Literatura clásica - Alvarez Bravo, Armando

August 25, 2017 | Author: Anonymous | Category: Greek Tragedy, Ancient Literature, Greek Mythology, Achilles, Homer
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BIBLIOTECA DE AULA

LITERATURA CLÁSICA

P ROY E C TO CO N S I D E R A D O D E I N T E R É S C U LT U R A L Y E D U C AT I VO P O R L A

ARMANDO ÁLVAREZ BRAVO Y CARMEN ANA ECHEVARRÍA

LITERATURA

CLÁSICA

ÍNDICE

1

LA LITERATURA GRIEGA

11

Características de la literatura y la cultura griegas ...........................................................

13

La literatura clásica griega 16

Los períodos ........................................................................ La épica .................................................................................. La Ilíada y la Odisea ....................................................... Homero y la cuestión homérica ............................... La poesía épico-didáctica y Hesíodo ...................... La lírica ................................................................................... Poesía y poetas elegíacos .............................................

21 23 24 27 29 31 32

La lírica 35

La poesía yámbica y Arquíloco de Paros ............. El lirismo eólico o lesbio ................................................

36 37

La tragedia 37

La lírica coral o dórica .................................................... Píndaro ................................................................................... La poesía dramática: origen, carácter y desarrollo ...........................................................................

41 43 45

8 LITERATURA CLÁSICA

Esquilo (525-456 a.C.) ......................................................

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La comedia 51

Sófocles (496-406 a.C.) .................................................... Eurípides (480-406 a.C.) ................................................. La comedia: orígenes períodos, comediógrafos .................................................................... La prosa .................................................................................. La historiografía ................................................................. La filosofía ............................................................................ Desarrollo de la oratoria ................................................

52 53 55 58 58 61 63

La oratoria 65

El helenismo o período alejandrino ........................ El período greco-romano .............................................. ANTOLOGÍA ...................................................................... Homero: Ilíada 75\ Odisea 81\ Píndaro: Encomio de Teóxeno de Ténedos 86\ Sófocles: Edipo Rey 87\ Eurípides: Hipólito 93\ Herodoto: Los nueve libros de la Historia 99\ Platón: Fedro 101\

67 70 73

ÍNDICE 9

2

LA LITERATURA LATINA

105

Orígenes y rasgos esenciales ...................................... 107 Los períodos ....................................................................... 109 La literatura clásica romana 109

Período arcaico (240-280 a.C.) .................................. Período clásico (80, a.C.-14 d.C.). Época de Cicerón ............................................................. Plenitud del período clásico: Época de Augusto ............................................................ Período posclásico (14-117 d.C.) ............................. Período de la decadencia (117-565 d.C.) .............. ANTOLOGÍA .....................................................................

113 117 121 125 129 131

Catulo: Combatiendo a la muerte 133\ Los besos, 134\ Cayo Julio César: Comentarios a la guerra de las Galias 135\ Marco Tulio Cicerón: Primera Catilinaria 139\ Virgilio: Eneida 142\ Horacio: A Delio 148\ Ovidio: Narciso 150\ Séneca: De la vida bienaventurada 153\ San Agustín: Confesiones 155

Bibliografía ........................................................................ 159

1

LA LITERATURA GRIEGA

Pág. anterior: Máscaras trágica y cómica. Mosaico romano, siglo III.

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Características de la literatura y la cultura griegas

Grecia desempeña un papel capital en el desarrollo de la cultura occidental. Los griegos sobresalieron en las artes (orden-claridad-armonía son los rasgos básicos del arte griego clásico; se favoreció especialmente la escultura y la arquitectura) y en las ciencias; se puede decir que crearon la democracia, aunque también sufrieron la tiranía: pensemos que Grecia, en realidad, estaba formada por un conglomerado de ciudades-estado que frecuentemente luchaban entre sí: los sistemas políticos, por tanto, variaban de una a otra. La religión tuvo una importancia capital en su cultura. Los mitos griegos son un intento de

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explicación del universo y del hombre y, en ocasiones, son un reflejo de su historia. Poseían varios dioses, cada uno con una o varias funciones que podían coincidir con las de otra divinidad. Del caos inicial, según la mitología griega, salieron los titanes y Cronos, al que destronó su hijo Zeus, que se convirtió en el dios supremo; su mujer, Hera, es la diosa del hogar y del matrimonio; Atenea, diosa de la sabiduría y de la guerra, protectora del trabajo humano, de las artes manuales, y patrona de Atenas, que en su honor edificó el Partenón; Poseidón es el dios del mar; Ares, dios de la guerra; Afrodita, la diosa del amor y la belleza; Hermes, el mensajero de Zeus; Hefesto, el dios del fuego, el forjador de armas y protector de las artes manuales, como Atenea; Deméter, protectora de las cosechas y relacionada con unos ritos religiosos -los misterios de Eleusis-; Dionisios, dios del vino, núcleo de un culto religioso y relacionado con los misterios de Eleusis; Hades, dios del mundo subterráneo y del reino de los muertos; Apolo, dios de la luz, de la música, de la verdad, era también el dios de la profecía y en su santuario

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de Delfos se le consultaba; en ocasiones se le considera también dios del sol -como Helios-; Artemisa es su hermana, diosa de la luna y de la caza.

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LA LITERATURA CLÁSICA GRIEGA Se dice que algo -o alguien- es clásico cuando es arquetipo o modelo que establece pauta, norma, canon; así la cultura clásica griega con respecto al mundo occidental contemporáneo. No hay actividad en el Occidente de hoy, sea artística, política, filosófica o científica, que no sea deudora de aquella civilización que floreció en Grecia entre los siglos VI-Va. de C. Particularmente en el terreno del arte, los cánones establecidos por los griegos antiguos han servido como puntos de referencia respecto a los cuales, en su acatamiento e imitación, o en su violación y cuestionamiento, se ha definido el quehacer artístico de todas las épocas. Creada por una civilización mediterránea inundada de luz, donde los contornos de las cosas y las perspectivas son claros y precisos; por una civilización eminentemente racional y volcada a la ciencia, cuna, además, de la noción de democracia, forma de vida que, aunque sobre bases esclavistas, practicó con pasión, todas esas circunstancias marcan su literatura, cuyas características más sobresalientes son: - Épica, drama y lírica coral por igual toman sus asuntos del pasado remoto de la Edad Heroica o

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Busto de Esquilo

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del inagotable manantial de temas trágicos y humorísticos que es la mitología. - Él carácter oratorio y, a menudo, difícil de mucha de la literatura griega se debe a su naturaleza popular, es decir, a que era concebida para ser declamada o representada al aire libre, ante grandes multitudes. También a que tuvieron que superar la dificultad de decir ciertas cosas por primera vez. - La métrica se apoya en la existencia de sílabas largas y cortas, lo que le presta una elasticidad y musicalidad tales, que resultan inaccesibles para las lenguas actuales. - Crearon un estilo prosístico conocido como ático. He aquí sus principales rasgos: •Esquiva la sensiblería. Busca evocar las pasiones primarias. • Se refiere sólo a lo esencial, prescindiendo de todo cuanto exceda al inmediato propósito informativo. • Se dirije primordialmente al intelecto, y sólo a través de él a la emotividad. • Resiste la tentación de buscar exclusivamente efectos verbales. Al decir de C.M. Bowra, la literatura griega no es sentimental ni fantasiosa ni siente curiosidad por lo indefinido, pero no carece de pasión, imaginación y misterio.

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La literatura griega se incluye dentro de las literaturas clásicas, es decir, capaz de dar expresión a los deseos, aspiraciones y temores de los hombres, de forma que perdure más allá de sus límites cronológicos. Con su arte -que los griegos quisieron eterno- pretendían comprender el mundo que los rodeaba e, incluso, influir en él y en los hombres. Para el griego, como señala Gili y Gaya: «el objeto artístico está aquí, visible, mensurable, corpóreo. Los dioses tienen formas humanas; los héroes que luchan destacan su individualidad entre los combatientes; las pasiones no se prolongan en profundidades metafísicas, si no es encarando la personalidad efímera del Hombre contra el Destino infinito; el lirismo busca fines concretos. Lo abarcable es la ley del arte griego, y por esto cifra la belleza en el equilibrio, la proporción, la armonía, cualidades que el corazón y el entendimiento reconocen con placer».

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Carrera de bigas. Detalle de un ánfora panatenaica, siglo VI a. C.

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Los períodos

La fecunda existencia de la literatura griega puede dividirse en cuatro períodos fundamentales de rasgos muy marcados. El arcaico (siglos XVI a.C). En esta etapa predomina la poesía épica, y surge y se desarrolla la lírica. El clásico (siglos V y IV a.C.). Estos dos siglos se definen por la personalidad de Pericles y Alejandro Magno. En ellos se origina el teatro, y alcanzan su definición mejor la historia, la filosofía y la oratoria. El alejandrino (siglos III-I a.C.). Este período es testigo de la difusión del helenismo a través de las ciudades orientales, en especial Alejandría, y se caracteriza por el auge de las disciplinas científicas y eruditas. El grecoromano (siglos I-V de la era cristiana) es el momento pos-

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trero de una dilatada trayectoria, y Grecia se convierte en esta etapa en modelo determinante de la vida de la Roma imperial.

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La épica

Los orígenes de la temprana poesía griega permanecen en la sombra, pero es indudable la existencia de una larga tradición que desemboca en la grandeza de los textos homéricos, obras que estabecen el carácter de la epopeya y prefiguran la materia poética de sucesivas formas literarias. Conviene señalar que tanto la Ilíada como la Odisea, que reflejan dos momentos culminantes del ciclo épico troyano, tienen una base real, y que durante siglos se comunicaron oralmente, hasta que Pisístrato ordenó -hacia el año 540 a.C.- que se fijase su texto en forma escrita.

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La Ilíada y la Odisea (Obras escritas hacia el siglo IX-VIII a.C.)

Se afirma que la Ilíada es un relato militar y que la Odisea es como una novela de aventuras. También que la primera nos adentra en un mundo heroico, épico, en tanto la segunda nos revela la intimidad de la vida griega, y en ocasiones el mundo épico parece ser contemplado con cierta ironía. En ambas obras, junto a los héroes humanos, intervienen frecuentemente los dioses. La Ilíada refiere un episodio de la guerra de Troya (Ilión), ciudad que sufrió un sitio de diez años: la cólera de Aquiles con Agamenón y su decisión de retirarse del combate con gran perjuicio para los griegos. Esto acarrea la intervención y muerte de Patroclo a manos de Héctor, troyano. Deseoso de vengar la desaparición de su amigo, Aquiles vuelve a tomar las armas,

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Odiseo llega a su palacio de Ítaca. Pintura del siglo V a. de C.

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mata a Héctor y escucha las súplicas de Príamo, rey de Troya y padre de Héctor. Tan sencillo argumento se enriquece con una serie de pormenores de índole bélica y momentos en que la comprensión de la naturaleza humana que tiene el poeta dibuja escenas de una intensidad y belleza excepcionales, como la separación de Héctor y Andrómaca. Dividida en veinticuatro cantos, la Odisea nos cuenta las aventuras de Ulises (en griego Odysseus). Tras la toma de Troya, Ulises embarca para regresar a Ítaca, su patria, y recorre los mares y las islas desconocidos, viéndose envuelto en toda clase de aventuras, incluso el descenso a los infiernos. En su larga ausencia, Penélope, la esposa fiel, es cortejada por innumerables y ambiciosos pretendientes, a quienes daba largas valiéndose de su labor: prometía una elección al término de su tejido, un tejido que hilaba durante el día y deshacía en la noche. Al regresar a su patria, Odiseo, ayudado por su hijo Telémaco, se venga con justicia de aquéllos que asediaron a Penélope y quisieron despojarlo de sus bienes.

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Homero y la cuestión homérica

Al igual que los orígenes de la épica griega, la figura de Homero se desdibuja en la sombra y el misterio. Las escasas noticias que tenemos de su existencia no dejan de estar marcadas por la leyenda. Ciego, peregrino y pobre, se piensa que sus días transcurrieron hacia el año 900 antes de la era cristiana. Quizá una ciudad del Asia Menor fue su cuna, aunque ese honor se lo disputaron siete ciudades, entre ellas Rodas y Atenas. A Homero también se atribuye la paternidad de treinta y tres himnos: los himnos homéricos. En la antigüedad nadie dudó que Homero compusiese la Ilíada y la Odisea. Fueron los eruditos alejandrinos los que plantearon que ambos poemas no eran obras de un mismo autor, por lo que se les llamó «separadores». Sin

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embargo, el gramático Aristarco sostuvo que la Ilíada era fruto de juventud y la Odisea obra de la madurez y ancianidad del gran ciego. Un estricto filólogo alemán, Augusto Wolff, renovó en el siglo XVIII la discusión, sosteniendo que los textos homéricos eran producto de la fusión de poemas independientes que, a través de la repetición de los rapsodas, devinieron en lo que son en la actualidad. A partir de las tesis de Wolff, de la visión romántica del pueblo como creador coral y de tantos otros matices de intepretación, mucho se ha especulado sobre este tema. Los estudios definitivos de Ramón Menéndez Pidal acerca del romancero ponen fin a este debate, a la vez que trazan la pauta para el cabal entendimiento de la epopeya tradicional. Las obras fueron escritas por uno o varios autores, que contaron con toda una tradición anterior.

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La poesía épico-didáctica y Hesíodo

La austera Grecia continental fue el paisaje donde surgió la poesía épico-didáctica, que expresa la urgencia de fijar los conocimientos y la experiencia, y derivar de ellos una enseñanza. El máximo representante de este último género fue Hesíodo, que vivió en algún lugar de Beocia unos ochocientos años antes de nuestra era. A Hesíodo se deben dos grandes poemas: la Teogonía, o «linaje de los dioses», y Los trabajos y los días. El primero cuenta el origen del mundo y relaciona los dioses y sus atributos. El segundo es un texto rico en recomendaciones y noticias sobre los trabajos agrícolas, la navegación, la conducta y las virtudes del hombre y la religión.

