensajero. En Los Siete llegan a inter­ venir hasta tres. Pero en las piezas en que sólo hay uno existen abundantes relatos de corte épico en boca de algunos personajes. Por ejemplo, recordemos, en Prometeo, la narra­ ción de los viajes de lo por el protagonista de la pieza; en el Agamenón, la descripción imaginaria, por Clitemestra, de la toma de Tro­ ya; etcétera. El lirismo y el epicismo de Esquilo hallan su reflejo en la lengua. Ninguno de los trági­ cos maneja un instrumento lingüístico dotado de mayor majestad y solemne rigidez, más ori­ ginal y flexible al mismo tiempo. Aristófanes, en Las Ranas, ha dejado la crítica de la difi­ cultad del estilo de Esquilo y, al tiempo, la justificación del mismo como expresión de la grandeza de sus temas e ideas. Hemos inten­ tado, en lo posible, respetar en la traducción las características de este estilo, aunque, des­ de luego, el castellano no pueda hallar corres­ pondencia a su libertad de construcción, ni sobre todo, a sus atrevidos compuestos. En cambio, es posible en general reflejar el rico mundo de las metáforas y símiles de Esquilo, de tradición lírica y épica, respectivamente, hablando en líneas generales. Un rico simbo­ lismo que enlaza el juego de acciones e ideas al mundo entero de la vida humana y animal, es así desplegado ante nosotros. A veces hay temas que se repiten en las tragedias de modo obsesivo: recordemos el de la serpiente trai­ dora que es Clitemestra en Las Coéforos, el de

49 la nave del Estado en Los Siete, el de las palo­ mas perseguidas en Las Suplicantes. Todo este mundo poético cobraba relevan­ cia mediante la puesta en escena. En ella se aliaba la simplicidad a la magnificencia. La pintura de la escena representando un palacio, a la manera posterior, parece que no fue intro­ ducida hasta la Orestea. En las piezas anterio­ res, el frente de la escena (la tienda de los ac­ tores) debió de ser suficiente para indicar, por ejemplo, el palacio de Jerjes o el de Etéocles, o bien la roca del Caúcaso en el Prometeo; no es de creer que el cambio de lugar de la esce­ na en Las Coéforos comportara un cambio de decorado. A veces, el centro de la orquesta o área circular en que se representaban las obras era un altar en el que se refugiaba el coro (Los Siete, Las Suplicantes) o una tumba (la de Jerjes en Los Persas, la de Agamenón en la pieza de este nombre). A pesar de esta simplicidad, la representa­ ción de una tragedia de Esquilo tenía también los elementos de magnificencia de que hemos hablado. En Los Persas y Las Suplicantes los vestidos orientales sugerían un mundo exóti­ co; las suplicantes y sus perseguidores eran caracterizados además como bárbaros por su mismo aspecto y por el carácter desordenado y salvaje de su danza. En Los Persas, la músi­ ca y el rito de duelo tienen también carácter oriental. En Los Siete, Esquilo echaba mano sin duda, aparte del terror frenético del coro, de los ruidos que llegaban del exterior de la plaza sitiada. Se ha pensado también en un uso abundante de máquinas que introdujeran en escena a los actores divinos, así en el Pro­ meteo. Este personaje, titán encadenado en los INTRODUCCIÓN

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confines del mundo entre seres divinos, nos presenta también un espectáculo fuera de lo común. La Orestea se adapta más al tipo de la pieza clásica, posee una mayor serenidad y sophrosyne, aunque juega con el elemento so­ brenatural y horrible que son las Erinis. Se notará cómo en el teatro de Esquilo abundan los personajes divinos y los exóticos, al lado de los pertenecientes propiamente al círculo de la leyenda épica. Pero volvamos a la acción misma de los dramas de Esquilo, que hemos caracterizado como, en lo fundamental, una situación comen­ tada líricamente, a veces, es cierto, con un des­ enlace fuera de la escena. No seríamos justos si pensáramos que es la limitación de medios la que obliga a Esquilo a reducir la acción de sus obras; más bien la verdad es que su idea de la tragedia es diferente y adaptada a los medios de que disponía, entre los cuales era parte muy preeminente el coro. A veces, incluso, le sobraba para lograr sus efectos uno de los actores: son famosos los silencios de ciertos personajes esquíleos hasta el momento en que la tensión creciente ha creado el clima necesario para su actuación. Lo normal es que haya un personaje cen­ tral, el protagonista, que está en escena la ma­ yor parte del tiempo; aunque puede a veces re­ tirarse a palacio o a otro lugar, en tanto canta el coro, y ser llamado luego por causa de la entrada del segundo actor. Tales son Etéocles, Atosa, Prometeo. El segundo actor, como queda indicado, va encarnando sucesivamente, me­ diante un cambio de máscara, a los distintos oponentes del protagonista. Así, por ejemplo, Esquilo no puede enfrentar en escena a Etéo-

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oles y Polinices (como hará Eurípides en Las fenicias), porque necesita al segundo actor pa­ ra introducir a los sucesivos mensajeros. En Prometeo asistimos a un desfile semejante de los personajes que pretenden hacer ceder al héroe en su postura. El esquema es cierto en lo esencial en otras obras, presentando Las Suplicantes la originalidad de que es el coro el protagonista. Visto esto mismo desde el puro contenido, las consecuencias son claras: a Es­ quilo lo que le interesa es reflejar la situación de un sólo personaje, que conduce al destino del mismo; esa situación sólo puede hacerse comprensible por el doble procedimiento del comentario del coro y del enfrentamiento con sucesivos interlocutores. Ahora bien, toda la acción depende del conflicto entre grandes fuerzas morales: la pintura de caracteres propiamente dichos no interesa a Esquilo, aunque la inicia en Las Coéforos (con ayuda ya de tres actores). Cuan­ do este conflicto es complejo, es imposible in­ troducirlo dentro de una sola tragedia. Pero para escapar a esta dificultad, Esquilo ha en­ contrado una salida, que es la trilogía ligada. La trilogía ligada, efectivamente, es un ha­ llazgo de Esquilo, que no por ello prescinde de la antigua trilogía suelta en los casos en que es suficiente; luego es abandonada por Sófo­ cles y Eurípides. Gracias a ella puede presen­ ciarse el encuentro entre los principios que combaten a lo largo de diversas generaciones: así en la trilogía de Los Siete; o, en una misma vida humana, a lo largo de distintos episodios: así en la de Las Suplicantes, en la Licurgia o en la relativa a Aquiles.

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En la Orestea tenemos un ejemplo único en que se combina la trilogía ligada, que cuen­ ta el drama de la familia de los Atridas en tres etapas (una la muerte de Agamenón; otras dos relativas a Orestes) con el empleo de tres actores: cada obra contiene mucha más acción y podemos encontrar la oposición de protago­ nista y deuteragonista (Clitemestra en Agame­ nón), el inicio de caracterizaciones psicológicas (de Electra, por ejemplo), etc. En el fondo, sin embargo, lo que continúa interesándole a Es­ quilo es la situación de un personaje central en un conflicto en que intervienen fuerzas su­ periores. Es Agamenón victorioso y débil, justo y manchado; son Orestes y Electra —protago­ nista doble—, justicieros y agraviados; Orestes, vengador de un padre y cargado con la muerte de una madre. Estas situaciones se re­ suelven obra tras obra en una nueva acción, pero no por ello quedan concluidas, sino que el impulso llega hasta la tercera obra, Las Euménides. Aquí, la solución tiene lugar median­ te el enfrentamiento del coro y un actor (Apo­ lo), dando la solución el otro (Atena). El teatro de Esquilo, al acercarse la muerte del poeta, se hacía más flexible y capaz de toda clase de efectos, sin abandonar por ello sus propios y característicos recursos e intereses.

Vi

ASPECTOS IDEOLOGICOS DE LA OBRA DE ESQUILO Hemos visto que en la obra de Esquilo, como en toda obra literaria en general, ios elementos formales y los de contenido no pue­ den aislarse- los segundos se expresan por los primeros, que están al servicio de los se­ gundos; o, dicho de otro modo, ambos elemen­ tos son inseparables. Sólo necesidades de or­ den práctico de la exposición justifican su aislamiento. Ni Esquilo, evidentemente, ni los demás trágicos son tratadistas sistemáticos sobre te­ mas políticos o humanos en general. Pero, lo liemos dicho ya, en la época es el poeta el maestro por excelencia, y en el caso cïe los trágicos, el maestro de todo el pueblo, pues­ to que a él se dirige en una fiesta pública de la ciudad. No existe, al menos en Atenas, una prosa filosófica como la que luego cont'muará su misión: la Tragedia es, pues, el vehículo propio y definido del pensamiento ateniense de la época. Utiliza en definitiva un sistema tradicional de exposición: el alternar el ejemplo o mito con la máxima. Solamente que aquí el mito está dramatizado y la máxi­ ma alcanza una ampliación en los grandes co­ ros que acompañan a la acción. No hay que esperar, por lo demás, una doctrina inmutable y sin contradicciones, ni siquiera dentro de cada poeta. Hemos visto que los trágicos heredan diversas líneas de

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pensamiento; ele otro lado, como pai'ten de mitos diversos y, en todo caso, de situaciones concretas y complejas, carecen del esquematis­ mo que dominaba ya a algunos pensadores de la edad precedente y que volverá a hacerse pre­ sente en la filosofía de Platón y los estoicos. Las obras de Esquilo, concretamente, son siempre debates en torno a los grandes proble­ mas centrales de la conducta humana. Por eso, lo hemos dicho, el interés por pintar caracte­ res individuales es muy reducido. A veces las fuerzas en conflicto entran directamente en juego a través de dioses o incluso de hombres que las representan en su estado más puro; pero en general actúan a través de hombres y llegan a chocar dentro de ellos mismos, pro­ duciendo de este modo la tensión trágica. Si repasamos rápidamente las obras con­ servadas, veremos que en Los Persas se debate el problema de la injusticia del pueblo invasor y del rey tiránico; en Los Siete, el conflicto entre los deberes para con la patria y los dere­ chos de un hombre objeto de agravio por el que en el momento tiene el poder en la pri­ mera; en Las Suplicantes encontramos el tema de la mujer, que tiene derecho a no ser atro­ pellada, pero también el del amor, que tiene carácter sagrado, el de la protección debida la persona de la propia familia y el del com­ portamiento de un rey que tiene que elegir entre abandonar una obligación religiosa y en­ trar en guerra con un país extranjero. Si pasa­ mos a la Orestea, el cuadro es más complica­ do. En el Agamenón encontramos el tema del castigo de la hybris de Paris y Troya, pero también el de la ambición escondida dentro de una acción en principio justa; en Las Coé-

55 foros se describe el castigo del crimen de Clite­ mestra, pero en Las Euménides se discute la justicia de un acto como el de Orestes y, ade­ más, se preconiza un sistema de gobierno en el que el castigo del crimen y la gracia cuando concurren determinadas circunstancias, se com­ paginan. Finalmente, el Prometeo toca el tema mismo del poder con sus riesgos y abusos y el de la sabiduría y el amor a los hombres con sus excesos y peligros cuando se enfrenta con una autoridad que es, después de todo, le­ gítima. Predominan en Esquilo, como puede verse, los temas que afectan en definitiva al compor­ tamiento del hombre en sociedad, es decir, a los problemas políticos. Estos problemas están conexos, naturalmente, con los morales y con los religiosos. Se trata de ver qué conducta es la aprobada por los dioses y, por tanto, la que tiene éxito o recibe castigo. Porque, aunque el hombre figura a veces como actuando movido por los dioses, es libre y responsable. El fondo religioso de toda la tragedia hace que estos temas estén en una relación estrecha con otros en que se plantean igualmente dile­ mas que afectan a los hombres en general, pero que no son de tipo político: tal el del amor. En los fragmentos, de otra parte, vemos apa­ recer con frecuencia el tema del castigo de una acción malvada o impía: este castigo tenía sin duda un fondo que era al tiempo político en trilogías como la Licurgia o la relativa a Ayax, o la leyenda de los Epígonos; pero pro­ bablemente carecía de esta trascendencia en Faetonte, Las Arqueras, Sísifo, etc. Pero prescindamos de momento del aspec­ to político del pensamiento de Esquilo para INTRODUCCIÓN

56 TRAGEDIAS DE ESQUILO hablar primeramente de sus puntos de partida, siempre en conexión con el tema de la acción y su castigo. Una obra como Los Persas, nos presenta una solución absolutamente simple a este problema: hay una conducta moral y otra inmoral, y la primera obtiene premio y, la se­ gunda, castigo. No hay irracionalidad ninguna en el destino humano, por tanto. Cierto que los persas hablan en esta obra del engaño del dios que provocó la derrota de Salamina, del destino adverso que se abate sobre Jerjes; pero para el espectador de la tragedia, estas manifestaciones eran, evidentemente, el resul­ tado de una interpretación que no alcanzaba a penetrar en el fondo de las cosas. Los Persas, sin embargo, son la excepción en el teatro de Esquilo. Los problemas que se debaten son, en general, más complejos. En una tragedia como Los Siete, encontra­ mos una parte de justicia y razón en ambos hermanos enfrentados: su destino es de muer­ te, pese a esa parte de justicia. La humanidad y sabiduría de Prometeo no le libra de la acu­ sación de hybris, que merece por su orgullo y su rebeldía; y Zeus, que hace la figura del tirano, no deja de quedar justificado al fin de la trilogía. En Las Suplicantes, no sólo el rey Pelasgo se enfrenta con un dilema difícil sino que la misma acción de las protagonistas, jus­ ta desde un cierto punto de vista, tiene aspec­ tos menos satisfactorios que elucida la conti­ nuación de la trilogía. Toda esta ambigüedad de la acción humana culmina en la Orestea, donde encontramos a Agamenón como instru­ mento de castigo y culpable al tiempo, o a Orestes favorecido por unas divinidades y con­ denado por otras. Aquí llegamos al punto cul­