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Hesíodo. Busto, siglo III a. de C.

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La lírica

No resulta exagerada la afirmación de que la lírica griega sintetiza tres artes que son determinantes en esta civilización: la poesía, la música y la danza. Vinculada al canto desde sus orígenes hasta el auge de los tiempos alejandrinos, la expresión lírica se designa según el instrumento musical rector, como: citarodia, de utilizar la cítara o lira, y aulodia, si se vale de la flauta. La lírica, y en general toda la poesía griega -así como la romana-, se basa en la cantidad; sus versos se componen de pies (formados por sílabas breves y largas). Los hay de distintos tipos. El más importante de los tempranos líricos griegos fue Terpandro (siglo VII a.C.), que compuso cantos litúrgicos: los nomos.

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Poesía y poetas elegíacos

La elegía es una composición en estrofas de dos versos, un hexámetro (6 pies: dáctilos (- vv) y espondeos (– –)); y un pentámetro (de 5 pies), y es una de las dos expresiones del lirismo jonio. Compuestas para ser declamadas, con la impronta de la versificación épica, las elegías se ocupaban de la política, la guerra, el amor y de temas morales. Entre los grandes elegíacos griegos es preciso citar en primer término a Calinos de Éfeso (siglo VIIa.C.), creador de la elegía política, aunque la gloria de Tirteo (siglo VII) -que exaltó el patriotismo y las virtudes marciales- es más rotunda. Mimnerno, (siglo VII a.C.) cuya obra sólo se conoce fragmentariamente, dotó al género de melan-

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cólica ternura. El sabio legislador ateniense Solón (siglo VII a.C.) cultivó en sus Exhortaciones a los atenienses y sus Exhortaciones a sí mismo la reflexión político patriótica, e introdujo en sus versos de sentencioso carácter una preocupación ética que Jenófanes (556-475 a.C.) haría suya. Aristocrático y pesimista, Teognis (siglo VII a.C.) expuso en tonos sombríos su concepción de la vida y la sociedad.

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Tañedora de lira. Pintura de un ánfora ática, siglo V a. C.

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LA LÍRICA El nombre del género denota su origen musical: proviene de lira, el instrumento con que, en la antigüedad griega, se acompañaba a las canciones breves. Al independizarse de la apoyatura en un instrumento musical, se convirtió en rasgo peculiar suyo la intencionalidad y sistematicidad en la explotación de los recursos de musicalidad del lenguaje simultáneamente con los que le son inherentes (lenguaje tropológico). Así, se ha convertido en el vehículo idóneo de expresión de las emociones, sentimientos y vivencias espirituales de todo tipo suscitados en el ánimo del poeta fundamentalmente por dos circunstancias: el amor y la muerte. Ello explica que durante muchos siglos el poeta prefiriera el verso, con su métrica y su rima, a la prosa, y que aún hoy conserva, como uno de sus recursos más preciados, el ritmo del verso libre.

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La poesía yámbica y Arquíloco de Paros

Con una ligereza ausente del hexámetro y el dístico (dos versos desemejantes), el pie llamado yambo (- v) era más favorable al tema satírico y orgiástico. Oriundo de Paros, aventurero turbulento, Arquiloco (siglo VII a.C.) es el máximo representante de esta poesía, siendo célebres las sátiras que compuso contra el padre de la mujer que amaba y también contra ésta. Gran parte de su obra se ha perdido.

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El lirismo eólico o lesbio

Poesía llena de exaltación y amplio espectro temático, se caracteriza por su sensualidad. Es originaria de la isla de Lesbos, utilizó el dialecto que allí se hablaba y era interpretada por un cantante único.

LA TRAGEDIA Primera manifestación de la literatura teatral o dramática en Grecia. Tiene su origen en la Canción del macho cabrío (de donde proviene su etimología: tragós, macho cabrio; ode, canción), ditirambo que se entonaba durante las fiestas dionisíacas. Tespis, Esquilo, Sófocles y Eurípides enriquecieron progresivamente su representación. Se da en ella la presencia simultánea de los motivos objetivos -los hechos, la acción- y subjetivos -ideas y sentimientos de los personajes- que caracterizan a la épica y la lírica, respectivamente,

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pero en la representación de una acción real en la que el protagonista se debate víctima de un destino ineseapable -moira o ananké-. Aristóteles siente la pauta de las »tres unidades» -de lugar, de tiempo y de acciónque regiría durante siglos la representación teatral. De tono elevado y solemne, sus personajes son siempre de encumbrada categoría, cuando no héroes o semidioses. Su acción sencilla y grandiosa a un tiempo, culmina en un desenlace terrible o catástrofe. La tragedia del barroco y el neoclásico -Shakespeare, Racinesustituye con las pasiones de los personajes la función de la moira o ananké en la tragedia griega.

Las tres figuras cumbre de esta modalidad son Alceo, Safo y Anacreonte. Alceo (siglo VI), creó la estrofa alcaica (la estrofa alcaica está formada por 3 yambos (- v), un anapesto (vv -) y un yambo). Y se ocupó de temas político-militares, eróticos y festivos. Safo (siglo VI a.C.) es la gran poetisa de la antigüedad. Autora de epitalamios, himnos y odas -se la considera creadora de la estrofa sáfica-, cantó con elegante vehemencia y profundidad psicológica al amor. La

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leyenda que se creó en torno a su figura pregona que se privó de la vida arrojándose a las olas. Anacreonte (560-478 a.C.) es el poeta de los placeres y la alegría. De sus cinco libros sólo se conservan fragmentos. Su nombre en una colección de versos que sin duda son muy posteriores a su tiempo, cimentó su fama y originó la poesía anacreóntica.

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Aquilio dando muerte a la amazona Pentesilea, según el relato de la “Etiópida” de Arctino de Mileto, continuación la narración homérica de la “Ilíada”.

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La lírica coral o dórica

Surgida en el seno de los dorios, pueblo originario del norte de Grecia, siempre utilizó su dialecto. Los poemas eran interpretados por un coro, y se dividían en tres partes: estrofa, antiestrofa y epodo. De gran variedad, fue germen de varios géneros: los nomos (canto litúrgico, como los compuestos por Terpandro); peán (canto en honor de Apolo y más tarde en honor de cualquier dios); ditirambo (composición dedicada a Dionisos); encomio (canto en honor de algún personaje); epitalamio (canto en celebración de una boda); trenos (lamento por alguna desgracia) y epinicio (canto de victoria).

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Entre los poetas que cultivaron este género sobresalen Estesícoro (siglo VII aC.), Simónides de Ceos (s. V a.C.), Alcman (s. VII a.C.) Baquílides (505-430? a.C.), sobrino de Simónides, pero el más grande de todos es Píndaro.

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Píndaro

Nacido en Tebas (520?-442 a.C.), educado en Atenas, disputado por reyes y poderosos, la gloria fue el signo de su vida. Autor de diecisiete libros, la fatalidad sólo ha conservado cuatro: sus epinicios, que celebran el triunfo de los vencedores en las festividades panhelénicas, y que se dividen en Olímpicas Píticas, Nemeas e Ístmicas. En sus poesías hay también comentarios religiosos, políticos y morales. Píndaro es notable por la altura y dignidad de su pensamiento religioso. La audacia estilística, la imaginación incontenible, la abstracción, la sutileza y su fidelidad a los preceptos tradicionales de su arte le caracterizan.

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Muchas de las odas de Píndaro celebran victorias deportivas logradas en carreras de carro: El aurica, escultura en bronce de hacia 470 a. C.

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La poesía dramática: origen, carácter y desarrollo

La poesía dramática griega tiene su origen en las festividades consagradas a Dionisos, y es resultante de los ditirambos entonados en esas celebraciones. En estas ceremonias, que pronto adquirieron el carácter de espectáculo, el director del coro (corifeo) dialogaba con los integrantes del grupo de cantores y danzantes. El tiempo determinó que este desarrollo pasara del tono religioso a la realidad dramática, surgiendo la tragedia. Las representaciones se realizaban al aire libre, junto al templo tutelar, en la plaza pública, y eran presenciadas desde las graderías semicirculares que dominaban la escena.

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Se considera a Tespis -que vivió hacia el año 550 a.C.- el primer gran organizador de una representación. Tespis sentó las bases del diálogo, añadiendo al binomio corifeo-coro, el protagonista: centro de la acción. A partir de este aporte, el nuevo género evolucionó con rapidez y se hizo más complejo, abordando temas de la tradición heroica y legendaria, y perdiendo sus rasgos iniciales hasta llegar a nosotros en la compleja plenitud que ejemplifican las tragedias de Esquilo, Sófocles y Eurípides. Para los griegos, la evocación de unos temas que conocían de manera perfecta no era lo esencial. Por el contrario, lo que los espectadores iban a buscar era la dignidad de la concepción y el tratamiento escénico, factóres a los que contribuían el uso de la máscara -que insinuaba unos rasgos conservados por la memoria- y el coturno que elevaba la estatura, haciéndola más afín a la de los dioses, los reyes y los héroes. El destino es, para los griegos, una fuerza que escapa incluso al dominio de los dioses. Esa ananké es el aliento de la tragedia, residiendo la justificación y grandeza del héroe en el enfren-

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tamiento a su destino proceso que precipita el nudo trágico. La tragedia griega, además de su sentido de espectáculo, tiene un fin purificador que es producto de la intensidad dramática de la misma. La representación se inicia con una o varias intervenciones de los actores, el prólogo; después entra el coro, llamándose a su canto inicial párodo. El hecho escénico continúa hasta su culminación siguiendo este esquema. Es significativo señalar que en la tragedia los personajes se expresaban en el dialecto ático, mientras que los coros utilizaban el dórico. Anualmente, los poetas griegos presentaban una trilogía (grupo de tres tragedias) a un concurso convocado con motivo de las festividades mayores. En épocas posteriores estas trilogías devinieron en tetralogías, pues incluyeron una comedia o un drama satírico.

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Una de las nueve Musas de Atenas. Relieve del siglo I a. C.

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Esquilo

Ateniense de alto linaje (525-456 a.C.), soldado en la época más brillante de las armas griegas, Esquilo es el verdadero creador de la tragedia. Sabemos que escribió casi noventa piezas, pero sólo se conservan siete: la trilogía La Orestíada (Agamenón, Las Coéforas y Las Euménides) y cuatro obras completas en sí mismas aunque también integraban distintas trilogías: Prometeo encadenado, Las suplicantes, Los siete contra Tebas y Los persas. La producción esquiliana se caracteriza por la religiosidad, la grandeza, la dignidad y el coraje de sus personajes, y ha sido trazada más con un sentido coral que detallístico. Esquilo, introduciendo un segundo actor, independizó el diálogo del coro; y con un profundo senti-

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do de las leyes escénicas incorporó numerosos recursos que en el uso de las máscaras, en la decoración y maquinaria, etc., dieron plenitud propia al espectáculo. Convencido de la existencia de un ineludible orden moral superior a la voluntad de la criatura, sus piezas nos comunican un final sentido de la justicia.

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LA COMEDIA Modalidad de representación escénica aparecida con posterioridad a la tragedia. Su nombre deriva de las raíces griegas come, aldea y ode, canción. Canción de aldea, pues, burlesca y satírica que los mozos tiznados con las heces del vino cantaban mientras danzaban durante las festividades dionisíacas. Al canto inicial se agregó el bufón, y de la carreta itinerante se pasó al escenario. Sus temas ironizaban y satirizaban a jueces, filósofos y gobernantes en un estilo familiar y parco en adornos, preferentemente en prosa. En los personajes se manifiestan destacadamente las costumbres, vicios y virtudes de la vida corriente, lo que era recibido con gran regocijo por el público. Sus situaciones son siempre cómicas y el final siempre feliz; la acción más compleja que en la tragedia, pero menos grandiosa.

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Sófocles (496-406 a.C.)

Amigo de Pericles y Herodoto, activo participante en la vida púlblica, Sófocles fue el hombre que «hizo descender la tragedia del cielo a la tierra». Considerado el más perfecto de los poetas clásicos de la antigüedad, convirtió el diálogo en trílogo, disminuyó el papel del coro, enriqueció la psicología de los personajes y utilizó con brillantez la ironía dramática. Sófocles compuso más de cien obras, aunque sólo han llegado a nosotros siete, las que forman el ciclo de Edipo: Edipo rey, Edipo en Colona y Antígona, y Electra, Ayax, Filoctetes y Las Traquinias.

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Eurípides (480-406 a.C.)

No es equivocado considerar a este hombre, que recibió una educación esmerada, nuestro contemporáneo: es el más moderno de los trágicos. Amigo de filósofos y profundo conocedor del alma humana, Eurípides desnuda a sus personajes y los hace vivir no ya como peones del destino, sino como criaturas envueltas en el torbellino de las pasiones. En su producción, la importancia del coro se reduce a lo imprescindible y la acción gana la riqueza de la complejidad de lo cotidiano cuando alcanza sus límites. La crudeza, el efectismo, la sinceridad de Eurípides, le valieron duras críticas por parte de sus contemporáneos, pero el tiempo dio razón a sus concepciones trágicas. Compuso noventa y dos

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obras, pero sólo perduran: Medea, Hipólito, Las bacantes, Alceste, Ion, Ifigenia en Aulide, Ifigenia en Táuride, Hécuba, Andrámaca, Las troyanas, Helena, Electra, Orestes, Las fenicias, Las suplicantes, Hércules furioso y Las heráclidas. Sobre la actuación de los tres grandes trágicos, es ilustrativo citar la opinión de Sófocles: «Esquilo pinta más grandes a los hombres de lo que pueden ser, yo los pinto como deberían ser y Eurípides los pinta como son».