57 minante, el de la existencia de una escisión en el mundo mismo de lo divino. La tragedia, efectivamente, no presenta una visión simplificada del hombre ni del contorno de fuerzas sobrehumanas que le rodean y con las que a veces se identifica su acción. Here­ dera de una larga tradición que es ya trágica en el fondo, pone de relieve, de una manera aún más implacable, lo que de oscuro e irra­ cional hay en toda la vida del hombre. Su cul­ minación es el dilema trágico, la situación en que no se sabe qué decisión tomar, es decir, qué comportamiento es el favorecido por los dioses y comporta el éxito. Porque el hombre no es radicalmente bueno ni malo, y sucede que en una acción moral se esconde, sin que sea fácil descubrirlo, el mal; que el impulso noble se toma en un momento dado en hybris. ¿Cómo distinguir entonces, cuando se trata de decidir en un momento decisivo? En todo caso, hay que resignarse al dolor: "¿Qué de esto está exento de males?", dice Agamenón (Ag., 211), y Pelasgo sentencia: "Ninguna decisión está libre de dolor" (S u p 462). De este modo, el ideal agonal del héroe ha sido sometido, en el ambiente popular de Atenas y bajo el alien­ to de la libertad dionisíaca, a una crítica' pro­ funda. No se niegan sus valores ni su nece­ sidad, pero se destaca una y otra vez su debi­ lidad íntima. No es que se predique una moral interiorizada, como la de Sócrates y Platón: la moral de Esquilo requiere el éxito extemo. Pero se busca ansiosamente una norma de con­ ducta que lo garantice. La oscuridad de esa norma no sólo para los personajes, sino inclu­ so, a veces, para el poeta, se refleja por ejem­ plo en un debate como el de Las Suplicantes, INTRODUCCIÓN

58 TRAGEDIAS DE ESQUILO entre el coro y el rey. Más que las razones "justas” del derecho de las mujeres a dispo­ ner de sí mismas, lo que decide a Pelasgo a intervenir a su favor es el argumento de que son de estirpe argiva y, sobre todo, su amenaza de contaminar al país ahorcándose en los alta­ res. Ellas, a su vez, invocan a Zeus alegando antes que nada que son descendientes suyas. Así, la nueva justicia general está mezclada aún a residuos de una mentalidad gentilicia y primitiva. Nótese que incluso el tema del castigo de la acción injusta, va presentado en forma que recuerda todavía la acción arbitraria del dios. Desde el punto de vista del culpable, suele aparecer previamente un miedo prerracional, que no es arrepentimiento ni remordimiento, sino que es algo objetivo, un sueño o, senci­ llamente, un movimiento espontáneo del cora­ zón. Este mismo halo demónico aparece cuan­ do el castigo llega. Ate, que es culpa y extra­ vío y castigo, es presentada como una fuerza que arrastra al hombre al mal, como una Eri­ nis que persuade arteramente a cometer accio­ nes insensatas. Otras veces, la culpa es presen­ tada como consecuencia mecánica de una mal­ dición tradicional. Así, la representación de la acción es sumamente compleja, en gran me­ dida contradictoria: ya como libre y responsa­ ble, ya como procedente de fuerzas externas incontrolables por el hombre. Sospechamos, de todas formas, que la libertad y la responsabi­ lidad es la verdadera fe del poeta, aunque no encuentre contradicción en adscribir los mis­ mos hechos a influjos extraños. Pasajes como Agamenón, 1505 sigs., son ilustrativos en este sentido.

59 En la esfera divina, subsisten restos de comportamiento premoral. El destino de Casandra o el de lo, por ejemplo, no pueden entenderse de otro modo. La arbitrariedad del dios no hace más que describir míticamente el dato de los infortunios arbitrarios que con frecuencia acaecen a los hombres. De modo semejante, el conocimiento que se gana su­ friendo es descrito a veces como una gracia arbitraria del dios. Pero Esquilo, que ha llevado la exposición del dilema trágico del hombre tan lejos como cualquier otro de los trágicos, ha intentado lograr una superación del mismo. Sin olvidar nunca el fondo oscuro y peligroso en que se mueve el hombre, sin olvidar tampoco tradu­ cir a términos de éxito o fracaso la razón o sinrazón de un determinado comportamiento, trata de encontrar en la divinidad un anclaje seguro para la acción humana, un punto de referencia 'sólido. A través del sufrimiento y de la muerte, a lo largo de las generaciones a veces, va abriéndose paso una solución. Esta solución es la reconciliación de Zeus y Prome­ teo, la de Atena y las Erinis, la boda de Hipermestra: también, la muerte de los dos hemanos Etéocles y Polinices, que elimina los prin­ cipios nocivos que infectaban el ambiente de Tebas. Como los principios opuestos tienen a veces patronos divinos, no es extraño que la reconciliación se defina mediante el acuerdo entre éstos. El ideal agonal tradicional ha sido susti­ tuido por Esquilo por Otro en que la idea de la sophrosyne, que es sabiduría y respeto del límite, tiende a hacerse central, sin anular en­ teramente al primero. Más bien lo que se bus­ INTRODUCCIÓN

60 TRAGEDIAS DE ESQl’ILO ca es una alianza de una y otra clase de valores. Pero esta alianza tiene lugar no solamente a escala individual, sino también a escala más amplia. Puede decirse que el tema del conflic­ to entre poder y respeto al súbdito, en el Pro­ meteo sobre todo, y entre castigo del crimen y atención a las circunstancins, en la Orestea, es sensiblemente el mismo. Y la solución es también idéntica: la conciliación de principios contrarios, pero ambos justificados. Esta conciliación, realizada en un plano ideal, significa una superación del dilema trá­ gico. Esta superación se realiza, a veces, me­ diante símbolos de los principios en conflicto, que son los dioses. Hay que reconocer que, en este momento, la tensión dramática dismi­ nuye: los dioses no corren verdadero riesgo. En Las Euménides, sobre todo, se echa de ver este evidente descenso de tensión respecto a las obras precedentes. Además, se acude a re­ cursos puramente míticos y a razones fuera del verdadero problema para solucionar un drama humano que, propiamente, es insoluble. Un tribunal de Atenas habría, sin duda, con­ denado a Orestes. Desde el punto de vista de los hombres implicados en el conflicto trágico, el que haya a lo lejos una posible solución no disminuye este conflicto con todo lo que comporta. No dejan de morir Agamenón y Clitemestra, por ejemplo, ni siquiera Amfiarao, el justo, impli­ cado en una causa injusta. En otras tragedias la liberación final tiene lugar no mediante la reconciliación entre dioses, sino en otras for­ mas que tampoco alejan la tragedia de los des­ tinos individuales. La boda de Hipermestra in­ dica en Las Suplicantes la reconciliación entre

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los sexos, pero no impide la muerte de los egipcios (y el castigo de las demás Danaides, en algunas versiones). La muerte de Etéocles y Polinices libera a Tebas, pero ellos sufren el castigo de su parcial injusticia como si fuera total. Sin embargo, no hay duda de que en el fondo subyace la búsqueda de un tipo ideal humano dentro del cual se produzca la recon­ ciliación entre el principio agonal y la búsque­ da de éxito externo, de un lado, y una morali­ dad estricta, seguidora de la ley divina, de otro. Hay, pues, cierta tendencia a un moralismo que saldrá a luz con toda claridad en Eurípides. O sea, que se tiende a la división de los personajes en buenos (como Pelasgo) y malos (como Clitemestra). El proceso está en Esquilo apenas apuntado. Su resultado, si se llevara al extremo, sería el fin del espíritu trá­ gico a la manera griega tradicional. Así, Esquilo, primer gran representante de la tragedia griega, aúna una presentación grandiosa del dilema trágico en que se debate el héroe, con un intento de superación de ese dilema: tanto mediante el tema de la justicia como mediante el de la conciliación. Esquilo está, ello es evidente, en la línea de la ilustra­ ción griega que trata de fundar una sociedad estable y . una conducta humana guiada por la razón y apoyada por la fe. Es el ideal de sus días, como veíamos al comienzo de esta Intro­ ducción. Su posición es equilibrada, no abso­ lutamente racionalista en el sentido de buscar de una vez para siempre soluciones radicales apoyadas en la religión: conoce los datos pri­ marios de la irracionalidad de la vida; busca a veces soluciones basadas en la pura concor-

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dia, en la cordura que viene por el dolor y que, de otra parte, es una gracia divina. En lo polí­ tico, el Prometeo y Las Euménides están dentro de la misma línea: aquí son principios y clases lo que hay que conciliar directamente. Como decíamos al principio, el ideal de Esquilo coincidía con el de la democracia de Clístenes y Solón, hecha de conciliación entre clases e intereses más que de una aplicación abstracta de un principio teórico, y considerada como expresión de la voluntad divina y la jus­ ticia. Típico representante del espíritu de la Ate­ nas de su tiempo, Esquilo fue al tiempo un progresista y un conservador; antes que nada, un hombre religioso. Su fe es que los conflic­ tos que enfrentan a los hombres o que enfren­ tan a un hombre consigo mismo, pueden ate­ nuarse y acabar en un acuerdo al cabo del tiempo; tratándose de hombres, a través del dolor. Este acuerdo es el triunfo de la Justi­ cia. Lo que no es claro es que el progresismo y optimismo de Esquilo deba interpretarse temporalmente, esto es, como una fe en el perfeccionamiento de Zeus (en la trilogía del Prometeo) o en el establecimiento de una so­ ciedad futura más justa. Más bien parece ser su idea que el ajuste entre posiciones contra­ dictorias debe realizarse en cada momento, a través del sufrimiento y contando con la ayu­ da divina. Si la exposición mítica necesita la determinación cronológica de los diferentes momentos, ésta no es más que un paradigma de lo que el poeta espera que suceda en la realidad humana cada vez que el conflicto se presente. Es un universo estable el que, en definitiva, persigue; su reacción en Las Eutné-

63 nides frente a la reforma de Efialtes, a que ya aludimos, reacción llena de espíritu concilia­ dor, pero también de firmeza, lo confirma. La Justicia, que es la voluntad divina, debe tener una fórmula para siempre, y esta fórmula debe ser aplicada desde ahora. INTRODUCCIÓN

VII NUESTRA TRADUCCION Esta traducción viene a sustituir en la "Biblioteca Clásica" a la de D. Fernando Se­ gundo Brieva y Salvatierra, que se publicó por primera vez en 1880. Cúmpleme antes que na­ da aludir a ella elogiosamente. Bien que en los pasajes difíciles no sea de confianza, por el texto seguido o por no haber alcanzado el autor a conocer los progresos posteriores de la exégesis de Esquilo, es una traducción apreciable, a la altura de otras extranjeras contem­ poráneas. Su estilo puede parecemos hoy, a veces, un tanto pasado, así como su vocabula­ rio, pero abundan los aciertos expresivos y los hallazgos, dentro de las posibilidades del es­ pañol, para traducir determinados giros de Esquilo. De todas formas, hace tiempo que se no­ taba la necesidad de una traducción moderna del trágico griego y es esta necesidad la que nos ha movido a intentar la empresa, tan di­ fícil. Hemos partido del hecho, muchas veces desconocido a efectos prácticos en época mo­ derna, de que la tragedia es antes que nada poesía; y, concretamente en el caso de Esquilo, poesía escrita en una lengua artificial, llena de ecos literarios y de creaciones atrevidas de un carácter muy sintético. Las traducciones en prosa no sólo eliminan el carácter poético del

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original, sino que incurren cons tantemente en la paráfrasis, aclarando lo que es oscuro me­ diante ampliaciones, generalizaciones y rodeos. Se llega así a una sintaxis plana y vulgar, que en modo alguno intenta verter los efectos de estilo del autor; y su mundo de imágenes y su sentido plástico y concreto de la realidad es sustituido por banalidades sin contorno. Creo, por el contrario, que el miedo a dejar un texto oscuro no debe hacernos renun­ ciar al intento de acercamos en la medida de lo posible al ideal de dar nueva vida a los pro­ cedimientos literarios de Esquilo. Sus trage­ dias eran ya oscuras para sus contemporáneos —Aristófanes es un buen testigo de ello— y esta oscuridad es consustancial con su estilo y su intención. Cuando alcanza un límite insupe­ rable puede ayudarse al lector con una nota, en todo caso: creo que esto es más honrado que introducir en el texto glosas antipoéticas y que desnaturalizan los pasajes en cuestión o que sustituir unas imágenes por otras o por expresiones abstractas. El único recurso que cabe emplear para traducir a Esquilo con eficacia es, creemos, el de intentar reproducir sus efectos de estilo con los recursos del español que producen re­ sultados análogos. El hipérbaton griego es re­ producible en español en cierta medida, desde luego, muchísimo mejor que en francés, en alemán o en inglés: no hemos de desaprove­ char esa ventaja, que nos viene de haber teni­ do una tradición de poesía culta que encuen­ tra su cifra suprema en Góngora. No hemos tampoco de renunciar a los anacolutos, a la desconexión sintáctica que se encuentra en ciertos pasajes, etc.; ni al empleo de un léxico

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poético que refleje el de Esquilo, que ya em­ pleaba un léxico poético arcaizante; ni a las audacias creativas, ni a la inserción de imáge­ nes que no son frecuentes entre nosotros, etc. Todo esto nos conduce a la necesidad de hacer una versión poética; sólo en poesía y no en prosa, es dable en español utilizar los re­ cursos mencionados y otros. Si el resultado tiene un aspecto entre arcaizante, críptico y audaz, tanto mejor, pues éste es precisamente el de las obras de Esquilo. Es, por tanto, falsa la apreciación vulgar de que sólo una versión en prosa puede acer­ carse al ideal de la literalidad. Por el contra­ rio, debe renunciar para empezar a utilizar los recursos mencionados, que también están en el texto de Esquilo. En cuanto a la traduc­ ción palabra por palabra, puede que a veces sea más asequible en prosa que en verso, pero hay que decir que, en general, tampoco esto es verdad. Pues la prosa tiene sus propias le­ yes, que obligan a las paráfrasis, introducción de nexos, etc. Y, cuando —como hacemos en los coros— se traduce en versos de sílabas fi­ jas, esto obliga a un esfuerzo de rigor para reproducir la concentración del verso de Es­ quilo sin añadidos inútiles. Aparte de todo esto, es claro que la tra­ ducción en verso tiende antes que nada a sal­ var la existencia de un principio rítmico. Natu­ ralmente, no mediante la creación de versos castellanos que reproduzcan con el acento los tiempos marcados del verso antiguo, como se ha intentado a veces, sino utilizando, repeti­ mos, recursos propios del castellano. Hay que hacer una distinción entre los coros y el diálogo, escrito en trímetro yámbi­

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co, verso mucho menos tenso y más conversa­ cional. Los coros los traducimos mediante ver­ sos castellanos, normalmente con los impari­ sílabos (de 5, 7, 9 y 11 sílabas o combinaciones de los mismos). Hemos procurado que de una manera sistemática cada colon griego sea ver­ tido por un verso fijo en español; por ejemplo, los trímetros (yámbicos y trocaicos) se tradu­ cen por versos de catorce sílabas; los dimetros yámbicos y trocaicos, los glicónicos y dimetros coriámbicos, los dimetros jónicos y anapésti­ cos, por de once sílabas; las formas catalécticas de estos últimos versos, por de nueve; los docmiacos, monómetros anapésticos, dodran­ tes e itifálicos, por de siete; el adonio, el reiziano y el baqueo, por de cinco. Pero como la riqueza de metros griegos es infinitamente su­ perior a la de los castellanos, surgen dificulta­ des en ocasiones; por ejemplo, para un dime­ tro yámbico hipercataléctico hay que elegir entre los versos de once y catorce sílabas. En estos casos hemos procurádo que si hay una distinción en griego entre dos cola (entiéndase versos) contiguos, la haya también entre los españoles que los traducen. Incluso hemos lle­ gado a traducir el dímetro yámbico sincopado por un verso de nueve sílabas para hacer con­ traste con uno no sincopado traducido por un verso de once sílabas. También hay una ligera diferencia en el número de sílabas cuando un verso está repartido entre dos actores. Sin necesidades de este tipo, los docmios han sido vertidos a veces por versos de seis sílabas. La extensión de los versos españoles es en todo caso semejante a la de los cola griegos. Un recurso adicional, empleado raramente, es la división de un verso en dos mediante

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una cesura marcada con un trazo oblicuo. Es­ to lo hago para marcar el ritmo, basado en la oposición de pies, dentro de los dimetros docmiacos; en alguna ocasión, en cola a base de créticos o baqueos. También alguna vez in­ troduzco el signo de cesura cuando se trata de cola compuestos que comportan dentro de sí una diferencia de ritmo. En cuanto a los cola catalécticos, los marcamos sangrando la línea. Queda con esto dicho que respetamos la responsión de estrofa y antistrofa: los versos se corresponden exactamente (y procuramos también la correspondencia en cuanto a orden de palabras, encabalgamientos, vocabulario, etcétera, cuando la hay en el original). La úni­ ca libertad que nos hemos permitido es una subdivisión interna entre los cola correspon­ dientes de estrofa y antistrofa cuando ello es exigido por los distintos grupos de palabras en que se organizan; por ejemplo, la párodo del Agamenón comienza su prim era estrofa con un verso de 11-7-5 sílabas y la antistrofa respon­ de con 11-5-7. Son casos muy excepcionales. Pasando ahora a hablar del diálogo en trí­ metros yámbicos (en tetrámetros trocaicos muy excepcionalmente), en él nuestra versión se ri­ ge por un principio diferente. Creemos que en este caso la introducción de un verso caste­ llano uniforme —que forzosamente habría de ser el endecasílabo o el alejandrino— daría al conjunto una monotonía y una rigidez de que carece el metro griego, infinitamente flexible. Sigo por ello un sistema de prosa poética que ya ensayé en traducciones del Edipo rey, de Sófocles, y el Hipólito, de Eurípides (publica­ das en "Estudios Clásicos", 1956 y 1958), y que tiene muchos puntos comunes con la versión

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de la Iliada, de D. Daniel Ruiz Bueno, apare­ cida en esta misma colección. Trato de llevarlo aquí al extremo de rigor y disciplina. Empleo los versos imparisílabos arriba mencionados, más otros formados por agre­ gación de los mismos, pero escritos todos a la manera de la prosa. Tiene ello la ventaja de una fusión estrecha entre los versos, no sepa­ rados rígidamente por la pausa final: entre los elementos constitutivos de un verso y los ver­ sos independientes no hay fronteras exactas, dado que las pausas son más o menos marca­ das según los casos. Al contrario, un mismo grupcf de sílabas puede descomponerse de ma­ neras diversas, por ejemplo, el verso de cator­ ce puede subdividirse en dos de nueve y cinco o de cinco y nueve o de siete y siete. A veces se conservan los hiatos internos o puntuacio­ nes internas fuertes; es decir, es factible con­ servar en ocasiones el tono más coloquial. Además, los elementos métricos, que pre­ dominan, pueden combinarse en ocasiones con otros amétricos de sílabas pares o de una o tres sílabas, que cumplen igual función de romper el poetismo excesivo en ciertos mo­ mentos. Por ejemplo, se conjuraron, siendo an­ tes enemigos, fuego y mar, y mostraron su fe aniquilando la miserable armada de los grie­ gos, forma un grupo de 5-7-4-11-11 sílabas; pron­ to veremos si son ciertos los relevos de las antorchas luminosas, uno de 9-4-9; etc. Con mu­ cha frecuencia, el elemento amétrico es el ini­ cial: el Ida, al monte Hermeo de Lemnos (3-7); mujer, hablas sensatamente (3-7); etc. De esta manera se logra, creemos, un instrumento ex­ presivo que, sin dejar de ser poético, tiene una mayor flexibilidad que el verso propia­

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mente dicho. Exige, eso sí, del lector un es­ fuerzo considerable para lograr la escansión adecuada, a fin de determinar dónde comien­ za un nuevo ritmo y de ver si hay que respe­ tar el hiato o si se hace sinalefa. Con toda la dificultad que pueda arrastrar consigo este sistema de traducción —y me re­ fiero ahora a todos sus aspectos—, creo que merecía la pena intentarlo, al menos como ensayo, para superar el prosaísmo de las ver­ siones normales. Alcanza, además, un alto gra­ do de literalidad, mucho mayor que el de las versiones que conozco. Ello lleva naturalmente sus contrapartidas, pero, aunque choquen al gusto literario de algunos y a su sentido de la lengua, no son arbitrarias, sino que forman un conjuntó de elementos coherentes, cuya inten­ ción es aproximar la traducción, como queda dicho, al original. De otra parte, la traducción es en todo caso menos oscura que el original, pues presenta como base la elección de una interpretación entre las múltiples posibles en muchos pasajes. Las notas contribuyen a acla­ rar el sentido elegido. No he ahorrado esfuerzo por lograr cap­ tar el sentido original de los pasajes difíciles, que abundan tanto por razón del estilo mis­ mo de Esquilo como de la conservación defi­ ciente del texto (sobre todo del de los coros) muchas veces. No sólo he visto las traduccio­ nes completas de Esquilo, como las de Mazon, Untersteiner, Werner, Smyth y Brieva, si­ no también, sobre todo, los numerosos comen­ tarios y traducciones de obras sueltas. Sin embargo, no cabe ocultar que el traductor se ve obligado a decidirse siempre, en última ins­ tancia, por una interpretación (cosa que no le

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ocurre al comentador) y que no siempre está íntimamente seguro del acierto. En los casos más dudosos, cuando el texto es incierto, lo hago constar en nota. También aporto algu­ nas interpretaciones propias, que justificaré en otro lugar. De todas formas, se ha avanzado mucho en el conocimiento de Esquilo y, en general, puede llegarse a interpretaciones exac­ tas o verosímiles. En cuanto a transcripciones, usamos, co­ mo es natural, los nombres griegos de los dio­ ses, salvo cuando son conceptos o abstraccio­ nes traducibles (Justicia, Miedo). La transcrip­ ción la hacemos de acuerdo con las normas comunes entre los helenistas españoles, que se basan en aceptar una previa latinización. Pueden verse en el libro de D. Manuel Femández-Galiano "La transcripción castellana de nombres propios griegos”, Madrid, Sociedad Española de Estudios Clásicos, 1961. Extrañarán, quizá, algunas cosas: ante to­ do el nombre de la Orestea (Orestíada es una mala formación sobre litada) y de Las Coéforos (Coéforas es una transcripción errónea de­ bida al intermedio del francés). Hay luego al­ gunas divinidades, en realidad fuerzas sobre­ naturales que son al tiempo abstracciones, que sólo en parte recubren palabras españolas, por lo que a veces las hemos dejado en griego. Tal ante todo Ate, que implica extravío, ceguera, culpa y castigo, ruina: a veces damos una de estas traducciones, otras el concepto es com­ plejo e implica tanto culpa como castigo y en­ tonces dejamos Ate. También hemos dejado Quer en alguna ocasión, mientras que otras veces traducimos Ruina o Muerte: son las di­ vinidades de la muerte. La hybris, concepto di­

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fícil para nosotros —es exceso, injusticia, vio­ lencia, todo junto— la hemos traducido siem­ pre, pero a veces figura en las notas. En cam­ bio hemos usado abundantemente el término demon en vez de dios. El demon es a veces, objetivamente, un dios, pero suele implicar una concepción de la divinidad menos perso­ nal, es simplemente la fuerza extrahumana que actúa sobre el acontecer en un momento dado. Alguna advertencia, finalmente, respecto a la disposición tipográfica. Todos los elementos corales en sentido amplio (incluidos anapestos, monodias, cornos) se dan en letra cursiva. Se da la indicación de estrofas, antistrofas, ele­ mentos astróficos, estribillos, anapestos. Los dimetros anapésticos catalécticos se imprimen sangrados. Respecto a los fragmentos, hemos dejado algunos restos que son intraducibies y hemos tenido que prescindir, por el deficiente estado de conservación, tan frecuente, de la traduc­ ción en verso de los elementos corales. Se dan en cursiva sin embargo. La totalidad sigue el sistema de traducción rítmico ya explicado. Los fragmentos en que hay cosas suplidas llevan la indicación de ello mediante parénte­ sis cuadrados; cuando hay conjeturas, median­ te paréntesis redondos. A veces, evidentemen­ te, es imposible indicar con estos paréntesis la extensión exacta de lo suplido o conjeturado.

VIII EL TEXTO DE ESQUILO Se imponía seguir el texto de una edición de las obras completas de Esquilo y echamos mano para ello de la inglesa de Murray cuya editio altera, en la que el autor contó con la colaboración de Maas, apareció, corregida, en 1957 en la serie Oxford Classical Texts. Sin embargo, no nos pareció justo aplicar el es­ fuerzo que requiere la traducción de nues­ tro poeta a un texto de cuyas deficiencias en muchos-casos estábamos convencidos; por ello, en definitiva, llegamos a aceptar determinadas divergencias respecto al texto de Murray, di­ vergencias de las que damos una lista a con­ tinuación. Entiéndase que en los pasajes no incluidos en la lista en cuestión seguimos el texto de Murray, cuya colometría, con las ex­ cepciones señaladas en la lista, es también la de nuestra traducción. El texto de Murray se distingue por su excesivo afán de conjeturas y por considerar corruptos muchos pasajes perfectamente inte­ ligibles. El afán de regularidad de ciertos filó­ logos, ya en minoría, les hace rechazar en la práctica toda construcción de un autor de la que no pueden darse paralelos exactos en otros. Para un Esquilo el método es particularmente execrable. Hemos de reconocer que con fre­ cuencia es la edición de Untersteiner la que

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más se acerca a los manuscritos y se esfuerza por entenderlos en su literalidad. Nosotros a veces no llegamos al extremo que él, pero nos acercamos mucho. La impresión que sacamos después del estudio de todo Esquilo, es que son inncesarias y sobrantes una buena parte de las vacilaciones y correcciones incluso de los buenos comentarios modernos, como el del Agamenón de Fránkel o el de Broadhead de Los Persas. Pero no podemos justificar aquí más en detalle nuestro proceder. Unos pocos casos concretos los tratamos en un trabajo es­ pecial en la revista Emérita 34, 1966. Para los fragmentos, seguimos la edición de Mette, Die Fragmente der Tragodien des Aischylos, 1959. Nos guiamos por su comenta­ rio (publicado en 1963) y las traducciones de Lloyd-Jones (en el tomo II del Aeschylus de Smyth, Loeb Classical Library) y Werner (A¿schylos, Tusculum-Bücher), a más de otros tra­ bajos. Sólo traducimos los fragmentos trans­ mitidos literalmente, no las referencias. Para los fragmentos elegiacos, no recogidos por Met­ te, seguimos las ediciones de Werner y Smyth. A continuación damos la lista de las diver­ gencias de nuestra edición respecto a ia de Murray: el texto de éste sigue al nuestro entre paréntesis, siempre que es preciso.

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LOS PERSAS 49 πελάται (πελάτης). 76 πεζονο'μοις .(-ον). 76 θαλάσσας (θαλάσσας,). 97 παρασαίνου- (ποτισαίνοο-). 101-14 en su sitio. 101 μοϊρ’ / έκράτησεν (μ· 4-/)102 χό παλαι/όν άπέακηψε δέ Πέρσαις (τ. π. ά. δ. Π./). 109 εύρϋτιο’ροι/ο θαλάσσας (εύ. θ./). 110 πολιαι/νομένας πνεύματι λάβρφ (π. π. λ.). 121 έσσεται (άσεται). 146 sin paréntesis. 163 πλούτος (Πλούτος). 168 όφθαλμοις (-φ). 173 φράσαι (φράσειν). 174 sin cruz. 229 πάντα θήσομεν (πάντ’ έφήσομεν). 236 sin cruz. 256 κακά/ νεόκοτα καί / δάι’ (κ. ν. / κ. δ.). 262 μ. / ο. γ. τ. αΐ/ών (μ. β. γ. τ. / αί.). 270 ήλθ’ έπ’αιαν (ήλΟετ’ -am-). 271 δίαν, (δάαν). 283 θεοί )> Οέσαν ( f έθεσαν). 292 πάθη (πόση). 312 φερεσσάκης (f φρεσεύης). 315 va tras 318. 367-8 en su orden. 368 πέριζ. (περιξ,). 388 sin cruz. 432 τοσουτ’ αριθμόν (τοσοοτάριθμ,ον). 484 sin laguna. 553 βαρίδες τε ποντ'.αι (βαρίδεσσι ποντίαις). 558 τε (σ;ρε). 571 σύρονται (στέμβονται). 598 έμπορος (εμπειρος). 600 φιλεΐ (φίλον). 602 αίεί δαίμον’ (αίέν άνεμον). 638 διαβοάσο). (δ.;). 647 άνήρ (άνήρ). 649 αναπομ/πός dviei (à. ά./). 654 ¿κικλή/σκετο Πέρσαις (έ. Π./). 732 sin cruz. 774l· Μάρδις (Μάρδος). 779 δ’εκυρσα τουπερ ήθελον πάλου, (π. τ’ ε. τ. ή.). 815 έκπαιδεύεται (εκπιδύεται). 834 sin cruz. 850 παϊδ’έμόν πειράσομαι (Ιέμφ παιδέ π.-)·). 859 α'ί δέ (οί δέ). 862 μάνδρας ες)> (πάλιν). 900 έκράτει σφετέραις (έκράτυνε f σ.). 905 πολέμοισι (-oto). 913 sin punto. 914 αστών· (αστών,). 928άλκας· ( à . , ). 931 εγώ . .. αίακτός· (έγών ... αΐακτός,).

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935 χρόβφθογγόν σοι vootoo ταν (ν. σ. τ. π.). 940 πέμψ» (χέμψω, πέμψω). 945 λαοπαθέα (ζαπαθέα τε). 946 ,πενθετήρος (πενθετήρος). 947 eliminar . 950 Ίάνων (Ίάων). 951 id. 967 «ου (πού δή). 978 Πβρσών (Πέρσαν). 989 ύχομιμνήακεις (ύχορίνεις). 1006 ίθεντ* (ίβεσβ’). 1006 χακόν· (χαχόν). 1055 άνια, δνια (ávíe, dv£a).