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La comedia: orígenes, períodos, comediógrafos

La comedia es de origen rural y se vincula a las celebraciones dionisíacas que ponían fin a la vendimia. Epircano de Siracusa dio rango literario al género en Sicilia entre los siglos V y VI, y posteriormente la comedia se impuso en Atenas, donde adquirió todo su esplendor. Al considerar el proceso de la comedia podemos fijar dos períodos históricos: el de la comedia antigua y el de la comedia nueva. La comedia antigua (en la época de Aristófanes) no se recata en su burla y ataque a hombres e instituciones: es esencialmente un vehículo de violenta crítica social y política, que puede llegar hasta la grosería. Su agresividad es tan mar-

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cada, que el retrato de quienes son objeto de su sátira comienza por la autenticidad de los nombres. El más importante de los comediógrafos de este período es Aristófanes. Autor precoz, enemigo declarado de la democracia, conservador intransigente que soñaba con las glorias y la vida de un pasado irrecobrable, Aristófanes (450?-385) es un satírico eminente, capaz de llegar hasta el mal gusto, pero que a pesar de su exageración y sarcasmo supremos, supera sus defectos por su sentido de la observación y su comicidad. De las cuarenta y cuatro comedias que escribió tan sólo conocemos once: Las nubes, Lisístrata, Las avispas, Las ranas, Las aves, Las Tesmofortazusas, Los Acarneos, La paz, La riqueza y La asamblea de mujeres (critica la guerra, a los políticos, a las mujeres, las clases sociales, etc.). La coniedia nueva florece entre los años 330 y 270 a.C., y es consecuencia de la prohibición por parte del gobierno de cualquier ataque o referencia a figuras púlblicas. Esto hizo que los autores se dedicasen a los problemas y vicios

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genéricos, lo que condujo a la comedia a ganar en matices, fineza y hondura psicológica. Menandro (342-292 a.C.) es el gran comediógrafo de esta época. A lo largo de su armoniosa vida compuso casi un centenar de obras que ilustran su absoluto y generoso conocimiento del hombre, y que constituyen un ejemplo excepcional del arte de trasladar la realidad al ámbito de la escena. Los personajes del género son ahora el esclavo astuto, el joven licencioso, la alcahueta, el soldado fanfarrón, etc.

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La prosa La aparición de la prosa entre los griegos es tardía, como en otras muchas literaturas, datando las primeras noticias sobre su existencia del siglo VII a.C., época en que comienza a difundirse la escritura. Si bien sus inicios se sitúan en Jonia, la prosa griega alcanza su perfección en Atenas. La historia, la oratoria y la filosofía son ejemplos del nivel que llegó a adquirir.

La historiografía Se llama a los primitivos historiadores grie-

gos logógrafos (de logos, argumento, discusión), y sus escritos son crónicas familiares, urbanas y religiosas. Pueblo de viajeros y navegantes, los griegos sintieron pasión por las relaciones de viajes, que se conocen como periplos.

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Herodoto (484-425 a.C.) es el primer gran historiador griego y se le considera el «padre de la historia». Fue contemporáneo de Eurípides y Sófocles. Su obra Historias, dividida en nueve libros en honor de las musas, se considera que es la primera historia universal y, por la amplitud de sus temas, es fuente esencial para el conocimiento de Grecia, Asia Menor, Egipto y las tierras que están entre el Indo y el Mediterráneo aunque sus páginas abunden en noticias que no admitiría una concepción científica del género. General en la guerra del Peloponeso, que historió con maestría en su Guerra del Peloponeso (inconclusa), Tucídides (460-402 a.C.) fue un profundo conocedor de los hombres y los hechos, y su obra se caracteriza por el rigor a la hora de organizar su información, lo ajustado de la interpretación psicológica de personalidades y la precisión de acontecimientos, su imparcialidad y la brillantez de su estilo, que sería imitado por los latinos y, posteriormente, por los occidentales.

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Discípulo de Sócrates, servidor de Ciro en Persia, Jenofonte (425?-345 a.C.), que se hizo cargo del ejército griego tras la derrota en Cuxana, y regresaba a Grecia, narró el asunto en su Anábasis. Siglos después un escritor francés, Saint-John Perse (seudónimo de Alexis Léger, 1887-1975), escribiría un largo poema sobre la fundación de una ciudad con el mismo título: Anábasis. Jenofonte fue contemporáneo de Platón. Superficial, elegante, ameno, fue modelo para muchos historiadores. Su obra es copiosa. Escribió una Apología de Sócrates, La Ciropedia donde novela la vida del rey persa Ciro y las Historias griegas, que prolongan la labor de Tucídides, mas sin alcanzar su dimensión, etc. El estilo de Jenofonte recibió el nombre de aticismo.

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La filosofía

La riqueza del pensamiento filosófico griego es pilar de la cultura y civilización del Occidente, e influyó de manera decisiva en el destino y desarrollo de la prosa ática. La exposición filosófica griega se caracteriza por su profundidad y belleza literarias. Es imposible comprender a este pueblo admirable sin estar familiarizado con sus filósofos. Los filósofos griegos se preocuparon, durante el periodo cosmológico, por el principio de todas las cosas (escuela de Mileto, aproximadamente hacia el 600 a.C.); por la concepción de la realidad (escuela pitagórica y, posteriormente, la escuela eleática: Jenófanes (556-475 a.C.), Parménides (540-470 a.C.), Zenón (490-? a.C.) y

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Heráclito (540-475 a.C.); por otra parte, la escuela pluralista considera que la realidad está compuesta por múltiples elementos que se mezclan, sin desaparecer, en un movimiento continuo: Empédocles (s. V a.C.), Anaxágoras (500-428 a.C.), Demócrito (s. V a.C.). La filosofía, en una etapa posterior, se centra en el hombre: Sócrates (469-399 a.C.), Platón (427-347 a.C.), Aristóteles (384-322 a.C.). La teoría platónica del conocimiento, basada en la existencia de arquetipos ideales de los objetos de la realidad tendría notable influencia en corrientes estéticas surgidas en el Renacimiento; la Retórica de Aristóteles, donde se formula la primera teoría del lenguaje metafórico, es obra de consulta obligada aún en nuestros días. La filosofía posterior, llamada post-aristotélica o helenística, se caracteriza, fundamentalmente, por una búsqueda de la felicidad (escepticismo, epicureísmo y estoicismo); esta última corriente de pensamiento influiría en los pensadores romanos: Epicteto (50-125 d.C.), Marco Aurelio (121-181 d.C.) y Lucio Anneo Séneca (4-65 d.C.).

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Desarrollo de la oratoria

El carácter y las instituciones del pueblo griego, su amor e inclinación al arte de la palabra, favorecieron, singularmente en Atenas, el desarrollo de la oratoria. El discurso era necesario para el brillante intercambio de ideas, imprescindible para participar en la vida oficial y, cuando las leyes se hicieron más complejas en correspondencia con la evolución social, para el litigio ante los tribunales, naciendo en esa circunstancia la oratoria forense. La oratoria formaba parte de la educación de la juventud, y Antifonte (640-558 a.C.) inauguró la primera escuela de Retórica. Su ejemplo proliferó en Grecia y

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pasó posteriormente a Roma. Entre los grandes oradores griegos se encuentran Solón (640-558 a.C.), Pisístrato (600-527 a.C.), tirano ateniense que mandó recopilar la Odisea y la Ilíada, Temístocles (525-460 a.C.), Pericles (499-429 a.C.). Se habla del siglo V como del siglo de Pericles: fue la época más brillante de Grecia. Lisias (458-378 a.C.), Isócrates (436-338), Isco, amigo de Filipo de Macedonia; pero el más admirable fue Demóstenes (384-322 a.C.). Huérfano y despojado de su patrimonio, con serias dificultades en el momento de hablar, se propuso con voluntad indoblegable prepararse para, llegado el momento, defender su causa ante los tribunales. Su constancia le valió el triunfo. Demóstenes es un eminente orador político, como demuestran sus Filípicas, contra Filipo de Macedonia y su intención de avanzar sobre Grecia Pero su obra maestra y las más admirable pieza oratoria de todos los tiempos es su discurso De la corona.

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LA ORATORIA

Cuando con la invención de la escritura todos los géneros literarios se hacen escritos, hay uno que, por su propia naturaleza, sigue siendo oral: la oratoria. Ésta comparte con los demás géneros el carácter artístico, pero es entre todos ellos el que tiene un propósito más utilitario. Si según la clasificación realizada por Karl Bühler de las funciones del lenguaje, la lírica se corresponde con la función expresiva y la épica y el drama con la denotativa, la oratoria se correspondería con la función apelativa.: su razón de existir es influir sobre el receptor del mensaje; moverlo, persuadirlo o disuadirlo. Digamos enseguida que esta correspondencia entre géneros literarios y funciones del lenguaje no tiene un carácter absoluto y tajante, sino de prevalencia, de mayor peso de una función dentro de un género, en el que siempre estarán presentes, en menor medida, las otras funciones. Atendiendo a la temática que aborda, aparecen los subgéneros: oratoria política, forense, académica y sagrada. La retórica suele dividir el discurso oratorio en cuatro partes: el exordio que prepara el ánimo del oyente; la proposición donde se presenta de manera clara y breve el asunto sobre el que ha de tratar el dis-

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curso; la confirmación, la parte argumental donde se prueba la proposición; y el epílogo o recapitulación de las razones expuestas. Entre los grandes oradores clásicos se cuentan los griegos Pericles, Demóstenes y Licurgo; y los romanos Catón, Cicerón y Julio César.

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El helenismo o período alejandrino

Las victorias de Alejandro Magno (356-323 a,.C.) extendieron por el Oriente Medio la civilización griega: Pérgamo, Éfeso, Antioquía, Rodas y Alejandría son los centros de la nueva cultura, que recibe el nombre de helenística y florece en Alejandría bajo los Tolomeos. Se trata del período helenístico. Este período se caracteriza, culturalmente, por el esplendor de la erudición, la historia, la filología y las ciencias. Pero esta difusión es paralela a un descenso en la tensión creadora en la propia Grecia: es el inicio de la decadencia (pérdida de autonomía en las ciudades-estado, falta de preocupación por los problemas de la polis, etc.). En el arte se rompen las

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normas clásicas, se produce un desequilibrio, una búsqueda de lo complicado. Alejandría fue un centro y foco cultural brillante. Su Biblioteca y su Museo preservaron para la posteridad el conocimiento de la Grecia clásica. Éstos son los tiempos de filólogos notables como Calímaco (310-240 a.C.) y Aristarco (217-145 a.C.). Aunque con una intensidad menor que la de los tiempos áureos, se cultivó la poesía épica. Su más destacado exponente es Apolonio de Rodas (295-215 a.C.), autor de la Argonáutica. La tragedia no se dilató en esta etapa, pero sí la comedia nueva. Calímaco, que dirigió la Biblioteca, compuso un Católogo de escritores griegos y cultivó la poesía lírica con delicadeza y estilo magnífico, siendo su más popular composición A la cabellera de Berenice. Pero es la poesía pastoril el género de este tiempo. Su gran cultivador fue Teócrito (310-250 a.C.), autor de los Idilios. Teócrito influirá en las Bucólicas de Virgilio y, mediante éste, en la literatura universal. Esta poesía perduraría a través de los siglos. Los historiadores abundaron en este período, siendo el más distinguido Polibio

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(210-120 a.C.) que compuso numerosas Historias plenas de justeza y conocimiento.

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El período greco-romano

En este tiempo las historias de Grecia y Roma comienzan a confundirse y concertarse hasta el surgimiento de la gran literatura latina. El griego es la lengua dominante y servirá para la difusión del cristianismo. Escriben en griego autores de Sicilia como Diodoro, o de Siria, como Luciano. Las figuras señeras de esta época son los historiadores: Diodoro de Sicilia (siglo 1 a.C.), enciclopedista; Estrabón (58-25), autor de una copiosa Geografía, y Flavio Josefo (37-97), a quien se deben los libros de las Guerras de los judíos. Pero sin lugar a dudas es Plutarco (48122) con las Vidas paralelas quien ha cautivado a la posteridad con sus páginas, fascinantes tratados de conducta ejemplificados a través de las

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jornadas simétricas de personalidades griegas y romanas. Junto a Plutarco es preciso citar a Luciano de Samosata (siglo II d.c.), el último clásico, cuya producción fue copiosa y nos legó unos brillantes Diálogos satíricos. Completan esta nómina: Arriano (poeta del siglo 1 a.C., tradujo las Geórgicas de Virgilio); Appiano (II a.C.); Pausanias (nació en el año 150 d.c.) cuya Descripción de Grecia sigue siendo un texto básico para el conocimiento arqueológico y artístico de este pueblo. En este período la filosofía deviene casi religión y está dominada por el pensamiento de Epicteto (50-125), esclavo liberado que cultivó el estoicismo; Marco Aurelio (121-181), emperador romano de origen español, estoico, autor de unos Pensamientos en griego, y Plotino (205-172 a.c.). En esta época se desarrolla la llamada novela griega: Leucipo y Clitofonte de Aquiles Tacio (II a.C.), las Etiópicas de Heliodoro (III d.c.). Este fenómeno había de servir de modelo a la posterior «novela bizantina»; Longo (s. III?) escribió Dafnis y Cloe, la primera novela pastoril.

ANTOLOGÍA

Pág. anterior: Saglo y Alceo. Vaso ático, siglo V a. de C.

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HOMERO Ilíada CANTO XIX Aquiles renuncia a la cólera La Aurora, de azafranado velo, se levantaba de la corriente del Océano para llevar la luz a los dioses y a los hombres, cuando Tetis llegó a las naves con la armadura que Vulcano le entregara. Halló al hijo querido reclinado sobre el cadáver de Patroclo, llorando ruidosamente, y en torno suyo a muchos amigos que derramaban lágrimas. La divina entre las diosas se puso en medio, asió la mano de Aquiles, y hablóle de este modo: ¡Hijo mío! Aunque estamos afligidos, dejemos que ése yazga, ya que sucumbió por la voluntad de los dioses; y tú recibe la armadura fabricada por Vulcano, tan excelente y bella como jamás varón alguno la haya llevado para proteger sus hombros. La diosa, apenas acabó de hablar, colocó en el suelo delante de Aquiles las labradas armas, y éstas resonaron. A todos los mirmidones les sobrevino temblor sin atreverse a mirarlas de frente, huyeron espantados. Mas Aquiles, así que las vio, sintió que se le recrudecía la cólera; los ojos le centellearon terriblemente, como una llama, debajo de los párpados; y el héroe se gozaba teniendo en

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Aquileo, héroe de la Ilíada. Detalle de una ánfora. 450 a. de C.

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las manos el espléndido presente de la deidad. Y cuando hubo deleitado su ánimo con la contemplación de la labrada armadura, dirigió a su madre estas aladas palabras: ¡Madre mía! El dios te ha dado unas armas como es natural que sean las obras de los inmortales y como ningún hombre mortal las hiciera. Ahora me armaré, pero temo que en el entretanto penetren las moscas por las heridas que el bronce causó al esforzado hijo de Menetio, engendren gusanos, desfiguren el cuerpo -pues le falta la vida- y corrompan todo el cadáver., Respondióle Tetis, la diosa de los argentados pies: Hijo, no te preocupe el ánimo tal pensamiento. Yo procuraré apartar los importunos enjambres de moscas que se ceban en la carne de los varones muertos en la guerra. Y aunque estuviera tendido un año entero, su cuerpo se conservaría igual o más fresco que ahora. Tú convoca ajunta a los héroes aqueos, renuncia a la cólera contra Agamenón, pastor de pueblos, ármate en seguida para el combate y revístete de valor,. Dicho esto, infundióle fortaleza y audacia, y echó unas gotas de ambrosía y rojo néctar en la nariz de Patroclo, para que el cuerpo se hiciera incorruptible. El divino Aquiles se encaminó a la orilla del mar, y dando horribles voces convocó a los héroes aqueos. Y cuantos solían quedarse en el recinto de las neves, y hasta los pilotos que las gobernaban y como despenseros distribuían los víveres, fueron entonces a la junta; porque

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Aquiles se presentaba después de haberse abstenido de combatir durante mucho tiempo. El intrépido Tidida y el divino Odiseo, ministros de Ares, acudieron cojeando, apoyándose al arrimo de la lanza -aún no tenían curadas las graves heridas- y se sentaron delante de todos. Agamenón rey de hombres, llegó el último y también estaba herido, pues Coón Antenórida habíale clavado su broncínea pica. Cuando todos los aqueos se hubieron congregado, levantándose entre ellos, dijo Aquiles, el de los pies ligeros: ¡Atrida! Mejor hubiera sido para entrambos continuar unidos que sostener, con el corazón angustiado, roedora disputa por una doncella. Así la hubiese muerto Artemisa en las naves con una de sus flechas el mismo día que la cautivé al tomar a Lirneso; y no habrían mordido el anchuroso suelo tantos aquivos como sucumbieron a manos del enemigo mientras duró mi cólera. Para Héctor y los troyanos fue el beneficio, y me figuro que los aqueos se acordarán largo tiempo de nuestra altercación. Mas dejemos lo pasado, aunque nos hallemos afligidos, puesto que es preciso refrenar el furor del pecho. Desde ahora depongo la cólera, que no sería razonable estar siempre irritado. Mas, ea, incita a los aqueos, de larga cabellera, a que peleen; y veré, saliendo al encuentro de los troyanos, si querrán pasar la noche junto a los bajeles. Creo que con gusto se entregará al descanso el que logre escapar del feroz combate, puesto en fuga por mi lanza.

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Así habló; y los aqueos, de hermosas grebas, holgáronse de que el magnánimo Pelida renunciara a la cólera.

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Busto de Homero.

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HOMERO RAPSODIA IX Encuentro con Polifemo Odisea (fragmento) Y tan luego como llegamos a dicha tierra, que estaba próxima, vimos en uno de los extremos y casi tocando el mar una excelsa gruta, a la cual daban sombra algunos laureles: en ella reposaban muchos hatos de ovejas y de cabras, y en contorno había una alta cerca labrada con piedras profundamente hundidas, grandes pinos y encinas de elevada copa. Allí moraba un varón gigantesco, solitario, que entendía en apacentar rebaños lejos de los demás hombres, sin tratarse con nadie, y apartado de todos ocupaba su ánimo en cosas inicuas. Era un monstruo horrible y no se asemejaba a los hombres que viven de pan, sino a una selvosa cima que entre altos montes se presentase aislada de las demás cumbres. Entonces ordené a mis fieles compañeros que se quedasen a guardar la nave, escogí los doce mejores y juntos echamos a andar, con un pellejo de cabra lleno de negro y dulce vino que me había dado Marón, vástago de Evangetes y sacerdote de Apolo, el dios tutelar de Ismaro, porque, respetándole, lo salvamos con su mujer e hijos, que

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vivían en un espeso bosque consagrado a Febo Apolo. Hízome Marón ricos dones, pues me regaló siete talones de oro bien labrado, una crátera de plata y doce ánforas de un vino dulce y puro, bebida de dioses, que no conocían sus siervos ni sus esclavas, sino tan sólo él, su esposa y una despensera. Cuando bebían este rojo licor, dulce como la miel, echaban una copa del mismo en veinte de agua, y de la crátera salía un olor tan suave y divinal que no sin pena se hubiese renunciado a saborearlo. De este vino llevaba un gran odre completamente lleno y además viandas de un zurrón, pues ya desde el primer instante se figuró mi ánimo generoso que se nos presentaría un hombre dotado de extraordinaria fuerza, salvaje e ignorante de la justicia y de las leyes. Pronto llegamos a la gruta; mas no dimos con él, porque estaba apacentando las pingües ovejas. Entramos y nos pusimos a contemplar con admiración y una por una todas las cosas: había zarzos cargados de quesos; los establos rebosaban de corderos y cabritos, hallándose encerrados separadamente los mayores, los medianos y los recentales, y goteaba el suero de todas las vasijas, tarros y barreños, de que se servía para ordeñar. Los compañeros empezaron a suplicarme que nos apoderásemos de algunos quesos y nos fuéramos, y que luego, sacando prestamente de los establos los cabritos y los corderos, y conduciéndolos a la velera nave, surcáramos de nuevo el salobre mar. Mas yo no me dejé persuadir -mucho mejor hubiera sido seguir su consejo- con el

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propósito de ver a aquél y probar si me ofrecería los dones de la hospitalidad. Pero su venida no había de serles grata a mis compañeros. Encendimos fuego, ofrecimos un sacrificio a los dioses, tomamos algunos quesos, comimos y le aguardamos, sentados en la gruta, hasta que volvió con el ganado. Traía una carga de leña seca para preparar su comida y descargóla dentro de la cueva con tal estruendo que nosotros, llenos de temor, nos refugiamos apresuradamente en lo más hondo de la misma. Luego metió en el espacioso antro todas las pingües ovejas que tenía para ordeñar, dejando a la puerta, dentro del recinto de las altas paredes, los carneros y los bucos. Después cerró la puerta con un pedrejón grande y pesado que llevó a pulso y que no hubiesen podido mover del suelo veintidós sólidos carros de cuatro ruedas: ¡tan inmenso era el peñasco que colocó a la entrada! Sentóse en seguida, ordeñó las ovejas y las baladoras cabras, todo como debe hacerse, y a cada una le puso su hijito. A la hora, haciendo cuajar la mitad de la blanca leche, la amontonó en canastillos de mimbre y vertió la restante en unos vasos para bebérsela y así le serviría de cena. Acabadas con prontitud tales faenas, encendió fuego, y al vernos nos hizo estas preguntas: Polifemo - ¡Oh, forasteros! ¿Quiénes sois? ¿De dónde llegasteis navegando por húmedos caminos? ¿Venís por algún negocio o andáis por el mar a la ventura, como los piratas que divagan, exponiendo su vida y produciendo daño a los hombres de extrañas tierras?

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Odiseo y las sirenas. Detalle de un vaso griego

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Así dijo. Nos quebraba el corazón el temor que nos produjo su voz grave y su aspecto monstruoso. Mas con todo eso, le respondí de esta manera: Odiseo. -Somos aqueos a quienes extraviaron, al salir de Troya vientos de toda clase, que nos llevan por el gran abismo del mar, deseosos de volver a nuestra patria, llegamos aquí por otra ruta, por otros caminos, porque de tal suerte debió de ordenarlo Zeus. Nos preciamos de ser guerreros de Agamenón Atrida, cuya gloria es inmensa debajo del cielo - ¡tan grande ciudad ha destruido y a tantos hombres ha hecho perecer!-, y venimos a abrazar tus rodillas por si quisieras presentarnos los dones de la hospitalidad o hacernos algún otro regalo, como es costumbre entre los huéspedes. Respeta, pues a los dioses, varón excelente, que nosotros somos ahora tus suplicantes. Y a suplicantes y forasteros los venga Zeus hospitalario, el cual acompaña a los venerandos huéspedes.

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PÍNDARO ENCOMIO DE TEÓXENO DE TÉNEDOS En su justo momento debiste los frutos de amor cosechar, oh corazón, en el tiempo de tu juventud. Mas quien, mirando los rayos que destellan en los ojos de Teóxeno, no siente el oleaje del deseo amoroso en su alma, tiene forjado de bronce o de hierro su negro corazón, en la llama de una frígida fragua, desamparado de Afrodita, la de vivaces párpados. O acaso se tortura de modo brutal en afán de riquezas o tras el femenino impudor acarrea su alma con trabajo servil toda su ruta. Pero yo, como devorado por esa pasión, como la cera de las santas abejas, me derrito, cuando veo la frescura de la adolescencia en los miembros de los muchachos Así ahora habitan en Ténedos la Persuasión y la Gracia, que acompañan al hijo de Agesilao.

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SÓFOCLES

Edipo rey (Final) EDIPO.-No habría sido asesino de mi padre, ni esposo de la que me dio el ser. Ahora soy un maldito de los dioses, hijo de madre impura y esposo de mi madre. Y si hay un infortunio que sea mayor que otro, a Edipo en suerte ése ha tocado. CORIFEO.-No puedo yo decirte que obraras cuerdamente, pues te sería mejor no ser que vivir ciego. EDIPO.-No me enseñes que no es lo mejor esto que he hecho ni me des más consejos. Porque no sé con qué ojos mirando hubiera contemplado a mi padre, cuando, muriendo, llegase a la mansión de Hades, ni tampoco a mi madre desdichada, pues con ambos he realizado crímenes que no se pagan con la horca. ¿Y acaso era deseable la vista de mis hijos, nacidos cual nacieron? No con mis ojos; ni la ciudad, ni sus murallas, ni las estatuas de los dioses; de todas estas cosas yo, el más noble de los hijos de Tebas, me he privado a mi mismo al decir yo mismo que todos se apartaran del impío, del que los dioses han declarado impuro y de la raza de Layo. Tras dejar ver en mi esta mancha, ¿podría mirarlos de frente con mis

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ojos? Jamás; y si pudiera cerrarse la fuente del oir, que fluye en los oídos, no hubiera yo dejado de cerrar a ella mi cuerpo a fin de convertirme en ciego y sordo; pues es dulce que el pensamiento viva apartado de los males. ¡Oh Citerón! ¿Por qué me recibiste? ¿Por qué no me mataste al punto, a fin de no mostrar ante los hombres de quién había nacido? ¡Oh Pólibo y Corinto, y el que decían viejo palacio de mis padres, cuál me criasteis: una bella apariencia que ocultaba, como una cicatriz cerrada en falso, cosas infaustas! Ahora soy un impuro hijo de impuros. ¡Oh encrucijada, valle oculto, encinar, angostura del camino que bebisteis la sangre de mi padre, la mía, de mis manos! ¿Recordáis acaso qué cosas hice ante vosotros y cuáles hice luego aquí viniendo? ¡Oh boda, boda, me diste el ser y luego me diste hijos a mí y diste a luz padres, hermanos, hijos, sangre de familia, desposadas, mujeres, madres y cuantas cosas más vergonzosas tienen lugar entre los hombres! Mas no está bien decir lo que no lo está hacer; llevadme afuera, por los dioses, y escondedme o matadme o arrojadme a la mar, allí donde no volváis a verme. Acercaos, dignaos tocar a un hombre desgraciado; prestadme oído, no temáis, pues mis desgracias ninguno de los hombres, salvo yo, puede sufrirías. CORIFEO. -Con oportunidad respecto a lo que pides, aquí llega Creonte para obrar y resolver, pues él sólo ha quedado cual guardián del país en tu lugar. (Llega Creonte)

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EDIPO. -¡Ay! ¿Qué palabras le diré? ¿Qué podré hacer para inspirarle confianza? Porque antes he resultado injusto en todo contra él. CREONTE. -Edipo, no he venido a mofarme de ti, ni tampoco a injuriarte por tus faltas. Pero si no tenéis respeto a los hijos de los hombres, reverenciad al menos la llama del rey Helios, que todo lo alimenta; no dejéis ver así, al descubierto, a este ser impuro, pues ni la tierra, ni la lluvia sagrada, ni la luz le sufren. Metedle presto en el palacio; pues sólo la familia puede, sin faltar a la piedad, ver y escuchar los males de los suyos. EDIPO. -Por los dioses, puesto que me has quitado mi temor viniendo, tú el más noble, a mí, el más vil, concédeme una gracia; pues es en tu favor, no en el mio. CREONTE -¿Qué quiere obtener de mí? EDIPO. -Échame pronto del país, donde no pueda hablarme ninguno de los hombres. CREONTE. -Lo hubiera hecho ya, sábelo bien, si no quisiera preguntar al dios qué debe hacerse. EDIPO. -Ya se nos dijo su respuesta: que pereciese el parricida, yo, el hombre impuro. CREONTE. -Así se dijo; sin embargo, en esta situación, es preferible preguntarle qué hay que hacer. EDIPO. -Así, ¿vais a pedirle una respuesta sobre un infortunado como yo? CREONTE. -Si; tú ahora creerás al dios, seguramente.