SIETE CONTRA TEBAS 12-13 en su orden. 13 ώραν... ώς (ώραν.. ώς). 54 πίσΏς (πύστις). 86 bis, suprimido. 103 δέδορκα (δέδοικα). 125 σαγαϊς πύλαις έβδόμαις (σ. / π. έ.), 144 cfotúouoat (άοτοοσαι). 146 στόνων άντίτας (άτονων αοτάς). 160 σακεων, (σακέων-). 164 Όγκα (yOfxa,). 178 άρήξατε (αλξατε). 204 sólo un οτοβον. 205 Ικλαγξαν (χλάγξαν). 206 ιππικών τ’άγρύπνων. . . στόμα (-οι τ’άποον.. . στόμια). 207 -χαλινών (χαλινοί). 212 πίσανος θεοΐς (θεοίς χισυνος). 213 δτ’όλοάς νειφομένας (ό. ο. νειφομένας). 213 elimino λιθάδος. 214 χολεως (-ος). 221 στράτειιμ’ (con cruz). 225 γόναι, σωτηρος (γυνή Σωτήρος'). 227 αμάχανον (σμήχανον). 273 ούδ’άπ’Ίσμηνόν (ύδατί τ’ ’ Ισμηνοΰ). 276 θεοισιν (θ’οΐσιν). 286 αμελούς (-οο). 299 πολίταις (-αι). 331 όλλυμένας / μειξοθρόου βαρείας (ό. μ.· / β), 333 άρτιτρο'φοις ώμοδροπων (^άρτιδροποις ώ.), 342 su­ primo [δε]. 343 έπιπνεϊ/λαοδάμας μιαίνοιν (έ. λ. / μ.)

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346 πυργώτις προς (π. / π.). 348 δο'ρει κλίνεται (δο'ρει καίνεται). 357 sin cruz. 359 άλγύνει κυρήαας («. / κ.). 364 sin cruz. 385 δ’Ισω (δέ τώ). 429 sin cruz. 455 elimino . 457 sin paréntesis. 472 δέ τψ (δ1 ΐτοι). 481 εΰτοχεΐν (εύ τυχεΐν). 515-20 sin paréntesis. 520 γένοιτο (γένοιτ’ αν). 537, 547-49, 538 en su orden. 549, 559 sin paréntesis. 565 κλόοοο’ (κλύοντες). 566 θεοί / θεοί (θεοί θεοί). 576 προσδρακών άδελφεο'ν (fwpôç μο’ραν d.f). 577 όμμ,α (όνομα). 578, 601 sin paréntesis. 603 καί (έν). 616 άθϋμος (άθυμον). 628 έκτρέποντες γας (i. ■( ές )> γάς). 629 έκτοθεν / βαλών (I. β.). 637 τώς ο’ (τώς). 700 sin cruz. 701 δέχωνται; (δέχωνται), 735 θάνιοαι/καί χθονία (θάνω/σι, καί γαΐα). 736 κονις tcítq (κ./π.). 743 ώκύποινον (ώκύποι/νον). 744 τρίτον μένει (τ./μένειν). 768 πελομεν’ où (χενομένους). 773 sin paréntesis. 784 sin cruces. 786 έπικοτους (~ος). 803, seguido de 805-21 en su orden. 807 τόκος (γένος). 811 άγαν (άμα). 810, 811, 812-13 lemas respuo,, άγ.,χο. 824 sin cruz. 826 sin cruz. 830 suprimo κλεινοί τ’ έτεον y el paréntesis. 849 διδυμανορέα (διδύμα δ’ άνορέα). 850 αοτοφονα, (αότοφονα). 857 elimino ναύστολον. 894 elimino < έκ. > . 898 τ’ (τ’ ,). 899 < où > ( < δ’ où > ). 905 elimino καί. 912 μένουσιν (-οι). 915 δομών άχάεσσ’ ία τούς (f δ. μάλ ’ ά. Toùçf). 948 άχέων (λάξεο)ν). 973-74 sin cruces. 975 ίώ ίώ (ίώ). μογε/ρά (μογερά,). 984-85 sin cruces. 984 δύστανα (δύστονα). 998 tras laguna 1σ„ lag., Έτεοκλεις. Luego sin laguna. 1002 ίώ, ίώ (ίώ). 1003 id. 1024 είναι δ’ άτιμον (ά. ει. δ.). 1047 ή δή τα τουδ’ où ^ήδη τά τούδ’). 1051-53 sin laguna. 1051 Κr¡. (’Av.). 1059 τύμβον (-o,).

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LAS SUPLICANTES 45 Ιχωνυμία ô’â./ (I./ δ’Ι.). 54 γαιανο’μοις, χά V I (y., / τ. δ.). 61 sin cruz. 64 νέον (μέν). 79 ή και (ήβα). 86 sin cruz. 86 χαναλη/θώς (χ./)· ίμερος (ίμερος·). 91 νώ/τω (νώτω/). 105 νεάζει (νεάζει,). 110’Α/τας (ά/τα). 117, 128 βούνιν· (βοϋνιν,). 119, 130 κοννείς; (κοννεϊς ). 124 Ιχ-g (dx^j). 134 οδν λινορραφής (ουν / λ,). 141, 151 μα/τρος,. εΰνάς (ματρο'ς, εϋνάς). 143, 153 ^ μ' ^>. 144 αδ θέλουσαν άγ / νά (α. / θ. ά.). 147 -οφ·Λές (-σφχΚία). 148 δκογμοΐς άσχαλώσ’ ('f διο>γμοισι È’ «σφαλέας). 162 Ίοΰς, (Ίοΰς·). 165, 175 γαμετ«ς οΰρανόνικον (-αν -ιυν). 174 λιταϊσιν· (λ. ;) 198 μετο)~οθ(οφρονο)ν (·)·μεχωπω σωφρονών). 244 sin cruz. 266 μηνιταί’ (f μηνεϊτχι). 309 τοί (τη). 317 μέρος (lag.). 325 μέν (δή). 337 φίλους ώνοΐτο (φιλοΰσ’όνοΐΐο). 355 νέον 6’ (νεύονθ’). 360 Κλαριού (κ.). 361 γεραρα φρονών (γεραιοφριον). 362 εΰχορεΐς (f οδνχερ). 363 ίεροδοκα θεών (t. t / ®·)· ^05 *72^ ("7^)· 416 τόν θανοντ’ (άλιτόντ’). 435 áp’ (δορΐ). 443 χρημάτων. . . -μένιον (-σιν. . ,-οις). 444-45, 447-48 en su orden. 448 sin paréntesis. 451 άκη· (ακη ). 452, ή (ή). 480-81 sin laguna. 484 λο’γος (ψόγος). 494 χολοσαοους (f χΛισσοόχαιν). 513 φοενος (φρένα). 514 sin cruz.

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525 τελέων τε/λειότατον (τ. / τ.). 532 άμέτβρον γέ / νος (ά. / γ.). 545 διατεμνοοσα πόρον (διατέμνοντα π.). 549 Μυσών (Μοοόν). 553 sin cruz ni paréntesis. 554 κλειτάν Άφροδί/τας (και τάν ‘Αφροδί/τας). 556 sin cruz. 584 φυσίζοον (-où). 596 sin cruz. 597 σέβει κάτω (σέβων κράτος). 604 πληθόνεται. (π. ;). 630 sin cruces. 638 έν δλλοις (ένάλλοις). 647 πράκ­ τορα σκοπόν (πράκτορ’, άτε σκοπόν). 650 μιαί- (ίαί-). 658 εύχά’ (εύχά,). 676 'Εκάταν (έ.). 698 τ’εδ τά τίμι’άστοϊς (τ’άτρεμαία τιμάς). 705 έγχώριοι (-οις). 747 κατερρινωμένους (-νημένους). 762 sin cruz. 773 θεών (θεών). 773-74 sin laguna. 789 áv άρτάναις (f έν σαργάναις f). 793 νέφη όδρηλοί γίγνεται χιών, (κύφελλ’ ό. γ. χ.). 810 τέλειά | δέ μοι ) πώς πελόμενά μοι; (τέλεα δέ μοί πως πελόμενα (μοι)). 811 μάχιμα τ’ (■)■μ. δ’-). 817-18 sin cruces. 828 ίόφ, όμ’αδθι κάββας (■J· ι . .. ό .. . αδ. κ. vu. . .). 829 vûv δυΐαν (δυΐαν). 829 sin cruz. 830 sin cruz. 883 sin cruz ni1lagu­ na. 834 sin laguna. 835 sin cruz. 837 sin lagu­ na. 838-39. 840-41 en un solo colon. 838 oúxoüv; oùxoûv; (où., où.). 842 sin cruz. 847 sin cruz. 847 άμίδα (αμάδα). 848 ’lot, δούπια ταπί τ$. (ή où δουπια τάπιτα; f). 850 sin cruz. 851 ίώ (ιόν f). 853 άτίετ’ά'/ά πόλιν εύσεβών («τίετον απολιν où σέβω). 859 sin cruz. 860 γέρων (γέρον "(·), 869 Σαρπηδόνιον χώ/μα (Σ. I χ.). 878 περί, χάμψα, βρυάζεις (περιχαμπτά β.). 879 μέγας Νεί / λος (μέγας / Νείλος). 887 βάδην,

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TRAGEDIAS DE

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(βάδην.). 892 τά (βά). 896, 897 sin suplemento. 918 ταπ- έγώ; (ταμ.’. . .άγω). 923 κλύω (κλύω;). 924 elimino . 950 ?σθ’ οδν τά§’ (Ιοιγμεν). 984 αύτανεψίους (-οις). 987 καί μή ’ξ αέλπτων (καί μήτ’ βέλπτως). 988-89 sin laguna. 989 εύχρυμνή (ίκχρομνής). 990 sin cruz. 993 Ιλεγχεσθαι (-εται). 999 μή (μήν). 1001-02 sin cruces. 1002 κωλύουσα τώς μένειν (κωλύουσαν θωσμενειν). 1043 έπιπνοίας (-πλοίας). 1034-51 dividido entre los coreutas. 1052 ss., lemas 1055 Δα., 1056 Θε., 1057 Δα., 1059 θε., 1060 Δα.

PROMETEO ENCADENADO 115 άφεγγης; (d.,). 116 κεκραμένη, (κ.;). 187 (Ιμχας) όίω (Ιμπας (όίω)). 290 έσαναγχάζει (έπ-). 331 sin cruces. 354 sin cruz. 354 elimino δς. 354 δ’αντέστη (d.). 371 άπληστου (απλάτου). 399 sin paréntesis. 409 -οπρεπή ατένουσι (-οπρεζή -υυ- στ.). 425 sin cruz. 429 sin laguna. 430 sin cruz. 433 sin paréntesis. 569 sin cruz. 597 φοιταλέοισιν, (tp.;). 629 ώς (ών). 680 sin cruz. 694 ίώ (ίώ ίώ). 791 sin laguna. 887 ήν δς / (ήν / δς). 890 μακρψ, καί / (μ., / κ.). 894 ώ Mol / ραι (ώ / μ.). 897 ταρ / βώ ( / ταρβώ). 901 δτι (ότε). 902 ού δέδια, μηδέ (δν δε δέδια,/μή). 903 sin paréntesis. 980 elimino ώμοι. 1021 τοι (σοι). 1087 sin paréntesis..

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AGAMENON 7 sin paréntesis. 77 ανάσσων (ανάσσων). 101 άς άναφαίνεις (άγάν’άμφαίνουσ’). 103 τήν θυμοβόρον λυπείν φρένα (f τόν θυμοφθόρον λύπης φρένα-f). 119 φέρμαχι (φέρματα). 182 βιαίως (βίαιος). 229 αιώνα (αιώ τε) 239 sin paréntesis. 251 δ’ (falta). 255 χάπι (ά Vi). 275 λάβοιμι (λάκοιμι). 287 ισχύς (ιχθύς). 323 sin cruz. 347 μή χύχοι (πη χεύχοι). 374 Ιγγονος / άχολμήχων άρή (έγγονουσα χολμη χών Άρη). 392 πέλει/ δ·, έ. (ο. δ., έ./). 398 sin cruz. 398 των (χών(δε|). 404 χλόνους χε καί λογχίμους (κλόνους λοχισμούς χε καί). 412 πάρεσχι σιγάς άτιμους άλοιδόρους (f π. σιγάς άτιμος f άλοίδορος). 413 απίστους άφειμενων (ίλιστος άφεμένων), 423 έσθλά τις (ές θιγάς). 426 όπαδοΐς (όπαδουσ’). 458 μου (μοι). 539 sin cruces. 546 σ’ (). 558 προσήν, (προσψ). 561 sin cruz. 584 εδ μαθεϊν (εύμαθειν). 616 sin cruz. 652 στρατόν (στρατόν-). 674 sin laguna. 675 μολεΐν (μέλειν). 712 κικλήσκουσα Πάριν (κικλήσκουσ’ / Άπαριν). 730 έν άταις (μάταιοι). 741 ( ). 766 τε τάν (τ’ίταν). 776 έσθλα (Ιδεθλα). 797 sin cruz. 830 κλύων (κλυών,). 949 φθείροντα (φύροντα). 980 άχοπχύαας (-αι). 983 sin cruz. 985 ψάμμος άμπχα (ψαμμίας άκάχα f). 1001 μάλα γέ χοι ΐάς πολλάς (μ. f γάρ τοι τ. π. f). 1012 χλημονάς (πλησμονας). 1024 άβλαβεία. (ά.). 1041 sin cruz. 1054 πίθου (πείθου). 1058 sin

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paréntesis. 1091 κακά καρατόμα (f, κακοί καρτάναι f.). 1092 άνδροσφαγειον (άνδράς σφαγείον), 1092 πβδορραντήριον (καί πέδον ραντήριον). 1098 τό μέν (-^ ή μήν). 1141 θροείς νόμον δνομον / οιά (θ. / ν. «. οί.). 1147 δέμας περεβάλοντο (περί δέμας βάλοντο). 1148 αιώνα (άγώνα). 1151 δύας; τά δ’έπίφοβα (δ. / τ. δ. έ.). 1181 έσήξειν (έσ^ξειν). 1216 sin laguna. 1225 sin guión. 1229 λέξασα (λείξασα). 1229 φαιδρονους (φαιδρόν οδς). 1235 sin cruces. 1271 sin cruz. 1273 καλούμενη (καχ-). 1299 sin cruz. 1312 λέγεις (λέγεις; ). 1317 άλλ’ώς βανοόαη μαρτορήτε (άλλως' θ. μαρΐρρειτε). 1325 έχθροις ¡ρονεδσιν τοϊς έμοϊς (έχΟροΰς φ. τή>» έμήν). 1340 έπικράναι (έχικρανεί). 1341 τίς τίς δν (τίς ταν). 1371 sin cruz. 1396 τάδ' (τψδ’). 1405-6 χερός/ίργον* (χερός,/Ιργον). 1428 λίπος (λίβος). 1440 βεσφατηλόγος, (, θ.). 1446 φιλήτωρ ("f* φιλήτως). 1452 sin parén­ tesis. 1460 ή χις (ήχις). 1472 sin paréntesis. 1495, 1519 (elimino ^δάμαρτος)>). 1505 elimino )>, 1521-22 sin paréntesis. 1526 sin cruz. 1534 λήγει (λήγει;). 1535 sin paréntesis. 1591-93 τ ώ μ φ .. . δοκών. . . Άτρεΰς ( Ά . . . τ .. . δ.). 1605 μ’έπι δέκ’ά(μ* Ιλιπε κά-). 1657 πετρωμένους (-οις). 1558 δρξαντ* δκαιρον (εΓξαντες; άρκεΐν). 1664 κρατοΰντά ,). 1044 σπονδαί δ’ ές τό παν ένδαες οίκων ( f ο. δ’ ε.τ. πδν ενδαιδες οι. -}-).