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EDIPO. -Si; y te encomiendo y te suplico que entierres en la forma que quieras a la que está en la casa; pues con justicia puedes disponer el entierro de los tuyos. En cuanto a mí, jamás esta ciudad, cuna de mi familia, me cuente entre sus habitantes; deja que viva en las montañas, donde está el Citerón que llaman mío, que mi madre y mi padre me destinaron en vida cual mi tumba, para que muera según la voluntad de los que quisieron darme muerte. Mas, sin embargo, estoy seguro de esto: de que jamás pudo darme la muerte ni una enfermedad ni otra cosa alguna; pues habría muerto y no me habría salvado para una suerte tan cruel. Mas ea, cúmplase mi destino, sea cualquiera. De mis hijos varones no te cuides, Creonte; son hombres, de forma que no carecerán, dondequiera que estén, de recursos de vida. Cuidame, en cambio, de mis pobres niñas; jamás mi mesa, en la comida, ha estado sin ellas; y cuanto yo tocaba, de ello tenían su parte. Déjame que las toque con mis manos y llore mi desdicha. ¡Ea, rey, ea, noble de nacimiento! Si las toco con las manos, creeré tenerlas, como cuando veía. ¿Qué digo? ¿No escucho mis niñas queridas que lloran y Creonte, por piedad, envió las más queridas de entre mis hijos? ¿Digo verdad? (Entran las niñas) CREONTE. -La dices; yo he dispuesto esto así, conociendo el placer que tendrías, el que tuviste siempre.

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EDIPO. -Que seas feliz y que en este camino te guarde un dios mejor que el que me guardó a mí. ¿Dónde estáis, hijas mías? Llegaos a mí, venid a estas mis manos hermanas vuestras, que os han hecho el presente de que veáis así estos ojos, antes brillantes, del padre que os dio el ser; del que, mis hijas, sin verlo ni saberlo, he resultado padre vuestro e hijo de vuestra madre. Mi llanto es por vosotras -no puedo veros-; pienso en el resto de vuestra vida amarga, la que los hombres os harán vivir. ¿A qué reunión con las otras mujeres, a qué fiestas iréis de donde no volváis llenas de lágrimas en lugar de enteraros y ver? Y cuando os llegue el tiempo de la boda, ¿quién será él? ¿Quién va a desafiar tales infamias, ruina para mis hijos y los vuestros? Pues ¿qué desgracia falta? Vuestro padre dio muerte al suyo; y tuvo hijos de aquélla que le dio a luz y os engendró en aquélla de la que él nació. Tales infamias os echarán en cara: ¿quién será el que se case con vosotras? No existe, hijas; sino que, sin duda, os espera morir solteras y sin boda. ¡Hijo de Meneceo, puesto que eres el solo padre que les queda, pues nosotros, sus padres, hemos muerto, no dejes que marchen al azar como mendigas, sin marido, ellas que son de tu familia! ¡No las iguales a mi miseria! ¡Compadécete de ellas al verlas aún niñas sin ayuda de nadie salvo tú! ¡Dime que sí, Creonte generoso, ofreciéndome tu mano! A vosotras, mis niñas, si tuvierais ya discernimiento, yo os daría muchos consejos; pero ahora, haced conmigo esta plegaria: vivir donde

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el azar os lleve y encontrar mejor vida que el padre que os dio el ser. CREONTE. -Ya son bastantes lágrimas; entra dentro. EDIPO. -Fuerza es obedecer, aunque no lo deseo. CREONTE. -Todo es bueno en su tiempo. EDIPO. -¿Sabes a qué precio entraré? CREONTE. -Dilo, y entonces lo sabré. EDIPO. -Al del destierro. CREONTE. -Me pides algo que depende del dios. EDIPO. -Yo soy el más odiado por los dioses. CREONTE. -Bien; lo conseguirás. EDIPO. -¿Dices que sí? CREONTE. -Lo que no pienso no acostumbro decirlo. EDIPO. -Llévame ya. CREONTE. -Echa a andar; suelta a las niñas. EDIPO. -No me las quites. CREONTE. -No quieras tener poder en todo; pues que las cosas en que lo tuviste no te han seguido a lo largo de la vida. CORO. -Habitantes de Tebas, mirad: éste es Edipo. Descifrador de enigmas y hombre el más poderoso, todos a su fortuna miraban con envidia. ¡ Ved ahora a qué ola llegado ha de infortunio! No juzguéis, pues, dichoso a otro mortal alguno que no haya aun cantemplado aquel último día en tanto no termine su vida sin dolor.

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EURÍPIDES Hipólito (Primera parte)

(Escena en el monte) AFRODITA. -Soy Afrodita, diosa del amor, poderosa e ilustre entre los hombres y en el cielo; de cuantos moran entre los confines del Mar Negro y las columnas que sostiene Atlas, viendo la luz del sol, honro a los que reverencian mi poder y abato a cuantos me miran con desprecio. Sucede así a la raza de los dioses: se alegran si los hombres los veneran. Voy a hacer ver muy pronto la verdad de mis palabras; el hijo de Teseo y de la Amazona, Hipólito, nieto del noble rey Piteo, él solo entre los ciudadanos de Trozén dice que soy la más infame de las diosas: rechaza el lecho y no acepta la boda. Y, en cambio, reverencia a la hermana de Febo, a Artemis, la hija de Zeus, y la cree la más grande de las diosas. En los bosques frondosos, en compañía siempre de la diosa virgen, con los rápidos perros persigue a la carrera a las bestias salvajes, fiel a una amistad que es desigual para un mortal. Por esto no la quiero mal. ¿Por qué he de hacerlo? En cambio, por sus faltas contra mi castigaré a Hipólito este día; he adelantado ya mucho

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Busto de Eurípides

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en mi trama y no es grande el trabajo que me queda. Pues, en,verdad, yendo una vez Hipólito desde el palacio de Piteo al país de Pandión, el Ática, para ver en Eleusis los misterios sagrados e iniciarse en ellos, Fedra, la noble esposa de su padre, le vio y su corazón fue dominado por un amor cruel, por mi deseo. Ella, antes de venir a este país de Trozén, junto a la misma acrópolis de Palas Atenea, dando vista a esta tierra, fundó un templo en mi honor, llena de amor al extranjero; el nombre que le dio fue Templo de Afrodita en recuerdo de Hipólito. Y desde que Teseo, su marido, dejó Atenas huyendo de la mancha de la sangre derramada de sus primos los Palántidas y vino con su esposa a este país, resignándose al destierro por un año, desde entonces gimiendo, herida por la espuela del amor, muere la infortunada en silencio; ninguna de sus servidoras sabe su enfermedad. ¡Ah! Mas no debe acabar así este amor: voy a contárselo a Teseo. ¡Saldrá a luz! Y a mi enemigo, Hipólito, dará muerte su padre sirviéndose de aquellas maldiciones que Poseidón, el dios del mar, dio a Teseo cual presente: que hasta tres peticiones, ninguna fuera en vano. Fedra muere también: su fama queda intacta, mas, sin embargo, muere; no he de retroceder ante su daño dejando de sufrir mis enemigos castigo tal que quede yo vengada. Mas veo que viene el hijo de Teseo después del ejercicio de la caza, Hipólito; voy a alejarme, pues, de estos lugares. Una tropa de esclavos le sigue con clamor: honra a Artemis, la diosa, con sus cantos. No sabe que las puer-

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tas del dios de los infiernos están para él abiertas y que esta luz es la última que mira. (Desaparece Afrodita. Llega Hipólito) HIPÓLITO. -Venid, venid celebrando a la hija de Zeus celeste, a Artemis, con vuestro canto. CORO DE CAZADORES. -Señora, señora santa, de Zeus nacida, salve, doncella, salve; hija, Artemis, de Zeus y Leto, la más bella de las vírgenes, tú que en el inmenso cielo habitas en el palacio áureo de tu padre Zeus. Salve tú, la más hermosa de las diosas del Olimpo. HIPÓLITO. -Te traigo, oh diosa, esta corona que he trenzado con las flores de una pradera intacta, en la que ni el pastor osa entrar su rebaño ni ha penetrado el hierro; sólo la abeja, en primavera, recorre el prado sin hollar; la diosa Castidad lo riega con rocío del arroyo. Y los que nada han aprendido, sino que forma parte de su naturaleza ser virtuosos en todo, pueden cortar las flores; mas no está permitido a los impuros. Diosa querida, para ceñirte los cabellos de oro, acepta la corona de mi mano piadosa. Pues sólo yo entre los mortales tengo este privilegio de estar contigo y conversar contigo escuchando tu

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voz, aunque tu rostro no lo veo. Oh, sea el fin de mi vida como ha sido el comienzo. SERVIDOR. -Señor -sólo a los dioses hay que llamarlos dueños-, ¿querrías escucharme un buen consejo? HIPÓLITO. -Sí, en verdad; si no, sería yo un necio. SERVIDOR. -¿Conoces la costumbre de los hombres... HIPÓLITO. -No sé a cuál te refieres. ¿Qué preguntas? SERVIDOR. -... de odiar al arrogante y no cordial con todos? HIPÓLITO. -Con razón. ¿Qué hombre arrogante no resulta odioso? SERVIDOR. -¿Y hay un encanto en los que son afables? HIPÓLITO. -Mucho, y ganancia grande con pequeño esfuerzo. SERVIDOR. -¿No crees que entre los dioses también sucede esto? HIPÓLITO. -Sí, sí es verdad que a los mortales nos guía la conducta de los dioses. SERVIDOR. -¿Cómo, pues, eres arrogante y no honras a una diosa...? HIPÓLITO. -¿A cuál? Ten cuidado, no vaya a errar tu lengua. SERVIDOR. -A Afrodita, que está a la puerta de palacio. HIPÓLITO. -Soy casto y desde lejos la saludo.

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SERVIDOR. -Es augusta y gloriosa entre los hombres. HIPÓLITO. -Cada uno tiene afecto a diferentes dioses y mortales. SERVIDOR. -Ojalá seas feliz, teniendo la cordura que precisas. HIPÓLITO. -No me agrada ningún dios venerado por la noche. SERVIDOR. -Hay que honrar a los dioses, hijo mío. HIPÓLITO. -En marcha, cazadores, entrad en el palacio y preocupaos de la comida; es agradable, tras la caza, la mesa bien provista; y hay que almohazar a los caballos para, enganchándolos al carro, después que haya comido, ejercitarme en la carrera. (Reverencia a Artemis). A tu diosa Afrodita le digo adiós con gusto. (Irónico. Sale). SERVIDOR. -Yo, por mi parte -pues no hay que imitar a los que son aún jóvenes cuando proceden con soberbia-, humilde, cual esclavo, oraré ante tu imagen, diosa Afrodita. Da tu perdón si alguno, con corazón vehemente por su juventud, dice de ti palabras insensatas; finge que no le escuchas, pues deben ser los dioses más sabios que los hombres.

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HERODOTO Los nueve libros de la Historia

17. Mientras Mardonio acampaba en Beocia todos los demás griegos de esa región que abrazaron el partido persa proporcionaron tropas e invadieron Atenas junto con él sólo los foceos no les acompañaron (aunque también ellos eran partidarios decididos de Persia), si bien por necesidad y no de grado. Y no muchos días después de llegar a Tebas, vinieron mil hoplitas foceos al mando de Harmocides, el ciudadano más importante. Luego que también éstos llegaron a Tebas, Mardonio envió unos jine- tes y les ordenó que se estacionasen solos en la llanura. Cuando lo hicieron , compareció inmediatame toda 1a caballería. Y después eso, corrió por el ejército griego que militaba con los persas el rumor de que flecharía a todos, y este mismo rumor corrió también entre los mismos foceos. Entonces Harmocides, su general, les exhortó en estos términos: «Foceos, pues es evidente que estos hombres nos han de entregar a una muerte segura (por calumnia de los tésalos, según yo presumo), preciso es que cada uno de vosotros se porte como bueno . Mejor es acabar la vida haciendo algo y defendiéndonos que ofrecernos a perecer de la muerte más vergonzosa. Y

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aprenda cada cual que son griegos los hombres contra los que han tramado la muerte ellos, que no son sino bárbaros».