IX. BIBLIOGRAFIA ESCOGIDA Ediciones. U. von Wilamowitz. Berlín, 1914. G. Murray, 2.a ed. Oxford, 1955. M. Untersteiner. Milán, 1946. O. Werner, Munich, 1959. H. W. Smyth, Loeb Class. Library, 2 vols., 1952 y 1963. (Las cuatro últimas llevan traducción). Ediciones de los fragmentos. H. J. Mette, Die Fragmente der Tragodien des Aischylos. Berlín, 1959. H. J. Mette, Der verlorene Aischylos. Berlín, 1963 (traducción). H. Lloyd-Jones (en la ed. de Smyth). R. Cantarella, I nuovi frammenti eschilei di Ossirinco. Napoli, 1948. M. Werre de Haas, Aeschylus’ Distyulci, Lei­ den, 1961. Ediciones con comentario. F. A. Paley, todo Esquilo. Londres, 1879. A. W. Verrall, Coéforos, Euménides. Londres, 1893 y 1908.

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W. G. Headlam-G. Thomson, de la Orestea. Cambridge, 1938. J. Vürtheim, de las Suplicantes. Amsterdam, 1928. G. Italie, de Siete y Persas. Leiden, 1950 y 1953. E. Frànkel, Agamenón, 3 vols., Oxford, 1950. H. D. Broadhead, Persas. Cambridge, 1960. L. Roussell, Persas. Montepellier, 1960. P. Groeneboom, Persas, Prometeo, Agamenón, Coéforos, Euménides. Gotinga, 1930, Groninga, 1928, 1944, 1949 y 1952. Escolios. W. Dindorf. Oxford, 1851. L. Massa Positano, Persas. Ñápales, 1963. Crítica Textual. R. D. Dawe, Repertory of conjectures on Aes­ chylus. Leiden 1965. H. W. Smyth, "Catalogue of the Manuscripts of Aeschylus”, Harv. Stud. Class. Phil. 44, 1933. A. Turyn, The Manuscript Tradition of the Tra­ gedies of Aeschylus. New York, 1943. Léxico. G. Italie, Index Aeschyleus. Leiden, 1955. Traducciones. A las enumeradas arriba, añádanse en español las de F. Brieva Salvatierra (Madrid, 1880, completa), J. R. Salas (Buenos Aires, 1941: Orestea y Pro­ meteo). P. Sola (Barcelona, 1943, Prometeo).

INTRODUCCIÓN

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Obras generales sobre la tragedia. P. Pohlenz, Die griechische Tragodie, 2.a ed., Gotinga, 1954. A. Lesky, Geschichte der griechischen Literatur, 2.a ed. Berna, 1963. H. D. F. Kitto, Greek Tragedy. 3.a ed. Londres, 1961. W. Jaeger, Paideia I, trad, esp., México, 1946. W. Schmid, Gesch. der griech. Literatur I 2. Munich, 1934. Obras generales sobre Esquilo. U. von Wilamowitz Moellendorf, Aeschylos. In­ terprêt alionen. Berlín, 1914. W. B. Stanford, Aeschylus in his Style. Dublin, 1942. F. R. Earp, The style of Aeschylus. Cambridge, 1948. W. Nestle, Menschliche Existenz und politische Erziehung in der Tragodie des Aischylos, ”Tüb. Beitràge», 23, 1934. G. Murray, Aeschylus, the Creator of Tragedy. Oxford 1940 (trad, esp., Buenos Aires, 1943). R. Cantarella, Eschilo, Florencia, 1941. G. Thomson, Aeschylus and Athens, 2.* éd., Lon­ dres, 1946. L. Reinhardt, Aischylos ais Regisseur und Theo­ loge. Berna, 1949. F. Solmsen, Hesiod and Aeschvlus. Nueva York, 1949. E. T. Owen, The Harmony of Aeschylus. Toron­ to 1952. J. de Romilly, La crainte et l'angoisse dans le théâtre d’Eschyle. Paris, 1958. J. H. Finley Jr., Pindar and Aeschylus. Cam­ bridge, Mass., 1955.

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D. K. Buhler, Be griff und Funktion der Dike in den Tragodien des Aeschylus. Berna, 1955. J. Dumortier, Les images dans la poésie d'Es­ chyle. París, 1935. Otros trabajos. E. R. Dodds, "Morals and Politics in the Oresteja", PCPhS N. S. 6, 1960, pp. 19-31. H. D. F. Kitto, "God in Aeschylus”, en La no­ tion du divin, Entretiens de la Fondation Hardt, I, Ginebra, 1952. H. Lloyd-Jones, "Zeus in Aeschylus", JHS 76, 1956, pp. 55-67. F. R. Adrados, "El tema del águila, de la épica acadia a Esquilo”, Emerita 32, 1964, pp. 267282. F. R. Adrados, "El tema del león en el Agame­ nón de Esquilo”, Emerita 33, 1965, pp. 1-6. F. R. Adrados, "Esquilo o la ruptura del dilema trágico", en Ilustración y Política en la Gre­ cia Clásica, Madrid, 1^66.,t) H. Lloyd-Jones, "The1*gilt of Agamemnon", CQ 12, 1962, pp. 187-99. C. Verde Castro, Dos notas a Esquilo. La Pla­ ta, 1957. R. A. Livingstone, "The problem of the Eumenides of Aeschylus", JHS 45, 1925, p. 120 ss.

Para terminar, quiero agradecer aquí a mis antiguos discípulos D. Javier de Hoz y D. José García López, la ayuda que me han prestado en la corrección de pruebas, así como sus ob­ servaciones.

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Ante el palacio real de Susa, junto a la tumba de Darío. C o ro de A n c ia n o s An a p e s t o s

Estos son de los persas, que han marchado a tierra griega, los llamados fieles y de los esplendentes, llenos de oro, palacios guardia, a los que de vejez por privilegio, el mismo Jerjes rey nacido de Darío hizo custodios de esta tierra. Pero sobre el retorno del monarca y de su tropa rica en oro, ahora, del mal profeta en demasía, se turba mi corazón por dentro. Porque toda la fuerza hija de Asia partido ha y ladra en torno a un jo ven1 y ni un mensajero ni un jinete llega a la villa de los persas2: aquellos que de Susa y Agbatana y también los de Cisa3 antiguos muros dejando fueron, unos a caballo, otros en naves o marchando a pie, formando fuerza de combate: es así como Amistres y Artafrenes y Megabates y también Astaspes, 1 Como los perros en una cacería. La palabra "jo­ ven” sugiere las ideas de imprudencia e hybris. 2 A su capital, Susa. 3 Error de E squilo: Cisa es una región, no una ciudad.

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caudillos de los persas, reyes que son vasallos del Gran Rey, marchan, jefes de tropa numerosa, que matan con el arco, o caballeros temibles a la vista y en la lucha por el valor tenaz del ánimo; y Artembares que lucha desde el carro, Masistres, y el que mata con el arco, Imeo el esforzado, y Farandaces, y el que a caballo monta, Sostenes; a otros el grande, que alimenta a tantos, río Nilo envió: tal Susiscanes, y tal Pegastagón hijo de Egipto, y el que en Menfis sagrada tiene el mando, el gran Arsames, y la venerable Tebas el que gobierna, Ariomardo, y también los remeros del pantano, duros, en número incontables. Luego va de los lidios refinados la tropa, aquellos que tos pueblos todos de Asia rigen4 y a quienes Metrogates y Arcteo esforzado, reyes que los mandan, V Sardes rica en oro, pasajeros de carros numerosos, partir hacen, escuadrones de dos y de tres varas1, visión terrible al contemplarla. Del sacro Tmolo anhelan los vecinos yugo de esclavitud echar a Grecia: Mardon, Tarubis, yunques de la lanza6, los misios con sus ddrdos; Babilonia 4 O bien Esquilo recuerda la época del gran impe­ rio lidio antes de su sum isión a los persas o bien imagina que dentro del imperio persa los lidios con­ servaban un resto de soberanía sobre otros pueblos. 5 De carros de dos o tres varas, respectivamente (tirados por cuatro o seis caballos, quizás). 6 Contra los que la lanza se quiebra, fuertes en la defensa.

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rica en oro confusa expedición manda en tropel, ya embarcados en naves, fiados ya en su ánimo de arqueros; y los pueblos armados de la espada vienen del Asia entera del Rey por órdenes severas. Una tal flor del territorio persa partido ha de varones, por los cuales la tierra entera de Asia tras criarlos, de amor ardiente gime V los padres y esposos, día tras día, por el tiempo que pasa se estremecen. Estrofa A Cruzó ya la que asóla las ciudades, la real armada a la vecina tierra que está en la otra ribera, en balsa7 que ata el lino el mar cruzando de H ete8 hija de Afamante, camino bien claveteado cual yugo echando a la cerviz del ponto. Antistrofa A Del Asia populosa el audaz jefe hace que en todas direcciones rebaño prodigioso avance doblemente, en los que infantes rigen i Llama así al puente formado por tablas puestas encima de barcas, atado todo con cuerdas de lino. 8 El mar de Hele es el Helesponto. Según el mito, Hele, que atravesaba dicho mar sobre el carnero de vellón de oro huyendo de su madrastra Ino, cayó a él, dándole nombre.

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y en los del mar firmes fiado muy arriscados capitanes, de raza hija del oro9 héroe divino. Estrofa B Mirando con sus ojos con sombría mirada de serpiente sanguinaria, rico en manos y rico en marineros y un carro sirio haciendo correr, lleva contra héroes famosos por la lanza un A res10 que triunfa por el arco. Antistrofa B Mas de nadie se espera que oponiéndose a ese gran río de soldados, pueda con unos fuertes diques poner freno a la ola del mar indomeñable: pues es irresistible el de los persas ejército y sus tropas esforzadas. Mesodo Pero de un dios al traicionero engaño ¿qué hombre siendo mortal podrá escapar? ¿Quién es aquél que con un pie ligero será señor de salto afortunado? Pues que con mente amiga, con halagos en un principio, lleva luego al ser mortal hasta las redes Ate, de donde no es posible ya que un hombre saltando por encima huya. 9 Perseo, origen m ítico de la raza de los persas, nació de la unión de Dánae y Zeus, que descendió so­ bre ella com o lluvia de oro. M Son los persas, opuestos a los griegos.

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Estrofa C Pues Moira—así Dios quiso— se impuso desde antiguo y encomendó al pueblo de Persia guerras que arruinan las murallas hacer, y en que jinetes luchan choques violentos, y destrucciones de ciudades. Antistrofa C Y aprendieron del mar de anchos caminos, cano por la obra del viento huracanado, a contemplar el sacro prado n, confiando en los de tablas frágiles cordajes y en los ingenios que transportan12 hombres. Estrofa D Por eso, envuelta en negras vestes, mi alma del miedo es desgarrada: "Oh dolor, por la armada de los persas", de que este grito la ciudad escuche, la gran Susa despoblada, Antistrofa D y que la villa de los cisios un eco lance cual respuesta, “Oh dolor”, pronunciando esta palabra tropa formada de mujeres, y se desgarre el lino de sus peplos. n Exactamente, es un recinto sagrado (en este caso, de Posidón). 12 Al otro lado del mar.

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E

Todas las fuerzas de a caballo y las que marchan sobre el suelo cual enjambre de abejas han partido con el caudillo del ejército, cruzando el que está uncido de ambos lados y que es común a entrambas tierras marino promontorio u. Antistrofa E Y así los lechos, por la ausencia de los varones, llénanse de lágrimas: y las persas, lánguidas en su duelo, de que una a una con amor hacia el varón, al belicoso, fuerte esposo hubo despedido, lleva ella sola el yugo 14. Anapestos Ea, persas, sentándonos en esta venerable moradals, nuestro consejo sabio y meditado, pues necesario es, apliquemos a ver cuál es la suerte del rey Jerjes nacido de Darío, por el nombre ancestral estirpe nuestra ,6: 13 Designa así el puente de barcas que unió Asia a Europa. n Del matrimonio, al que antes de partir estaba también unido el marido. 15 Sin duda, en los escalones de entrada al palacio. Jerjes desciende de Perseo, com o todos los p er­ sas, con los que, por tanto, está emparentado. Pero el verso se presta a sospecha.

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si el disparo del arco es vencedor o del hostil que tiene cabeza en punta el vigor triunfa. (Entra la reina)

Aquí está, de los dioses a los ojos luz igual, la que del Rey es madre y reina mía: me prosterno; y con palabras de saludo a ella todos ya deben dirigirse. C o r i f e o . —Oh reina, la más excelsa de las persas de cintura apretada, madre anciana de Jerjes; salve, oh esposa de Darío: de un dios de los persas compañera del lecho, de un dios madre has sido, si es que el antiguo demon no se ha alejado ahora del ejército. R e in a . —Por esto vengo, abandonando mi palacio de oro adornado y el tálamo común de Darío y mío. Mi corazón lacera un pensamien­ to: q s diré una palabra yo que no estoy de ningún modo sin miedo por mí misma, amigos, no sea que esta gran riqueza, tras de cubrir de polvo el suelo17, derribe con su pie la dicha que levantó Darío no sin la ayuda de algún dios. Por eso tengo una indecible doble angustia den­ tro del pecho: que ni el pueblo rinda ya home­ naje con reverencia a unas riquezas sin va­ ró n 18, ni para gente sin tesoros brille la luz tanto como en su fuerza19. Pues la riqueza nuestra es sin reproche, mas tengo miedo por los ojos: pues ojo de la casa considero la presencia del dueño. Ante todo, como siendo esto así, haceos en este caso mis 17 Alusión a la expedición contra Grecia. 18 Sin varón que las defienda, quiere decir. 19 O sea, que un rey sin riquezas no obtenga el re­ conocim iento que merece.

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consejeros, oh persas, viejas fidelidades; pues todos los consejos excelentes me vienen de vos­ otros. C o r i f e o . — Sabe bien esto, reina de este país, que no dices dos veces ni palabra ni cosa en que yo sea capaz de serte guía20: pues que nos llamas como consejeros en esta situación a quienes somos tus amigos. R e in a . —Continuamente vivo en medio de frecuentes sueños nocturnos, de que mi hijo, tras disponer su ejército, partió ansioso de aso­ lar la tierra de los jonios; pero hasta ahora no he visto uno tan claro como el de esta noche úl­ tima: voy a contártelo. Me pareció que dos mu­ jeres bellamente vestidas—una adornada con peplos persas, otra con dóricos—vinieron a mi vista, por su estatura más insignes con mucho que las de ahora, por su belleza irreprochables y hermanas de igual raza: como patria habita­ ban, una,. la tierra griega—tras obtenerla en suerte—y, otra, la bárbara. Ambas mujeres, se­ gún yo creía ver, estaban entre sí en discordia; mi hijo, al darse cuenta, las contenía y apaci­ guaba; las unce a un carro y les coloca las guar­ niciones bajo el cuello. La una se erguía cual torre en aquel atelaje y entre las riendas man­ tenía una boca obediente; la otra se revolvía y con las manos rompe los ameses del carro y los arranca con violencia, sin bridas ya y quie­ bra el yugo por el medio. Cae al suelo mi hijo y se prosterna Darío su padre, movido de pie­ dad: Jerjes, cuando le ve, desgarra sus vesti­ dos en torno al cuerpo. Esto es lo que te digo que contemplé en la noche. Pero después de levantarme y tocar con mis manos una fuente 20 Es decir, te atiendo a la primera indicación.

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de corriente pura, con mano pronta al sacrifi­ cio me aproximé al altar con intención de pre­ sentar ofrendas incruentas a los dioses que alejan los presagios, cuyo es este tributo. Veo un águila que huye junto al altar de Febo: de miedo me quedé sin voz, amigos; y después veo un halcón que, a la carrera, se lanza con sus alas y arranca plumas con sus uñas de la cabeza21: pero el águila no hacía otra cosa que, acurrucándose, abandonar su cuerpo. Estas vi­ siones son terrores para mí al contemplarlas, para vosotros al oírlas. Pues bien sabéis: mi hijo, de tener un buen éxito, será un héroe ex­ celso; mas si lo tiene infausto22—pero no debe rendir cuentas a la ciudad y, con tal que se sal­ ve, tendrá un poder igual sobre esta tierra. C o r i f e o . —No deseamos, madre, ni asustar­ te en exceso con nuestras voces, ni darte confian­ za. Llegándote a los dioses con tus súplicas, si viste algo adverso, pide que aparten esto y que, en cambio, los bienes se cumplan para ti y tus hijos y la ciudad y los amigos todos. Lo segun­ do, es preciso que sean vertidas libaciones a la tierra y los muertos: con voz conciliatoria pide esto, que tu esposo Darío, que dices haber visto en esta noche, envíe cosas favorables de debajo de tierra hasta la luz y las contrarias de éstas, aprisionadas en la tierra, en las tinieblas se marchiten. Esto, profeta según el corazón, yo te aconsejo con amor: respecto a estos pre­ sagios sentenciamos que han de ser para bien de todo punto. R e in a .— Tú, intérprete primero de estos mis sueños, dictaste tu sentencia como amigo de mi De la cabeza del águila. 22 Va a anunciar los tem ores de revueltas ya apun­ tados, pero se interrumpe.

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hijo y de mi casa. Cúmplase, pues, lo que es favorable; esto todo, como tu deseas, lo ofren­ daremos a los dioses y a los amigos que yacen bajo tierra cuando volvamos al palacio. Ahora quiero saber aquello otro, mis amigos, ¿dónde dicen que de la tierra está asentada Atenas? C o r i f e o . —Lejos, hacia el poniente, donde el Rey Sol acaba su carrera. R e in a . —Pues mi hijo anhelaba hacer de esa ciudad su presa. C o r i f e o . —Es que así toda Grecia se haría súbdita del Rey. R e in a . —¿Hasta tal punto tienen abundancia de tropas en su ejército? C o r i f e o . — Y un ejército tal que ha produ­ cido mucho mal a los medos. R e in a .— ¿Y qué otra cosa a más de esto? ¿Hay en las casas riqueza suficiente? C o r i f e o . —Tienen una fuente de plata, teso­ ro de la tie rra 23. R e in a . —Y la flecha que tensa el arco, ¿bri­ lla en sus manos? C o r i f e o . —En modo alguno: hay lanzas de luchar a pie firme y armaduras que incluyen un escudo. R e in a . —¿Y qué caudillo está sobre ellos e impera sobre el pueblo? C o r i f e o . —No se les llama esclavos ni vasa­ llos de hombre alguno. R e in a .— Y e n to n c e s , ¿ c ó m o p o d r ía n h a c e r f r e n te a g u e r r e r o s h o s tile s in v a s o re s ? C o r i f e o . —Al punto que arruinaron el ejér­

cito nutrido y bello de Darío. R e in a . —Dices cosas terribles de pensar pa­ ra los padres de los que han partido. 23 Las minas de Laurión.

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C o r i f e o . —A lo que me parece, pronto vas á saber la verdad toda. Pues la manera como corre este hombre, se distingue cual persa si se mira; trae noticia cierta, buena o mala de oir. M e n s a j e r o . —¡Oh, ciudades de toda el Asia; oh, tierra persa, puerto abundante de riqueza, cómo de un solo golpe se ha arruinado la in­ finita opulencia y, caída, ha perecido ya la flor de Persia! ¡Ay de mí, que es prim er mal anun­ ciar males; y, sin embargo, es fuerza descubrir todo este suceso, oh persas: ha perecido el ejér­ cito entero de los bárbaros!

com o

Estrofa A C o r if e o

Duros, duros, ¡ay! males, repentinos, crueles: ¡ay, ay!; oh persas, llorad al escuchar este dolor. M e n s a j e r o . —Sí, porque toda aquella tropa está acabada; yo mismo veo la luz del retorno cuando no la esperaba. Antistrofa A C o r if e o

Ah, de larga edad esta nuestra vida ha aparecido ante estos viejos, que oyen esta desdicha inesperada. M e n s a j e r o . —Como el que estuvo allí, y no de haber oído los relatos de otros, voy a cpntar las desventuras que ocurrieron.

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TRAGEDIAS DE ESQUILO Estrofa B C o r ifeo

¡Oh, oh, oh, oh! En vano los muchos dardos en confusa mezcla, desde la tierra de Asia hasta el país llegaron divino, el territorio griego. M e n s a j e r o . —Están cubiertas de cadáveres, víctimas de destino funesto, las riberas de Salamina y toda la región vecina.

Antistrofa B C o r ife o

¡Oh, oh, oh, oh! De amigos cuerpos que el agua azota y el mar baña cuentan que tras su muerte son por el mar lleen amplias vestes allí errantes. ivados, M e n s a j e r o . —Es que de nada valía el arco y fue la armada toda aniquilada por la embes­ tida de las naves.

Estrofa C C o r ifeo

Lanza un infausto por los míseros y lúgubre gemidoque todo en todo adverso hecho han los dioses, ¡ay de mi armada rota! M e n s a j e r o . —Nombre de Salamina, el más odioso de oir; ¡ay, cuál lloro al recordar a Ate­ nas!

LOS PERSAS

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Antistrofa C C o r ifeo

Odiosa es, si, para los míseros, bien puedo recordarlo; que a muchos de los persas ha dejado sin hijos ni maridos. R e in a . —Callo ha rato aturdida por los ma­ les, que es demasiado grande esta desgracia pa­ ra narrar o preguntar las desventuras. Sin em­ bargo, es preciso a los mortales soportar las desdiohas cuando las dan los dioses; despliega todo el infortunio cobrando calma, aunque tú sufras por los males, sin embargo: ¿quién no ha muerto, a quién de entre los jefes lloraremos que elegido para llevar bastón de mando dejó sola, privada de ese héroe, a su tropa al morir? M e n s a j e r o . —Vive Jerjes y contempla la luz. R e in a . —Para mi casa una gran luz has anunciado y un blanco día tras una negra noche. M e n s a j e r o . —Artembares, jefe de un cuer­ po de diez mil jinetes es golpeado24 a lo largo de las ásperas costas de Silenias25. Y Dadaces, caudillo de mil hombres, de un golpe de la lan­ za saltó un brinco ligero de la nave; Tenagón, primero de los bactrios, de antigua estirpe, va­ g a26 en la isla de Ayante, batida por las olas. Lileo, Arsames y, el tercero, Argestes, éstos, en tomo de la isla criadora de palomas, vencidos, 24 A saber, por las olas. 25 Seguramente el promontorio extrem o de Salami­ na, a la entrada del estrecho. Salamina es aludida lue­ go con el nombre de isla de Ayante y, seguramente, con el de "isla criadora de palomas". 26 Cual los muertos que no han recibido sepultura.

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corneaban la dura tierra: y, vecinos de las co­ rrientes del egipcio Nilo, Arcteo, Adeves y, el tercero, Famuco, portador de escudo, éstos ca­ yeron de una misma nave. Mátalo el crisio ” , jefe de diez mil hombres, en su muerte, su bar­ ba rubia, densa, umbrosa, tiñó, cambiando su color con un baño de p ú rp u raM. Y Mago, el árabe, y Artabes, el de Bactria, jefe de un cuer­ po de treinta mil jinetes atezados, domiciliado ahora en una dura tierra **, allí murió. Amistris, Amfistreo, que gobierna lanza abundante de dolores, y el valiente Ariomardo, que ha dado duelo a Sardes y Sisamis el misio y Taribis, el capitán de naves cincuenta veces cinco, lim eo30 por su raza, arrogante varón, yace el mísero muerto con no feliz ventura; y Sienesis, prime­ ro en el valor, jefe de los cilicios, que él sólo dio a los enemigos el mayor trabajo, murió glo­ riosamente. De éstos, que fueron tales, he hecho me­ moria; mas de entre muchos que hay, anuncio pocos males. R e in a . —Ay, escucho éstas que son de las desgracias las más altas, deshonor de los per­ sas y lamentos agudos. Mas dime esto, retor­ nando atrás: ¿Cuál era el número de las naves helenas para atreverse a trabar combate con­ tra la armada de los persas con la embestida de sus naves? 27 De Crisa, en la Tróade. μ Quiere decir, de sangre. » Alude a los m etecos, extranjeros domiciliados en una ciudad; en realidad, Artabes está enterrado en el Atica. 3o De Lima (¿Lim eso en la Tróade?). Bactria, Misia, Cilicia son regiones dentro del im perio persa, la pri­ mera junto a la India y las otras dos en Asia Menor. Sardes es la capital de Lidia.

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M e n s a j e r o . —Por lo q u e toca al número, segura estáte de que el bárbaro habría vencido con las naves. Pues para los helenos el número total llegaba a diez escuadras de treinta naves y había, aparte de éstas, un escogido grupo de diez naves; para Jerjes en cambio, bien lo sé, era de mil el número de naves que mandaba y las muy rápidas eran doscientas siete, así es la cuenta. ¿Te parece acaso que hemos sido in­ feriores por el número en este encuentro? Pero hasta este punto un demon ha arruinado nues­ tro ejército, cargando la balanza con fortuna no equilibrada31. Los dioses salvan a la ciudad de Palas diosa. R e in a . —Entonces, ¿no ha sido aún destrui­ da la ciudad de Atenas? M e n s a je r o . —No, pues mientras los hom­ bres están vivos está en pie la muralla. R e in a . —Explícame cuál fue, para las naves, el comienzo del combate. ¿Quiénes abrieron la batalla, los griegos o mi hijo, soberbio por su gran número de naves? M e n s a je r o . —Comenzó, señora, el infortu­ nio todo un genio vengador o un demon de des­ gracia venido de algún sitio. Pues un griego de la armada de Atenas vino y contó a tu hijo Jerjes esto: que en el momento en que llega­ ran las tinieblas de la noche oscura no queda­ rían los griegos en sus puestos, sino lanzán­ dose sobre los bancos de remeros de las naves, cada uno en una dirección, la vida salvarían con fuga oculta. El, así que lo oyó, sin notar el engaño de aquel griego, ni tampoco la envidia de los dioses, anuncia a todos los capitanes de 31 De suerte que un platillo (el de los persas) se hundiera. Está presupuesto el pesaje de la fortuna de griegos y troyanos en Ilíada, 22, 209 sigts.

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la flota esta orden: que cuando deje el sol de incendiar con sus rayos la tierra y se hagan due­ ñas las tinieblas del recinto sagrado del é te r32, formen el grueso de las naves en tres filas para guardar los pasos33 y los estrechos en que re­ suena el mar, y otras en círculo en tom o de la isla de Ayante, pues si lograban escapar los griegos de un fin infausto furtivamente, hallan­ do con sus naves una huida, estaba sentenciado para todos el perder la cabeza. Esto dijo con ánimo tranquilo: pues no sabía lo que había de venirle de parte de los dioses. Ellos, no con desorden, sino con calma dócil, prepararon la cena y cada marinero amarraba el mango de su remo al escálamo dispuesto pa­ ra él. Y cuando se extinguió la luz del sol y la noche llegaba, todo señor del remo marchó a la nave y todo gobernante de armas; una fila a otra fila de remeros llamaba en la nave alar­ gada34; navegan según la orden que cada uno recibiera y a través de la noche los señores de las naves hicieron que navegara en los estre­ chos la tropa toda marinera. La noche adelantaba, pero la armada de los griegos no realizaba en parte alguna una sa­ lida oculta; mas cuando, sin embargo, el día con sus corceles blancos ocupó la tierra toda, esplendente de ver, primero un grito resonó con clamor, como un canto, del lado de los grie­ gos35 y, al tiempo, un eco agudo contestó des­ 32 El éter o zona superior y diviiia de la atm ósfera es concebido com o un tém enos (recinto sagrado que contiene un santuario), probablem ente del Sol. 33 Los estrechos a uno y otro lado de Salamina. 34 Epíteto de las naves de guerra. 35 E s el canto del peán, antes de entrar en el com­ bate.