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PLATÓN Fedro (fragmento)

Y ésta es la ley de Adrastea. Toda alma que, habiendo entrado en el séquimo de la divinidad, haya vislumbrado alguna de las Verdades quedará libre de sufrimiento hasta la próxima revolución, y si pudiera hacer lo mismo siempre, siempre quedará libre de daño. Pero cuando no las haya visto por haber sido incapaz de seguir el cortejo; cuando, por haber padecido cualquier desgracia, haya quedado entorpecida por el peso de una carga de olvido y maldad, perdido las alas a consecuencia de este entorpecimiento, y caído a tierra, la ley entonces prescribe lo siguiente. Dicha alma no será plantada en ninguna naturaleza animal en la primera generación, sinó que aquélla que haya vistó más ló será en el feto de un varón que haya de ser amante de la sabiduría, o de la belleza, un cultivador de las Musas, o del amor; la que sigue en segundo lugar en el de un rey obediente a las leyes, o belicoso y con dotes de mando; la que ocupa el tercero en el de un político, un buen administrador de su hacienda, o un negociante; la del cuarto en el de un hombre amante de la fatiga corporal, un maestro de gimnasia, o un perito en la cura del cuerpo; la quinta habrá de tener una vida consa-

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grada a la adivinación o a algún rito iniciatório. A la sexta le irá bien la vida de un poeta, o la de cualquier otro dedicado al arte de la imitación; a la séptima la de un artesano, o labrador; a la octava la de un sofista, o un demagogo; a la novena la de un tirano. En todas estas encarnaciones, el que haya llevado una vida justa, alcanza un destino mejor, el que haya vivido en la injusticia uno peor. Pues al mismo punto de donde ha venido no llega ningún alma antes de diez mil años ya que no le salen alas antes de dicho plazo-, con excepción del alma del que ha filosofado sin engaño, o amado a los mancebos con filosofía. Éstas, si en la tercera revolución de un milenio han escogido por tres veces consecutivas dicho género de vida, adquiriendo de ese modo alas, al cumplirse el último año del tercer milenio se retiran. Las demás, cuando han terminado su primera vida, son sometidas a juicio, y una vez juzgadas van las unas a los penales que hay bajo tierra, donde cumplen su condena, y a las otras las eleva la justicia a un lugar del cielo, donde llevan una vida en consonancia con el merecimiento de la que llevaron en la apariencia humana. Al transcurrir un milenio, llegadas unas y otras al momento del sorteo y elección de la segunda vida, escoge cada una el tipo de vida que quiere. Es entonces cuando un alma que ha estado en un cuerpo humano encarna en uno animal, o cuando el que un día fue hombre, abandonando la forma animal, vuelve de nuevo a hombre. Pues no llegará a esta forma el alma que nunca ha visto la Verdad, ya que el

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hombre debe realizar las operaciones del intelecto según lo que se llama idea procediendo de la multiplicidad de percepciones a una representación única que es un compendio llevado a cabo por el pensamiento. Y esta representación es una reminiscencia de aquellas realidades que vio antaño nuestra alma, mientras acompañaba en su camino a la divinidad, miraba desde arriba las cosas que ahora decimos que «son» y levantaba la cabeza para ver lo que «es» en realidad. Por ello precisamente es la mente del filósofo la única que con justicia adquiere alas, ya que en la medida de sus fuerzas está siempre apegada en su recuerdo a aquellas realidades, cuya proximidad confiere carácter divino a la divinidad. Y de ahí también que el hombre que haga el debido usó de tales medios de recuerdo sea el único que, por estar siempre iniciándose en misterios perfectos, se haga realmente perfecto. Saliéndose siempre fuera de los humanos afanes y poniéndose en estrecho contacto con lo divino, es este hombre reprendido por al vulgo cómo si fuera un perturbado, mas al vulgo le pasa inadvertido que está poseído por la divinidad.

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LA LITERATURA LATINA

Pág. anterior: Rómulo y Remo amamantados por la loba. Bronce etrusco, siglos VI-V a. de C

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Orígenes y rasgos esenciales

Pueblo de agricultores y soldados, eminentemente práctico, no es posible afirmar de forma categórica que los romanos creasen una literatura: adaptaron a su propia idiosincrasia las literaturas mediterráneas, entre ellas la griega aunque, a diferencia de ésta, sólo tendrá una lengua: el latín. Su gran misión fue dar carácter universal a las letras griegas, trazar las sendas de su continuidad y permanencia. El lento desarrollo del latín contribuyó decisivamente a que se produjese este fenómeno, pero dista mucho de ser buen molde para las formas más nobles de la literatura, si bien resulta una lengua sobe-

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rana para la oratoria. Su influencia fue decisiva en la literatura universal. Poco es nuestro conocimiento de las manifestaciones literarias de los primitivos romanos, pero sabemos que en los siglos oscuros ciertos sacerdotes entonaban cantos llamados arvales para favorecer la agricultura; otros celebraban a Marte con cantos salienos. Entre las otras formas que cultivaron y que conocemos por borrosas referencias, se cuentan diversos cantos de índole popular: los carmina convivalia, carmina nuptialia, las nenias (letanías donde se alababa a las personas que habían muerto), los carmina triumphalia (de los soldados), las fesceninas (farsas satíricas). También se celebraban representaciones llamadas mimos, sátiras y atelanas.

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Los períodos

La historia de la literatura latina se divide en cuatro grandes períodos. El arcaico, que podemos situar entre los años 240-80 a.C. y es la época de la impregnación helenística. El clásico, que se extiende entre los años 80 a.C. y el año 14 de esta era, y que se conoce como Edad de Oro.

LA LITERATURA CLÁSICA ROMANA Raramente se puede decir de una literatura lo que de la romana o latina: el año exacto de su inicio, el 240 a.C., fecha en que Livio Andrónico hace representar su primer drama en un escenario de Roma. No pudieron todas las reacciones oficiales ni las opiniones individuales -aun la tan prestigiosa de Catón- detener la progresiva helenización de la cultura latina primitiva. Los romanos, vencedores en todos los confines del

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mundo conocido, temieron merecer el nombre de bárbaros que daban los griegos a todos los que no participaban de su cultura. La misión de los romanos, pues, no fue la de generar una cultura propia, sino la de incorporarse y universalizar la que los griegos crearon. Ahora bien, esta asimilación no fue una mímesis pasiva, puesto que en los modelos temáticos, genéricos y métricos heredados de los griegos, los romanos supieron plasmar su propia imagen de pueblo de poderosa idiosincrasia. Son características sobresalientes de la literatura latina: - Su naturaleza positiva y realista. - Su acentuado matiz didáctico y moralizante. - En consecuencia con lo anterior, los géneros en prosa de orientación pragmática como la oratoria política y forense, las máximas morales y la historia se cultivan más profusamente que la lírica. - Hay muy pocos «caracteres» (Eneas sería casi una excepción) en la literatura latina. La individualidad se disuelve para hacer resaltar el carácter general del pueblo romano. - La vida familiar y los problemas íntimos están ausentes de la literatura latina, con lo que se reduce su variedad temática, acentuándose la impresión de austeridad y majestuosidad.

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- Sus temas preferidos son los históricos y políticos, a través de los cuales se revela la natural disposición del pueblo a criticar las costumbres. - En los temas agrícolas evidencia su afición a la vida rural, medio en que se originaba gran parte de la riqueza nacional y que había sido cuna de grandes patricios y líderes militares. Estas características reflejan fielmente el carácter del pueblo romano, por lo que se puede afirmar que es una literatura nacional, a pesar de la abundante utilización de los modelos griegos.

Dos grandes personalidades hacen sentir su fuerza en este tiempo: Cicerón y Augusto. El posclásico, que se prolonga desde el año 14 hasta el 117 de nuestra era. Época de glorias imperiales, ya en su transcurso comienzan a insinuarse los signos de la decadencia. El período de la decadencia se extiende del 117 al 565 de la era cristiana. Durante el mismo, y a partir de la muerte de Trajano, el derecho, la filosofía y la erudición pasan a primer plano a la vez que hay

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un renacimiento de la lengua griega. Son estos los siglos en que se inicia la literatura cristiana.

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Período arcaico (240-80 a.C.)

Este período se caracteriza por la ausencia de poesía lírica conocida dentro del panorama literario, predominando la épica. Es preciso nombrar a Livio Andrónico (284205 a.C.), griego llevado a Roma como esclavo, que tradujo la Odisea y presentó tragedias del ciclo troyano; Cneo Nevio (268-199 a.C.), que introdujo asuntos estrictamente romanos en sus obras, creando la fábula praetexta, que es el drama nacional romano y versa sobre leyendas e historias, y que nos legó un importante poema: La Guerra púnica (es decir, se ha dejado ya de lado la temática troyana), y Ennio (239169 a.C.), que apartándose del verso saturnino

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(versos irregulares), exaltó las grandezas patrias, imitó a Eurípides y mereció la fama por sus Anales. Las Historias, los Anales y las Memorias son numerosos en estos tiempos. El más grande de los prosistas durante esta época fue Marco Porcio Catón (234-149 a.C.), el Censor. Patriota y orador lleno de fervor, velando siempre por los valores esenciales de los romanos que veía amenazados por la influencia griega, acuñó en tiempo de guerra la expresión: Delenda est Carthago («Hay que destruir a Cartago»). Dejó abundantes discursos, su libro histórico Orígenes y un curioso tratado: Agricultura. Para los romanos, la comedia constituyó una pasión. Si el género era de asunto griego, inspirado fundamentalmente en los autores del período alejandrino, se le llamaba fábula palliata (de pallium, prenda de vestir griega); paralela a esta forma se desarrolló la fábula togata (de toga, vestimenta romana), de tema romano. Son dos los grandes comediógrafos: Plauto y Terencio.

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Plauto (250 ? -184 a.C.), oriundo de Sarsina (Umbría) y de humilde condición, escribió comedias de raíz griega, que se caracterizan por su intensidad, sus burlas, el manejo brillante del diálogo y por una cierta exageración en el diseño de los personajes, así como por el uso del lenguaje popular. Se le atribuye un centenar de piezas, aunque Varrón tan sólo estableció veintiuna, entre las que sobresalen: Anfitrión, Rudens, Aulularia, Miles gloriosos y Pseudolus. La influencia de Plauto a través de los siglos es notoria, y la palpamos en Fernando de Rojas, Moliére, Shakespeare, Lessing y otros muchos autores. Terencio (185-154), que por su nacimiento es también conocido como Africano, es el polo opuesto a Plauto. Más refinado, fue el favorito de la inteligencia de su tiempo, y su obra presenta un tipo de situaciones y ambiente -así como un tratamiento temático- más universal que el de Plauto. Seguidor de Menandro, conocemos seis de sus comedias palliatas: Andria, Hécira, Heautontimorumenus, Eunuchus, Phormio y Los Adelfos.

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Busto de Cicerón

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Período Clásico (80 a.C.-14 d.C.). Época de Cicerón

Esta primera parte de una época dorada se extiende desde las postrimerías republicanas hasta la consolidación del Imperio. Por la situación externa y la imperfección de la lengua, la poesía está en condiciones de inferioridad al comparársela con otros géneros. Son dos los grandes poetas de la época ciceroniana: Tito Lucrecio Caro y Catulo. De biografía imprecisa y tormentosa, enfrentado a una quiebra de valores, Lucrecio (95-55 a.C.) es autor de uno de los poemas más célebres de toda la historia: De la naturaleza de las cosas (De rerum natura). En este poema se exponen la física, la psicología y la teoría cultural del autor, manifestándose una confianza ilimitada

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en el orden inconmovible de la Ciencia. Este poema de función didáctica, cuyas concepciones científicas han sido numerosamente superadas, no obstante nos asombra y emociona por su concepción del universo, la naturaleza y el hombre. La Oración a Venus, que sirve de prólogo al libro I, inspiró al pintor Boticelli su Primavera. La vida de Catulo (84-54 a.C.) hay que elaborarla a partir de sus versos. Tomando la lírica alejandrina como modelo, escribió regios poemas eróticos, especialmente los dedicados a «Lesbia» (seudónimo de la mujer que amó, Clodia). Poeta impecable de gran sensibilidad, pudo abordar lo trivial fijándolo para siempre, y fustigar a sus enemigos. Sus Epitalamios son quizá insuperables. Tres historiadores de muy diversa vida, pero con una común voluntad de dotar a la historia de un profundo valor artístico rinden culto a Clío, la musa de la Historia: Julio César, Cornelio Nepote y Salustio. Para Julio César (100-44 a.C.) el cultivo de la historia no fue sólo un ejercicio para distraer el ocio: constituyó una manera de fijar los aconte-

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cimientos, de carácter eminentemente militar, en los que participó como primer protagonista. Sus dos grandes obras son los Comentarios a la guerra de las Galias y los Comentarios a la guerra civil, libros en los que siempre se refiere a sí mismo en tercera persona. De estilo sencillo, pero carente de sentido crítico, Cornelio Nepote (99-30 a.C.) es autor de biografías, de las que se conservan algunos fragmentos, sus De viris illustribus. Prosista impecable, profundo conocedor del asunto que trata, con una gran capacidad para penetrar en la psicología de sus personajes, Salustio (86-35 a.C.) es autor de la Guerra de Yugurta, La conjura de Catilina y las Historias. A Salustio se le puede relacionar, en cuanto a la forma de hacer, con Tucídides, pero, a Salustio, lo que le interesa es observar los hechos de acuerdo con su filosofía de la historia: fama como impulso de la acción, la decadencia obra de los vicios, etc. La figura central de este período, al que da nombre, y de toda la literatura latina, es Marco Tulio Cicerón (106-43 a.C.). De ilustre familia,

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formación esmerada e irresistiblemente inclinado a las gestiones de gobierno a pesar de una curiosa incapacidad para la decisión rápida, fue un orador insuperable que dominaba todos los campos de la elocuencia, de la cual fue también un teórico, legándonos varios tratados de Retórica, el más notable: De oratore. Entre sus grandes discursos se cuentan: Pro Roscio, las Verrinas, Pro Murena, Pro Arquia, Pro Milone, las Filípicas y las Catilinarias. Escribió también sobre las leyes (De legibus), la amistad (De amicitia), la libertad, la religión, etc. Cicerón, tanto por vocación como por el curso de su vida, no cesó de dedicarse al estudio y la especulación filosófica, y a él se deben numerosos libros que expresan un singular pensamiento ecléctico. Fue también un corresponsal brillante. Los avatares políticos determinaron su muerte. Su cabeza y su mano derecha fueron expuestas en el Foro.