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de la roca isleñaM: un terror invadió a todos los bárbaros al fallar en su cálculo; pues no cantaban como para huir los griegos el peán sagrado, sino aprestándose al combate con ani­ moso ardor: la trompeta hacía arder con su grito todo aquello. Al punto, al acordado emba­ te del remo resonante golpearon las hondas aguas al compás del jefe de rem eros37 y pronto todos estuvieron visibles a los ojos. La división de la derecha marchaba con buen orden la pri­ mera, con disciplina, y luego seguía toda la flo­ ta y se podía oir al tiempo un gran clamor: "Oh hijos de los griegos; id, liberad a la patria, li­ berad a vuestros hijos, mujeres, los templos de los dioses ancestrales, los sepulcros de los ma­ yores; es la lucha por todo." De nuestra parte les respondía un clamor en lengua persa, ya no era tiempo de tardarse. Y al punto una nave clavó en otra su broncíneo espolón; la embes­ tida inició una nave griega y arrancó todo lo alto de la proa de una nave fenicia: cada uno dirigía ya su leño38 contra otro. El río de la flota persa hacía frente primero; mas cuando en un espacio breve se reunió gran número de naves y no podían ayudarse unas a otras y se embestían a sí mismos con las proas de boca armada por el bronce, ya entonces arruinaban el aparejo todo de los remos, y los navios grie­ gos, muy calculadamente, arremetían en torno, alrededor, se volcaban los cascos de las naves, y el mar no podía verse ya, lleno de restos de naufragio, de sangre de los hombres; las ribe­ ras y escollos se llenaban de muertos. 3* Desde Salamina. 37 Cada nave llevaba un jefe de remeros que mar­ caba el ritm o a aquéllos. 3® Barco.

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En la huida, sin orden remaba toda nave, cuantas había en la flota bárbara. Y ellos, como a atunes o a alguna otra redada de peces, con restos de los remos y tablas de los pecios, les herían, el espinazo les quebraban: un lamento acompañado de gemidos se extendía por el mar, hasta que el ojo de la negra noche lo es­ torbó. La multitud de males, aunque diez días hablara sin parar, no te la diría entera. Porque, sabe bien esto: jamás en un día solo multitud tal de hombres por el número, murió. R e in a . —¡Ay, ay! Un m ar inmenso de des­ dichas ha roto encima de los persas y de toda la raza de los bárbaros. M e n s a j e r o . —Sabe ahora bien esto: que el mal aún no ha mediado, pues tal desgracia do­ lorosa les llegó, que dos veces iguala a estos males con su peso. R e in a . —¿Qué infortunio sería más enemi­ go aún que éste? Cuéntame qué desgracia es esa que me dices que ha llegado y que se hunde con su peso cual balanza hasta el extremo de los males. M e n s a j e r o . —Cuantos de entre los persas alcanzaban la fuerza plena de su cuerpo, valero­ sos de ánimo e ilustres por su estirpe, siempre entre los primeros para su mismo rey por su fe, han sucumbido en forma indigna, con muer­ te ignominiosa. R e in a . —¡Oh, desdichada yo por la desgra­ cia adversa, mis amigos! Mas, ¿con qué muer­ te dices que han perecido estos? M e n s a j e r o . —Hay una isla39 delante de las costas de Salamina, sin fondeaderos para anclar 39 Psitalia: bien la isla de San Jorge, en el canal entre Salamina y el Atica, bien la de Lisokutali, en la salida meridional del mismo.

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las naves, que Pan, amante de las danzas, reco­ rre por la orilla del mar. Allí envió a éstos para que cuando, naúfragados, buscaran salvación los enemigos en la isla, aniquilaran a la tropa de los griegos, fácil presa, y a los suyos salvaran de los pasos marinos—mal enterado del futu­ ro—. Pues cuando un dios dio la gloria a los griegos del combate naval, el mismo día, ciñen­ do el cuerpo con broncíneas armas, saltaron de las naves y cercaron en tomo la isla toda, de modo que los persas no sabían hacia dónde volverse. En gran número eran heridos por las piedras lanzadas por las manos y, volando; las flechas que salían de la cuerda del arco les daban muerte; finalmente, lanzándose con un clamor unánime, les atraviesan con sus armas, hacen carnicería de los miembros de aquellos desdichados hasta que al fin a todos privaron de la vida. Jerjes gimió viendo el abismo de los ma­ les; ocupaba un asiento que divisaba la armada toda, un alto monte cerca del mar w. Rasgó sus vestiduras, rompió en agudos gritos y, dando al punto órdenes a sus ejércitos, partió rápido con tumultuosa fuga. Tal desgracia puedes llo­ rar al tiempo que la otra. R e in a . —¡Demon odioso, cómo engañaste en su esperanza a los persas; amargo es el castigo que de Atenas gloriosa ha logrado mi hijo y no bastaron los que de entre los bárbaros mató antes Maratón; por los cuales venganza esperan­ do mi hijo, se ha atraído tan grande multitud de males! Mas, tú, dime, ¿las naves que el desti­ no esquivaron, dónde éstas las dejaste? ¿Pue­ des darme noticia claramente? 40 Dafni.

En las estribaciones del Egaleo, cerca de la actual

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M e n s a j e r o . —Los almirantes de las naves que se salvaron emprenden en tropel desorde­ nada fuga a favor del viento; y el resto del ejército, en tierra de Beocia, pereció: unos su­ friendo sed en torno al brillo de una fuente41, mientras que otros, extenuados de fatiga, cru­ zamos hasta la tierra de los focios y el país de la Dóride y el golfo melio, en donde el Esperqueo riega la llanura con su licor benevolente; desde allí, la llanura de la tierra de Acaya42 y las ciudades de Tesalia, nos recibieron escasos de alimentos; allí los más murieron de sed y hambre: de una y de otra había allí. A tierra de Magnesia y al territorio de los macedonios llegamos, junto al vado del Axio y a las cañas palustres de Bolba y hasta el monte Pangeo, tie­ rra de los edones43; en esta misma noche un dios mandó un invierno anticipado y heló el curso todo del Estrimón sagrado. Todo el que antes no creía en los dioses les imploraba en­ tonces con sus súplicas, adorando a la tierra y al cielo. Y luego que el ejército acabó sus múl­ tiples llamadas a los dioses, atravesó el río hela­ do: aquél de entre nosotros que partió antes que los rayos se esparcieran del dios44, se en­ cuentra a salvo. Pues ardiendo con llamas el brillante disco del sol, atravesó el centro del río, al calentarlo con su fuego: se hundieron unos sobre otros, y es afortunado el que más pronto rompió el aliento de la vida. Cuantos quedaron y hallaron salvación, atravesando Tracia a duras penas y con mucho « Se refiere a la leyenda de que las aguas se seca­ ban al llegar los persas. « En Tesalia meridional. 43 En realidad, el Pangeo forma el lim ite oriental del territorio de los edones. 44 El Sol

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esfuerzo, han llegado tras lograr escapar—no son muchos—al país en que tienen su hogar: tal que debe llorar la patria persa añorando la juventud amada de su tierra. Es esto la ver­ dad, y al hablar dejo muchos de los males que un dios lanzó contra los persas. C o r i f e o . —¡Oh demon, que traes sufrimien­ tos dolorosos: cuán pesado en exceso con tus pies has saltado sobre toda la raza de los per­ sas! R e tn a . —¡Ay, desdichada de mí por este ejército acabado; oh, visión clara de mis sue­ ños en la noche, cuán claramente me mostraste mis males! Y vosotros, en cambio, con dema­ siada ligereza los juzgasteis. Mas sin embargo, pues que vuestra respuesta así lo decidió, quiero orar a los dioses lo primero; más tarde volveré trayendo ofrendas45 de mi casa cual ob­ sequio a la tierra y a los muertos—bien sé que es por sucesos no cumplidos, pero por si en el tiempo venidero hay fortuna mejor. Debéis vos­ otros, después de lo ocurrido, ofrecer a aquellos que os tienen fe, consejos fieles; y a mi hijo, si llega aquí antes que yo, dadle consuelo y acompañadle hasta el palacio, no sea que a las desgracias añada una desgracia4Í. C oro

Anapestos Zeus soberano, ahora de los persas tan altivos y en número tan grande, destruyendo el ejército, las ciudades de Susa y Agbatana en negro tuto has sepultado; « El peíanos, de carácter no sangriento. 44 La reina teme el suicidio de Jerjes,

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y muchas, con sus manos delicadas, sus vetos desgarrando, empapado de lágrimas el seno, mojan, participes del duelo. Y otras persas de tierno llanto, de sus esposos añorando el nuevo yugo, lechos de ricas ropas, el deleite de exuberante juventud, dejando, hacen duelo con llantos insaciables. Yo asi la muerte de los que han partido exalto, cierto, dolorosa. Estrofa A

Porque ahora, en verdad, está gimiendo to­ la tierra de Asia, que se ve sin hombres. [da Pues Jerjes fue quien los llevó, ¡oh, oh! y Jerjes fue quien los mató, ¡ah, ah! y Jerjes todo lo gobernó con mente insana, él y sus barcos marineros. ¿Por qué Darío, hasta tal punto, sin causar mal estuvo al frente, el gran arquero, de sus súbditos, de los de Susa el jefe amado? A n tis tr o f a A

Puesto que a los de a pie y a los que van de alas47 iguales y de oscuras proas [por mar navios los llevaron ya, ¡oh, oh!, navios los mataron ya, ¡ah, ah!; navios, con ataques de frente destructores y por las manos de los jonios. Y que por poco escapó el mismo 47 Velas.

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Señor, así hemos oído, de Tracia, por ios dilatados fríos caminos del invierno. Estrofa B Y otros por el qtte da muerte primera, ¡ah!, destino riguroso aprisionados, ¡ay!, en tomo a las riberas de Quencreo48, ¡oh!, son arrastrados49: llora y muestra duelo y a lo alto grita sordamente dolor del cielo, ¡oh!: levanta una dolorosa, una clamante, desdichada voz. Antistrofa B Y sufriendo el embate de un mar fiero, ¡ah!, por carentes de voz son despojados, ¡ay!, hijos de aquella que no tiene manchaM, ¡oh! Llora al varón la casa de él privada; y padres que ahora soii sin hijos dolor de un demon, ¡oh!, en tanto que lamentan, ya ancianos, de otros el sufrimiento entero escuchan. Estrofa C Y los de toda el Asia, en adelante, no son ya gobernados por los persas, no están ya sometidos a tributo 48 Héroe d é Salamina que, según la fe popular, ayu­ dó a los griegos; se refiere, por tanto, a Salamina. 49 Por las olas. 50 Son los peces (comparados a guerreros enemi­ gos), hijos del mar impoluto.

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sirviendo a los dictados de sus amos, ni tampoco postrándose en la tierra tes rinden homenaje, pues el regio poder ha sido aniquilado. Antistrofa C Y ya no está la lengua de los hombres en vigilancia; pues está ahora suelto el pueblo para que hable libremente de que el yugo de fuerza fue soltado. Entre tanto, su campo tinto en sangre, de Ayante la ceñida de las ondas isla ahora encierra el poder persa51. R e in a . —Amigos, todo el que se ha embar­ cado va en los males sabe que cuando sobre­ viene una ola de males, teme a todo, mas cuan­ do el demon fluye favorable, cree que siem­ pre ha de soplar el mismo demon de for­ tuna. Ahora ya, llenos de terrores, se me apare­ cen a los ojos todos los signos de los dioses y grita en mis oídos un clamor que no trae la sa­ lud; tal terror, proveniente de estos males, da pavor a mi alma. Por ello este camino sin mi coche y mi fasto de antaño he hecho volviendo del palacio, trayendo al padre de mi hijo liba­ ciones propiciatorias que aplacan a los muer­ tos: de vaca nunca uncida, la blanca, dulce le­ che; el licor de la operaría de las flores 52, la miel brillante, junto con gotas de agua de fuen­ te virgen 53; y la bebida sin mezclar, nacida de una madre áspera, la gloria de la vid añosa; y de aquel que entre perennes hojas siempre es 51 Es el sepulcro del ejército persa. 52 La abeja. 53 Intacta.

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lozano, del verde olivo el fruto bienoliente está presente, y flores entretejidas, hijas de la tierra que todo lo produce. Ea, amigos, sobre estas libaciones a los muertos cantad himnos piadosos, llamad al demon de Darío mientras yo estos honores que la tierra bebe envío a los dioses subterráneos (Sale) C oro

Anapestos Oh regia esposa, honor para los persas, tú envía libaciones bajo tierra y nosotros, con himnos, pediremos que los guías de los muertos nos sean propicios so la tierra. Pero, oh puros dioses subterráneos, Tierra y Hermes y el que es rey de los muerdesde abajo enviad su alma a la luz; pues si sabe un remedio de los males, sólo él diría el final del duelo.

^ ° 5’

Estrofa A ¿Me escucha el bienaventurado rey semejante a un dios, bárbaros, claros cuando lanzo los varios, dolorosos, lamentos de ,, , . [sonido tan infausto? Males aciagos pregonaré: ¿Me presta oído desde abajo? Antistrofa B

Vosotros, Tierra, y otros jefes de dioses subterráneos, demon soberbio,

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permitid, que abandone su morada de los persas [el dios nacido en Susa: enviadlo arriba tal cual ninguno la tierra persa ha recubierto. Estrofa B Varón amado es, sí, y tumba amada, puesto que esconde un alma amada. Hades, que envías arriba, deja venir arriba, ¡oh Hades!, a ese solo monarca verdadero, Darío, ¡oh! A n tis tr o f a B

Pues no hacía morir a sus soldados en las matanzas de las guerras y le decían guiado de Dios, los persas: guiado era de Dios, pues bien regía la escota del ejército, [¡oh! Estrofa C

¡Oh, Señor, viejo Señor, ven, llega! Aparece eti lo alto de la tum ba54 moviendo la sandalia de tu pie azafranada, de la tiara real mostrando el brillo K. Ven, Darío; padre que no ha hecho el mal, ¡ah!

do

54 La tumba tiene forma de montículo. 55 Parece referirse a un adorno de m etal en la punta la tiara, que sólo usaría el rey.