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Plenitud del período clásico. Época de Augusto

Augusto (63-14 a.C.), con notable inteligencia, procuró, mediante Mecenas, rodearse de literatos y pensadores. Su época es de gran florecimiento para la poesía, decadencia para la oratoria, y la cultura deviene patrimonio de las minorías dominantes. El florecimiento de la poesía se une a los nombres de Virgilio, Horacio, Tíbulo, Propercio y Ovidio. Publio Virgilio Marón (70-19 a.C.) goza de un privilegio unánime: se considera el conjunto de su obra como la más acabada síntesis de la poesía. Tres grandes piezas le dan fama: las Bucólicas, refinadas églogas en la línea pastoril de Teócrito que tendrán decisiva influencia siglos des-

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pués; las Geórgicas, exaltación de ancestrales virtudes y el amor a la naturaleza, pues trata sobre los trabajos y la vida del campesino, y Eneida. Este poema épico versa sobre los viajes de Eneas, que escapa de Troya cuando la ciudad cae en manos de los aqueos; su destino, al que no puede sustraerse, es fundar una ciudad en la tierra de sus antepasados, Italia, y, a su vez, una estirpe que culminará en Augusto; Virgilio, partiendo de Homero, escribe un gran poema épico (dividido en 12 cantos) con el que se propone exaltar la figura de Augusto, y donde, a un tiempo, se recoge todo un mundo de creencias y anhelos. Quinto Horacio Flaco (65-8 a.), que inicia la estirpe de los grandes líricos latinos, descubre con sus Sátiras su gran comprensión del corazón del hombre. La riqueza, tanto temática como métrica, de sus Odas resalta por su armonía. Pero son las Epístolas la muestra acabada de su madurez, su sabiduría y su oficio. Entre ellas la más importante es la Epístola ad Pisones, un Arte poética que contribuiría de manera decisiva a moldear el gusto de las sucesivas generaciones.

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Aulo Tíbulo (54-19 a.C.), elegíaco de gran delicadeza y tono dulce, cantó a la paz que engendra la vida familiar, sencilla, no atormentada por la ambición. Compuso también elegías amorosas. Más vigoroso y diáfano, Propercio (47-15 a.C.) escribió cuatro libros de elegías. Los tres primeros cantan sus amores con Cintia, el cuarto se ocupa de asuntos romanos. Publio Ovidio Nasón (43 a.C.-17 d.C.) es el más prolífico de los poetas latinos. Conoció el éxito en su juventud con sus Amores, las Heroidas y el tan conocido Arte de amar. Hacia la mitad de su vida escribió Las metamorfosis, donde recoge diversas historias basadas en una transformación, un cambio, verdadero alarde de imaginación, elegancia y armonía. Desterrado por el Emperador al Ponto Euxino (Mar Negro), donde se apagaría su existencia, esta oscura etapa de su vida le hizo producir dos singulares textos: unas elegías conocidas como Tristes y una colección de epístolas, las Pónticas. La Historia, durante esta época, se expresa en un nombre: Tito Livio (59? -17 d.C.). Consagra-

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do a celebrar las glorias romanas, compuso una Historia en 142 libros, en los que descubre cierta falta de sentido crítico, pero en cambio, una grandeza como prosista. Tenía de la historia un concepto ciceroniano (las virtudes romanas han hecho la grandeza de Roma; su olvido ha causado la decadencia), y gustaba poner en boca de sus personajes discursos magníficos, recurso que fue muy imitado posteriormente. Podemos considerar a Tito Livio como un moralista que se valió de la historia para exponer una ética, y además crear una obra de arte.

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Período posclásico (14-117 d.C.)

Este período, una suerte de Edad de plata, inicia la decadencia de las letras latinas, y es rasgo de este tiempo el que muchos de sus autores -virtuosos en la expresión y el concepto, siempre sorprendentesprovienen de tierras allende la península itálica.

Con Fedro (4-65 d.C.), la fábula adquiere patente de género. Aunque su obra fue reconocida en el siglo XV, es indudable que su colección de Esópicas tuvo un comienzo afortunado, pues su huella se descubre en distintas tradiciones literarias. Oriundo de Córdoba, sobrino y discípulo de Séneca, Lucano (39-65 d.C.) escribió un gran poema épico, La Farsalia, en el que revela una adecuada mezcla de poesía lírica y elocuencia.

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Otro rasgo importante en esta obra es su exactitud histórica en la narración de la guerra civil entre César y Pompeyo. Silio Itálico, Valerio Flaco, autor de La argonáutica, tema que había sido tratado por Apolonio de Rodas; y Estacio, autor este último de unas ingeniosas Silvas, continúan la epopeya mitológica. Por su parte, Marcial (40-104 d.c.) crea el género epigramático, despojando al epigrama de su función primaria y desarrollando una poesía cuya práctica, don del ingenio, conserva su vivacidad y vigencia en nuestros días. El gran género de esta época, fecunda en un tono menor, es la sátira. Tres son los satíricos eminentes, el estoico Persio (34-62 d.c.), Juvenal (60-130 d.c.) y Petronio (¿-65 d.c.) condenatorios, como la novela Satiricón de este último, de la vida de su tiempo, amargos, llenos de cólera, son las admoniciones de un profeta que avizora el fin de una época. La prosa alcanza en este período una definición esencial con Lucio Anneo Séneca, el Filósofo (4 a.C.-65 d.c.). Moralista, fue un agudo expositor del estoicismo, y por el carácter de sus escri-

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tos se pensó que era cristiano. Los textos más importantes de este cordobés que fue preceptor del emperador Nerón son: De la ira, De la providencia, De la constancia del sabio, De la vida feliz, Cartas a Lucilo y las Consolaciones. También es autor de varias tragedias: Hércules,Edipo, Medea, Fedra, etc. Autor de Educación del orador, Fabio Quintiliano (35-95 d.c.) fue un maestro excepcional y su copiosa obra puede servir de historia de la elocuencia de griegos y romanos. Prosista notable de genial intuición y rigor, Tácito (65-120 d.c.) es uno de esos historiadores cuya obra sigue constituyendo un modelo de equilibrio. Son notables sus Anales, La Germania y la biografía de su suegro, Agrícola.

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Busto de Terencio

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Período de la decadencia (117-565 d.c.)

Este período que ve el fin de un imperio es también el espacio temporal que ciñe el término de la literatura cristiana. Las obras más importantes de esta Edad de cobre son la Vida de los Césares, de Suetonio (c. 70-140), modelo historiográfico del medioevo, y una novela: El asno de oro, de Apuleyo (125-180 d.c.), que independientemente de su encanto hace patente la flexibilidad del latín. (Narra las aventuras sufridas por Lucio, que se convierte en asno). Consumada la caída del Imperio Romano de Occidente, se debe a Severino Boecio (470-525) al que se ha llamado «el último romano», un célebre tratado escrito en prisión, De consolatione phílosophiae. La

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literatura cristiana, de cariz apologético, tuvo grandes expositores en San Cipriano (murió en el año 258 d.C.), San Ambrosio (340-397), San Jerónimo (340-420) –que tradujo la Bíblia– y San Agustín (354-430), cuyas obras magnas son las Confesiones donde el autor, en tono autobiográfico, revela su conversión al cristianismo y la importancia de la gracia divina en su vida; y La Ciudad de Dios, donde se contraponen la ciudad celestial con la terrena. San Agustín escribe con gran pasión en un estilo flexible y vigoroso. En la tumultuosa nómina de esta época es preciso recordar a un gran polemista, Tertuliano (160245), y a los primeros poetas cristianos: Juvenco y Prudencio. Juvenco (primer tercio del sivlo IV ) puso los Evangelios en hexámetros; Prudencio (348-406 ?) que escribió himnos a los mártires y Psychomachia, sobre la lucha de los vicios y virtudes por el alma humana.

ANTOLOGÍA

Pág. anterior: Miniatura de un manuscrito de las obras de Terencio.

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CATULO COMBATIENDO A LA MUERTE

Vivamos, Lesbia mía, y amémonos, y las murmuraciones de los viejos severos pensemos que no valen un ardite. El sol puede morir y renacer nosotros, cuando muera esta breve luz, tendremos que dormir una noche perpetua. Dame mil besos, luego cien, luego otros mil, después cien más, todavía otros mil y luego cien, y, al fin, cuando contemos muchos miles, confundamos la cuenta para no saber el total y para que ningún malvado pueda aojarnos al saber que los besos han sido tantos.

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LOS BESOS

Me has preguntado, Lesbia, cuántos besos tuyos llegarían a saciarme. Tantos como arenas hay en Libia junto a Cirene, rica en laserpicio, entre el oráculo del estivo Júpiter y el sagrado sepulcro del viejo Bato; o como las estrellas que, en la noche callada, contemplan los amores furtivos de los hombres. Tantos son, Lesbia, los besos tuyos que podrían saciar al loco de Catulo. Tantos que los curiosos no pudieran contalos ni hechizarlos con lengua venenosa.

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CAYO JULIO CÉSAR

Comentarios a la guerra de las Galias (fragmento)

LIBRO SÉPTIMO Convencidos los galos con tantas experiencias de que nada les salía bien, tomaron al día siguiente la resoluciún de abandonar la plaza por consejo y mandato de Vercingetórix. Como su intento era hacerlo en el silencio de la noche, esperaban ejecutarlo sin pérdida considerable, porque los reales de Vercingetórix no estaban lejos de la ciudad y una laguna continuada que había de por medio los cubría de los romanos en la retirada. Ya que venida la noche disponían la partida, salieron de repente las mujeres corriendo por las calles, y, postradas a los pies de los suyos con lágrimas y sollozos, les suplicaban que ni a si ni a los hijos comunes, Incapaces de huir por su natural flaqueza, los entregasen al furor enemigo. Mas viéndolos obstinados en su determinación (porque de ordinario, en un peligro extremo, puede más el miedo que la compasión) empezaron a dar voces y hacer señas a los romanos de la fuga intentada. Por cuyo temor, asustados los galos, desistieron del intento, recelándose que la caballería romana no les cerrase los caminos.

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Busto de Julio Cesar

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César, el día inmediato, adelantada la torre y perfeccionadas las baterías, conforme las había trazado, cayendo a la sazón una lluvia deshecha, se aprovechó de este incidente, pareciéndole al caso para sus designios, por haber notado algún descuido en las centinelas apostadas en las murallas, y ordenó a los suyos aparentasen flojedad en las maniobras, declarándoles su intención. Exhortando, pues, a las legiones que, ocultas en las galerías, estaban listas a recoger de una vez, en recompensa de tantos trabajos, el fruto de la victoria, propuso premios a los que primero escalasen el muro y dio la señal del asalto. Inmediatamente, los soldados volaron de todas partes y en un punto cubrieron la muralla. Los enemigos, sobresaltados de la novedad, desalojados del muro y de las torres, se acuñaron en la plaza y sitios espaciosos con ánimo de pelear formados si por algún lado los acometían. Mas visto que nadie bajaba al llano, sino que todos se atropaban en los adarves, temiendo no hallar después escape, arrojadas las armas, corrieron de tropel al último barrio de la ciudad; allí unos, no pudiendo coger las puertas por la apretura del gentío, fueron muertos por la infantería; otros, después de haber salido, degollados por la caballería. Ningún romano cuidaba del pillaje: encolerizados todos por la matanza de Genabo y por los trabajos del sitio, no perdonaban ni a viejos, ni a mujeres, ni a niños. Baste decir que de cuarenta mil personas se salvaron apenas ochocientas, que al primer ruido del asalto,

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echando a huir, se refugiaron en el campo de Vereingetórix (...)

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MARCO TULIO CICERÓN Primera Catilinaria (fragmento)

I. ¿Hasta cuándo has de abusar de nuestra paciencia, Catilina? ¿Cuándo nos veremos libres de tus sediciosos intentos? ¿A qué extremos se arrojará tu desenfrenada audacia? ¿No te arredran ni la nocturna guardia del Palatino, ni la diurna vigilancia en la ciudad, ni la alarma del pueblo, ni el acuerdo de todos los hombres honrados, ni este fortísimo lugar donde el Senado se reúne, ni las frases y semblantes de todos los senadores? ¿No comprendes que tus designios están descubiertos? ¿No ves tu conjuración fracasada por conocerla ya todos? ¿Imaginas que alguno de nosotros ignora lo que has hecho anoche y antes de anoche; dónde estuviste; a quiénes convocaste y qué resolviste? ¡Oh qué tiempos! ¡Qué costumbres! ¡El Senado sabe esto, lo ve el cónsul, y, sin embargo, Catilina vive! ¿Qué digo vive? Hasta viene al Senado y toma parte en sus acuerdos, mientras con la mirada anota los que de nosotros designa a la muerte. ¡Y nosotros, varones fuertes, creemos satisfacer a la república previniendo las consecuencias de su furor y de su espada! Ha tiempo, Catilina, que por orden del cónsul debiste ser llevado al suplicio para sufrir la misma suerte que contra todos

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Cicerón

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nosotros, también desde hace tiempo, maquinas. Un ciudadano ilustre, P. Escipión, pontífice máximo, sin ser magistrado hizo matar a Tiberio Graco por intentar novedades que alteraban, aunque no gravemente, la constitución de la república; y a Catilina, que se apresta a devastar con la muerte y el incendio el mundo entero, nosotros, los cónsules, ¿no le castigaremos? Prescindo de ejemplos antiguos, como el de Servilio Ahala, que por su propia mano dio muerte a Espurio Melio porque meditaba cambios en el gobierno. Hubo, sí, hubo en otros tiempos en esta república la virtud de que los varones esforzados impusieran mayor castigo a los ciudadanos perniciosos que a los más acerbos enemigos. Tenemos contra ti, Catilina, un severísimo decreto del Senado; no falta a la república ni el consejo ni la autoridad de este alto cuerpo; nosotros, francamente lo digo, nosotros los cónsules somos quienes las faltamos.

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VIRGILIO LIBRO 1

Eneida Anuncia Virgilio el argumento de su obra e invoca a las Musas. Voy a contar las proezas de un héroe, el primero entre todos, a quien el destino alejó despiadadamente de Troya, y que vino a Italia, desembarcando en las costas donde se alza Lavinio. El poder de los dioses olímpicos se ensañó en él largo tiempo, en la tierra y el mar, por resentimientos de la cruel diosa Juno. Y largo tiempo le fue también adversa toda guerra, hasta que pudo fundar una ciudad en el Lacio y trasladar a ella sus dioses. Fue así a dar en la cuna de la raza latina, de los albanos, nuestros antepasados, y, mirándolo bien, de la propia ciudad de Roma. Dime, ¡oh musa!, las causas de todo esto. Explícame qué ataque a sus sagrados derechos o qué grave ofensa llevaron a la reina de los dioses a precipitar a un hombre bueno y lleno de piedad en semejante piélago de rigores y desdichas. ¿Puede haber tanta cólera en el espíritu de las divinidades?