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Antistrofa C Porque infaustos oigas y nuevos males, señor de mis señores, ven. Pues del Estix salida % se ha extendido una nie[bla: que el pueblo joven, ya ha perecido todo. Ven, Darío; padre que no ha hecho el mal, ¡ah! Epodo ¡Ay, ay!, ¡Ay, ay! ¡Oh, a quién muerto lloraron tus amigos! ¿Por qué estos yerros, oh Señor, Señor, inmensos, dobles, de doble llanto57 dignos? Todas para esta tierra están perdidas las de tres escálamos58 naves; no naves ya, no naves59. (Aparece la sombra de Darío)

S o m b ra de D a r ío . —Fieles entre los fieles y compañeros míos de juventud, ancianos per­ sas, ¿qué sufrimiento sufre la ciudad? Gime, hiérese el pecho y el suelo se ab re60. Contem­ plando a mi esposa junto a la tumba siento miedo; mas, benévolo, las libaciones acepté. Y vosotros cantáis cantos de duelo en pie jun­ to a la tumba y la voz elevando con gemidos s* Río de) infierno. 57 Se refiere, quizá, a la pérdida de la juventud y de las naves, aludida en este m ism o coro. Pero el texto es sólo conjetural. 58 En realidad, de tres filas de escálam os: se refiere a los trirremes. 59 Al ser destruidas, han dejado de ser naves. 60 Por el efecto mágico de la llamada, para que pueda subir a la tierra la sombra de Darío.

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que evocan a las almas en forma lastimera me llamáis: no es fácil la salida, sobre todo por­ que los dioses bajo tierra son mejores para hacer presa que para soltarla. Sin embargo, pues fui rey entre ellos 61, he venido; mas date prisa, para que sea sin reproche en el tiempo. ¿Qué desgracia reciente y dolorosa han sufrido los persas? Estrofa A C o r if b o :

No oso mirarte cara a cara V no oso hablar en tu presencia por mi respeto antiguo para ti. S o m b r a d e D a r ío . —Pero ya que he venido desde abajo obedeciendo a tus lamentos, no haciéndome un discurso prolijo, sino breve, ha­ bla y explica todo, dejando a un lado tu reve­ rencia a mi persona.

Antistrofa A C o r if e o :

Temo cumplirte tu deseo y temo hablar en tu presencia V algo amargo contar a mis amigos. S o m b r a de D a r ío . —Pero ya que el antiguo miedo hace obstáculo a tu ánimo; noble mu­ jer, tú, anciana compañera de mi lecho, mi no­ ble esposa, cesando de estos llantos y lamen­ «1 Un rey en la tierra sigue siendo rey entre los muertos. Cf. Coéforos 357.

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tos dame noticia clara. Humanos sufrimientos pueden acaecer a los mortales. Muchos males del mar y muchos de la tierra vienen a los mor­ tales si una vida larga se prolonga en el tiempo. R ein a .—¡Oh, el que con suerte afortunada superaste la dicha de todos los mortales, cómo, mientras mirabas la luz del sol, digno de envi­ dia, fundaste, cual un dios, vida feliz para los persas; y ahora te envidio porque has muerto antes de ver este abismo de males! Todo el re­ lato vas a oir, Darío, en tiempo breve: está arruinado el poder todo de los persas, para así decirlo. S om bra de D a r ío .— ¿D e q u é m o d o ? ¿ E s q u e h a lle g a d o a la c iu d a d el r a y o d e la p e s te o la lu c h a civ il? R e in a .—En modo alguno, pero en torno de

Atenas ha sido destruido todo el ejército. S o m bra de D a r ío .—¿Cuál de mis hijos par­ tió hacia allí en campaña? Dímelo. R e in a .—El valeroso Jerjes, que dejó des­ poblada la llanura toda del continente. S om bra de D a r ío .— ¿Cual infante o en bar­ co se aventuró en esa loca empresa el desdi­ chado? R e in a .—De ambas formas: doble era el frente de los dos ejércitos. S o m bra de D a r ío .—Pero, ¿cómo un ejército tan grande consiguió atravesar? R e in a .—Con artificios unció el estrecho de H ele62 para que hubiera paso. S om bra de D a r ío .—¿Y consiguió así echar el cierre al grande Bósforo? 6J El Helesponto, al que luego se da el nombre de Bósforo. Se refiere al fam oso puente que hizo cons­ truir Jerjes.

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R e in a .— E s

así, y algún demon le dio ayuda

en su plan. S o m bra d e D a r ío .— ¡Ay! Gran demon fue el que vino para que no pensara sabiamente. R e in a .— ¡Sí, p u e d e v e rs e el r e s u lta d o , el m a l q u e hizo! S o m bra de D a r ío .—¿Y c u á l e s el d e s tin o d e a q u e llo s q u e llo r á is ? R e in a .—La armada derrotada, causó la

ruina de las tropas de tierra. S o m bra de D a r ío .—¿Y tan del todo el pue­ blo todo ha sido destrozado por la lanza? R b i n a . —Tanto que por causa de ello, Susa entera llora por su desolación. S o m bra de D a r ío .—¡Oh dolor, por esa firme ayuda y auxilio del ejército! R e in a .—El pueblo de los bactrios se ha perdido, aniquilado todo el, y no hay ancia­ nos S om bra de D a r ío .— ¡D e sd ic h a d o , qué ju ­ v e n tu d d e tr o p a s a lia d a s h a a r r u in a d o ! R e in a .— Dicen que Jerjes sólo y abandona­ do, con muy pocos... S o m bra de D a r ío .—¿Adónde y cómo fue a parar? ¿Hay salvación?

R e in a .— Dá n d o s e p o r c o n te n to lle g ó a l p u e n t e q u e u n e d o s tie r r a s . S om bra de D a r ío .—¿Y llegó salvo a. este

continente, es verdad esto? R e in a .—Sí; hay voz precisa que esto al me­ nos afirma; no hay discusión alguna. S o m bra de D a r ío .—¡Ay! Llegó rápido el cumplimiento del oráculo; en mi hijo colocó Zeus el plazo señalado del vaticinio. Yo espera­ ba que tras un largo tiempo los dioses lo cum63 Todas las tropas estaban formadas por jovenes.

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plicran, pero cuando uno se apresura a la ac­ ción, un dios le ayuda. Ahora es claro que una fuente de males ha sido descubierta para todos los míos. Mi hijo, en su ignorancia, con impru­ dencia juvenil, llevó esto a término; él, que creyó que con cadenas, cual a un esclavo, de­ tendría en su curso al Helesponto sacro, el Bós­ foro, aguas de un dios; y así cambió el ser del estrecho y, ciñéndole con trabas trabajadas por el martillo, dilatado camino hizo con dilatado ejército. Siendo mortal creía sobre todos los dioses—no con prudencia— y Posidón poder vencer: ¿cómo no es esto mal de la mente que poseía a mi hijo? Temo que el grande esfuerzo mío de riqueza64 sea para los hombres botín del que más corra. R u in a .—Esto ha aprendido el valeroso Jer­ jes de tratar con malvados; le decían que tu ad­ quiriste con tu lanza para tus hijos gran rique­ za y que él, dentro de casa, por cobardía, mane­ jaba la lanza y no hacía crecer la fortuna pater­ na. Tales ultrajes oyendo con frecuencia a los malvados, planeó esta expedición ν esta campa­ ña contra Grecia. S o m b r a de D a r ío .—Han provocado un gran desastre memorable por siempre, cual jamás despobló, al suceder, esta ciudad de Susa des­ de el día en que Zeus estableció este privilegio, que un hombre sólo fuera el jefe del Asia ente­ ra, criadora de ovejas, llevando el cetro del go­ bierno. Pues Medo fue el primer guía del pue­ blo; luego un hijo de éste cumplió este come­ tido, pues su razón regía el timón de sus im­ pulsos. Tercero, a partir de él, Ciro, hombre afortunado, fue rey y dio la paz a todos sus 64 La riqueza que tanto esfuerzo ha costado.

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amigos: el pueblo de los lidios y el de los fri­ gios hizo propio y sometió a la fuerza a toda Jonia. Pues Dios no le fue hostil, según era de sabio. De Ciro el hijo gobernó el cuarto al pue­ blo. Y el quinto, imperó Mardis, baldón para la patria y para el trono antiguo; a él, con engaño el valiente Artafrenes en su casa matóle, unido a hombres amigos que este empeño tuvieron. El sexto fue Marafis; el séptimo, Artafrenes65. Mas yo obtuve la suerte que quería66 e hice campañas numerosas con numeroso ejército; pero nunca causé un mal tan grande a la ciu­ dad. Jerjes mi hijo, en cambio, como joven que es, piensa cosas de joven y no recuerda mis consejos, porque habéis de saberlo bien clara­ mente, amigos de mi edad: nosotros todos, los que hemos poseído este poder, es manifiesto que no hemos provocado tantos males. C o r if e o .—¿Cómo, Señor Darío, a dónde mueves el fin de tus palabras? ¿Cómo, después de esto, podríamos todavía tener el mejor éxito posible nosotros, pueblo persa? S o m bra de D a r ío .—Si no emprendéis cam­ pañas contra el país de Grecia, incluso aunque sea más numeroso el ejército m edo67. La pro­ pia tierra es su aliada. C o r if e o .— ¿C ó m o d iji s te e s to , d e qué m a ­ n e r a e s a lia d a ? S om bra de D a r ío .—Matando,

con el ham­ bre, a los que son en número excesivo. 65 Verso sospechoso, eliminado por muchos edito­ res. Para sus defensores, Marafis sería un hijo d e Ciro, que habría reinado breve tiempo y se trataría de un error de Esquilo, que creería que Artafrenes, el prin­ cipal conjurado, reinó por algún tiempo. 66 Darío habría sido elegido por sorteo entre los conjurados; es versión diferente de la de Heródoto. 67 Medo y persa funcionan como sinónimos.

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C o r if e o .— Entonces, levaremos una tropa escogida, bien provista. S o m bra de D a r ío .—Ni siquiera el ejército que ahora en la tierra griega se ha quedado, al­ canzará la salvación en el retomo. C o r if e o .— ¿Cómo dijiste? ¿Es que no ha atravesado el Helesponto el ejército todo de los bábaros desde Europa? S o m bra de D a r ío .— Bien pocos de entre muchos, si ha de creerse en los presagios de los dioses, a la vista del suceso de ahora; pues se cumplen no unos sí y otros no. S i esto es así, multitud escogida de su ejército deja allí per­ suadido por esperanzas vanas. S e quedan don­ de riega la llanura con sus corrientes el Asopo, fecundador amado de la tierra beocia: donde a ellos les espera sufrir los más extremos de los males cual castigo de su violencia y su orgullo sacrilego; pues que marchando a Grecia las es­ tatuas divinas no se abstuvieron de robar ni de incendiar los templos: han sido destruidos los altares y las estelas de los démones68 de raíz y en confusión han sido derribadas de sus basas. Así, tras causar males, los sufren no menores y otros están a punto, y aún no está echado el basamento de los males, aún están en su infan­ cia69. Tal ofrenda de sangre procedente del de­ güello se verterá en la tierra de Platea por obra de la lanza de los dorios, y los montones de ca­ dáveres, incluso en la generación tercera, harán ver sin palabras a los ojos de los mortales que el que es hombre no debe tener orgullo en dema­ 68 De los muertos (divinizados). Pero según otros se trata de nuevo de las estatuas de los dioses. 69 Estos males, que han de culm inar en la derrota de Platea, son comparados primero con un edificio, luego con un nifio.

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sía. Pues la hybris, tras florecer, da cual fruto la espiga de la culpa, de donde una cosecha de lágrimas recoge. Viendo la pena de estos he­ chos, acordaos de Atenas y de Grecia y nadie, por desprecio de su demon presente70, enamo­ rado de otras cosas, derrame su prosperidad. Pues Zeus está en su puesto castigando a los que tienen un orgullo excesh'o, juez severo. An­ te esto a aquél, usando la prudencia, aconsejad con sabias amonestaciones que deje de a los dioses ofender con su arrogante audacia. Y tú, querida anciana, madre de Jerjes; vuelve a casa y cogiendo un vestido hermoso sal al encuentro de tu hijo. Pues por todos la­ dos de dolor por los males, girones de sus ri­ cas vestiduras penden en tom o de su cuerpo. Consuélale con mente amiga con tus palabras: pues a ti sola, bien lo sé, soportará escuchar­ te. Yo vuelvo abajo, a las tinieblas de la tie­ rra. Y vosotros, ancianos, salud 7I, en la desgra­ cia, pese a todo, dando placer a vuestro ánimo día a día, pues que a los muertos nada apro­ vecha la riqueza. C o r if e o .—Sentí dolor oyendo muchas des­ gracias de los bárbaros, ya presentes ya veni­ deras. R e in a , ¡Oh demon, cuántos dolores me pe­ netran por los males! Pero es esta desgracia la que me muerde más, el oir en torno al cuerpo de mi hijo el deshonor de los vestidos que le cubren. Voy, y tomando del palacio un vestido, probaré ir al encuentro de mi hijo·. Porque no 70 En definitiva, de su fortuna. 71 La fórmula de despedida griega es, traducida lite­ ralmente, "regocijaos".

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voy a traicionar en la desgracia lo que me es más querido. (Se desvanece la sombra) C oro

Estrofa A ¡Oh dolor! Cierio, grande, felicísima vida por ta ciudad regida tuvimos como tote en el tiempo en que el viejo poderoso, benéfico, el invencible rey Darío igual a un dios, en el país reinaba. Antistrofa A Lo primero, gloriosos ejércitos mostrába[mos al mundo, que en probados combates por las [torres71 hallaban siempre éxito. De la guerra el retorno a hombres sin sufrie indemnes a felices hogares conducía.

[mientos

Estrofa B ¡Cuántas ciudades conquistó sin traspasar [el curso del río Halis73 ni separarse de su hogar74 72 Texto y traducción conjeturales. Se oponen los combates para asaltar ciudades, librados al m odo tra­ dicional, a la larga expedición de Jerjes. 73 El Halis (hoy Irmak) formaba frontera entre el imperio persa y Lidia (poseída por los persas). 74 Darío no necesitaba salir de su palacio: sus gene­ rales se bastaban. Sin embargo, sabemos que hizo la campaña contra los escitas. 5

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tal cual aquellas litorales del estrimonio mar ” , [que son vecinas de los poblados tractos, Antistrofa B y las que más allá del lago, tierra adentro, , [ceñidas de murallas, a este Señor obedecían, y de Hele en torno al ancho paso, las altivas, y la Propóntide76 honda y la boca del Ponto11, Estrofa C y las que están junto a un marino cabon [bañadas de las ondas, cercanas a esta tierra nuestra, tal cual Lesbos y Samos plantada de olivares, cual Quíos y cual Paros, Naxos, Miconos y, por fin, la isla que se une a a a · próxima! λ · / [Tenos, Anaros vecina Antistrofa C Hizo suyas también a las bañadas del mar [entre ambas costas, Lemnos y de Icaro el asiento19, Rodas y también Gnido, de Chipre las ciudades cual Pafos y Solunte, y Salamina, de la cual ahora la ciudad m adre80 causa es de estos lamentos. 75 El mar Estrimonio es seguramente el lago Pra­ sias, en el curso final del Estrim ón (hoy Struma), 7
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