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He aquí una ciudad opulenta y apasionada por la guerra: Cartago. La fundaron los tirios en la costa africana, frente a la de Italia y a las bocas del Tíber. Y se dice que la diosa Juno prefería esta ciudad a toda otra residencia, aun a la propia Samos. Tiene, en efecto, en ella sus armas y su carro. Y si los hados no lo impiden, es su sueño y propósito hacer de ella la reina de las naciones. Pero ha oído la diosa que de sangre troyana surgirá una raza que destruya los muros de Cartago, un pueblo que devaste toda la Libia, porque así lo han dispuesto las Parcas en su eterno hilar. Y esto la inquieta, como también el recuerdo de Troya por su querido Argos. Tiene, además, otras fuentes el odio que late en la hija de Saturno. No puede olvidar que le fue adverso el juicio de París, ni que una raza odiosa menospreció su hermosura, como tampoco el rapto de Ganimedes, que fue un elevado honor para los troyanos. Y he aquí que, perdido en la extensión de los mares, muy lejos aún del Lacio, navega un grupo de esos troyanos, los únicos que lograron escapar de los griegos y del implacable Aquiles. Llevan mucho tiempo vagando por la inmensidad de las aguas, de costa en costa, juguetes de los hados. Les abruma el cumplir su destino, que es fundar la nación romana.

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Virgilio sentado entre las musas Calíope y Talía. Mosaico, siglo II-III

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Implora Venus a Júpiter en favor de los troyanos, y él la consuela, revelándole el glorioso destino que aguarda a la descendencia de su hijo. Ya era acabado el día cuando Júpiter, mirando desde lo más alto del firmamento el mar cruzado de rápidas velas, y las dilatadas tierras, y las playas, y los remotos pueblos, se paró en la cumbre del Olimpo y elavó sus ojos en los reinos de la Libia. Mientras tales cuidados revolvía en su mente, Venus, en extremo triste y arrasados los ojos de lágrimas, le habló de esta manera: «¡Oh tú, que riges los destinos de los hombres y de los dioses con eterno imperio y los aterras con tu rayo!, ¿en qué pudo mi Eneas, en qué pudieron ofenderte tanto los troyanos, para que así, después de pasar tantos trabajos, se les cierre el paso a Italia por todo el orbe? Me habías prometido que de ellos, andando los años, saldrían los romanos, guías del mundo, descendencia de la sangre de Teucro, los cuales dominarían el mar y la tierra con soberano imperio. ¿Qué te ha hecho, ¡oh padre!, mudar de resolución? Con esto, en verdad, me consolaba yo de la caída de Troya y de su triste ruina, compensando los hados adversos con los prósperos. Ahora la misma suerte contraria persigue a unos hombres trabajados ya por tantas aventuras. ¿Qué término das, ¡oh gran rey!, a sus desgracias? Antenor pudo, escapándose de en medio de los griegos, penetrar en los golfos de la Iliria y llegar con seguridad al corazón del país de los liburnos y a la fuen-

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te del Timavo, de donde, precipitándose por nueve bocas de lo alto de un monte, con gran murmullo, va al mar y oprime los campos con resonantes ondas. Allí, además, edificó la ciudad de Padua y las moradas de los teucros, y dio nombre a su gente y fijó las armas de Troya; ahora, sosegado, descansa en plácida paz. Y nosotros, progenie tuya; nosotros, a quienes concedes morar en los alcázares del cielo, perdemos nuestras naves, ¡oh dolor!, por la ira de una sola diosa y nos vemos constantemente alejados de las costas italianas. ¿Este es premio de nuestra piedad? ¿Así nos repones en nuestro señorío?, Besó a su hija el padre de los hombres y de los dioses, sonriéndose con aquel apacible semblante con que serena el cielo y las tempestades, y en seguida le habló así: «Depón el miedo, ¡oh Citerea!; inmotos perseveran para ti los hados de los tuyos. Verás la ciudad y las murallas prometidas de Lavino y levantarás hasta las estrellas del cielo al magnánimo Eneas; no he cambiado de resolución. Mas, pues te aqueja este cuidado, voy a descubrirte, tomándolos desde muy atrás, los arcanos del porvenir. Tu Eneas sostendrá en Italia grandes guerras, y domará pueblos feroces, y les dará leyes y murallas; tres veranos pasarán y tres inviernos antes que reine en el Lacio y logre sojuzgar a los rútulos. Y el niño Ascanio, que ahora lleva el sobrenombre de Iulo (Ilo se llamaba mientras existió el reino de Ilión), llenará con su imperio treinta años largos, un mes tras otro, y trasladará la capital de su reino de Lavino a Alba-Longa, que guarnecerá con gran

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fuerza. Allí reina por espacio de trescientos años el linaje de Héctor, hasta que la reina sacerdotisa Ilia fecundada por el dios Marte, pariere de un parto dos hijos. Luego, Rómulo, engalanado con la roja piel de la loba, su nodriza, dominará a aquella gente y levantará las murallas de la ciudad de Marte y dará su nombre a los romanos. No pongo a las conquistas de este pueblo límites ni plazo; desde el principio de las cosas les concedí un imperio sin fin. La misma áspera Juno, que ahora revuelve con espanto el mar, la tierra y el firmamento, vendrá a mejor consejo y favorecerá conmigo a los romanos, señores del mundo, a la nación togada. Pláceme así. Llegará una edad, andando los lustros, en que la casa de Asaraco subyugará a Ftias y a la ilustre Micenas y dominará a la vencida Argos. Troyano de esta noble generación nacera César Julio, nombre derivado del gran lulo, y llevará su imperio hasta el Océano y su fama hasta las estrellas. Tú, segura, le recibirás algún día en el Olimpo, cargado con los despojos del Oriente, y los hombres le invocarán con votos; entonces también, suspensas las guerras, se amansarán los ásperos siglos. La cándida Fe, y Vesta y Quirino, con su hermano Remo, dietarán leyes; las terribles puertas del templo de la guerra se cerrarán con hierro y apretadas trabes; dentro el impío Furor, sentado sobre crueles armas, y atadas las manos detrás de la espalda con cien cadenas, bramará espantoso con sangrienta boca.»

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HORACIO A DELIO Acuérdate de conservar una mente tranquila en la adversidad, y en la buena fortuna abstente de una alegría ostentosa, Delio, pues tienes que morir, y ello aunque hayas vivido triste en todo momento o aunque, tumbado en retirada hierba, los días de fiesta, hayas disfrutado de las mejores cosechas de Falerno. ¿Por qué al enorme pino y al plateado álamo les gusta unir la hospitalaria sombra de sus ramas? ¿Por qué la linfa fugitiva se esfuerza en deslizarse por sinuoso arroyo? Manda traer aquí vinos, perfumes y rosas -esas flores tan efímeras-, mientras tus bienes y tu edad y los negros hilos de las tres Hermanas te lo permitan. Te irás del soto que compraste, y de la casa, y de la quinta que baña el rojo Tíber; te irás, y un heredero poseerá las riquezas que amontonaste. Que seas rico y descendiente del venerable Ínaco nada importa, o que vivas a la intemperie, pobre y de ínfimo linaje:

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serás víctima de Oreo inmisericorde. Todos terminaremos en el mismo lugar. La urna da vueltas para todos. Más tarde o más temprano ha de salir la suerte que nos embarcará rumbo al eterno exilio.

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OVIDIO NARCISO (fragmento) Fueron muchos los jóvenes y las muchachas que desearon a Narciso. Pero -tan dura soberbia residía en su tierna belleza- ningún joven, ninguna muchacha consiguió conmover su corazón. Conducía él hacia las redes a los trémulos ciervos, cuando lo vio la ninfa de la voz, la que no ha aprendido a callar cuando se le habla ni a hablar ella primero, Eco, la resonante. Un cuerpo era todavía Eco, no una voz; y, sin embargo, la charlatana, no hacía otro uso de su boca que el que ahora hace: poder repetir, de entre muchas, las últimas palabras. Obra de Juno fue esto, porque, cuando a menudo sorprendía a las ninfas yaciendo con su Júpiter en el monte, aquélla, sagazmente, retenía a la diosa con sus largas conversaciones hasta que las ninfas huían. Después que la Saturnia se apercibió de esto, le dijo:

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«Sobre esa lengua con la que he sido engañada te daré un poder limitado, y un más breve uso de tu voz.» Y con la realidad confirma las amenazas; la ninfa, empero, duplica las voces al final de cada frase y devuelve las palabras que ha oído. Así, pues, cuando vio a Narciso, que vagaba por campos solitarios, y se inflamó de amor, siguió furtivamente sus pasos; y, cuanto más lo sigue, más cerca siente la llama que la abrasa, no de otro modo que cuando, aplicado al extremo de las antorchas, suseita el inflamable azufre viva llama. ¡Oh, cuántas veces quiso acercársele con tiernos ruegos y dirigirle delicadas palabras! Su naturaleza se opone y no le permite empezar

pero está preparada para aquello que sí le es permitido: esperar sonidos a los que hacer volver sus palabras. El muchacho, aislado por azar de su fiel grupo de acompañantes, había dicho: «¿Hay alguien aquí?» y «aquí» había respondido Eco. Estupefacto queda él, dirige su mirada en todas direcciones y grita

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con potente voz: «¡Ven!«, y llama ella a quien la llama. Se vuelve él y, al no venir nadie, dice: «¿Huyes de mí?, y recibe en respuesta las mismas palabras que ha dicho. Persiste y, engañado por la imagen de la otra voz dice: «Aquí, reunámonos» y Eco, que nunca respondería con más placer a otro sonido, repite: «Reunámonos» y, surgiendo del bosque para dar cumplimiento a sus palabras, acude a echar los brazos al cuello deseado. Huye él y, huyendo, retira sus manos del abrazo; «antes morir» le dice, «que darte mi belleza». Ella no repitió más que «darte mi belleza». Desdeñada, se oculta en los bosques y, avergonzada cubre su rostro con follaje y desde entonces vive en cuevas solitarias.

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SÉNECA De la vida bienaventurada

XVI. [1] Así, pues, la verdadera libertad consiste en la virtud. Pero esta virtud ¿qué te persuadirá? Que no consideres como bueno o como malo nada de lo que te suceda ni por tu virtud, ni por tu malicia; después, que seas inmutable tanto al mal como al bien y, en cuanto es pcisible, te hagas como la imagen de un dios. [2] ¿Qué se te promete por este ejercicio? Grandes cosas iguales a las divinas. A nada estarás obligado y nada necesitarás, serás libre seguro, sin daño; nada intentarás en vano, nada se te podrá impedir; todo te saldrá conforme a tu juicio, nada malo te sucederá, nada contra tu opinión y voluntad. [3] «Pues qué ¿es que la virtud basta para vivir felizmente?» Puesto que es perfecta y divina ¿cómo no ha de bastar y aun de sobrar? Porque ¿qué puede faltar a quien se coloca fuera de todo deseo? ¿De qué obra externa necesita quien ha recogido todo lo suyo en sí mismo? Pero aun el que tiende a la virtud, aunque haya progresado mucho, necesita de alguna indulgencia de la fortuna, mientras lucha entre las cosas humanas y no desate aquel nudo y todo vínculo mortal. ¿En qué está, pues, la diferencia? En que unos están sujetos con arte, otros presos y aun ama-

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rrados. El que ha avanzado a lo superior y se levanta a lo más alto, arrastra la cadena, pero floja; aún no es libre, pero ya casi parece libre.

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SAN AGUSTÍN

Confesiones

LIBRO II CAPÍTULO 8 Que al hurto le movió la compañía de sus cómplices. 16. ¿ Qué fruto vine a sacar yo, miserable, de aquellas faltas, que ahora me avergüenzo de recordar? (Rom., 6,21). Sobre todo, de aquel hurto, en que amé el mismo hurto; nada más; como quiera que el hurto es nada, y yo por eso tanto más miserable. Con todo, yo solo no lo hubiera hecho: tal era, lo recuerdo, la disposición de mi ánimo: de ninguna manera lo hubiera hecho yo solo. Luego también amé en el hurto la compañía de los cómplices con quienes lo cometí; luego no es verdad que no amé otra cosa sino el hurto. Aunque así es; ninguna otra amé; porque eso también es nada. ¿Qué es, pues, en realidad? -¿quién habrá que me enseñe sino el que alumbra mi corazón y discierne sus sombras?-, ¿qué es lo que al pensamiento se me ofrece averiguar y discutir y considerar? Porque si entonces yo deseara aquella fruta que hurtaba, y apeteciera comer de

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San Agustín. Miniatura de un manuscrito del siglo XI

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ella, pudiera a solas -si eso bastaba- cometer aquella maldad, con que habría llegado a darme gusto, sin encender con el roce de mis compañeros el prurito de mi deseo. Pero como en aquella fruta yo no hallaba deleite, hallábalo en el pecado mismo: hacíalo la compañía de los que juntamente pecábamos.

BIBLIOGRAFÍA ALSINO, JOSÉ: Literatura griega. Edit. Ariel, Barcelona, 1883. BRAJNOVIC, LUKA: Grandes figuras de la literatura universal y otros ensayos. Ediciones Universidad de Navarra, Navarra, 1973. de RIQUENA, MARTÍN y VALVERDE, JOSÉ M.: Historia de la literatura universal (vol. 1, 2, 3, 4 y 5). Edit. Planeta, Barcelona, 1984. QUENEAU, RAYMOND (coordinador): Los escritores célebres (vol. 2). Edit. Gustavo Gili, Barcelona, 1966. THOREENS, LÉON: Historia universal de la literatura. Roma y la Edad Media latina. Ediciones Daimon, Madrid, 1968. VARIOS AUTORES: Obras maestras de la literatura universal. Edit. Plaza Mayor, Puerto Rico, 1992.

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